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Cosas que agradecer a Trump

Los nuevos lideres primero rompen algo y después, con suerte, acceden a gesticular para arreglarlo

Donald Trump y Emmanuel Macron en la cumbre del G7 celebrada en Biarritz.
Donald Trump y Emmanuel Macron en la cumbre del G7 celebrada en Biarritz. REUTERS

La estrategia es muy vieja, pero en estos días se ha puesto de moda en una secuencia curiosa por la cadencia con que se repite: los líderes populistas de nuevo cuño primero se hacen fuertes; después crean el problema; entonces culpan al enemigo del fatal desarrollo de los acontecimientos, y, por último, acceden desde el torreón del castillo a gesticular para solucionar lo que han roto escaleras abajo.

La comunidad internacional parece obligada a celebrar que Trump no insultara a nadie en la cumbre del G7, que no se enfadara cuando se produjo la sorprendente visita de un ministro iraní, y que haya accedido a una posible reunión con el enemigo. Celebremos que el presidente esté dispuesto a retomar el diálogo para un posible acuerdo que él mismo abandonó. Celebremos que acceda a retomar negociaciones con China, a la que soliviantó. Y celebremos que Bolsonaro, que ha recortado a hachazos los recursos para prevenir incendios y deforestación, prohíba por decreto quemar Brasil durante dos meses. Celebremos que envía aviones militares para apagar un fuego que ha avivado. ¿Ven cuántas razones tenemos para celebrar?

Al fin y al cabo, Yavé ordenó a Abraham sacrificar a su primogénito y solo después de que mostrara la sumisión necesaria, transformó su autoritarismo en magnanimidad. Y si el patriarca del Génesis también celebró el cambio de humor de su Dios y que Isaac sobreviviera gracias a su generosidad, cómo no vamos a celebrar nosotros, pobres ciudadanos comunes, que Bolsonaro apague incendios y que Trump se sienta indulgente con los rivales a los que antes ha humillado.

Hasta aquí las celebraciones. Porque no todos lo han conseguido.

Boris Johnson está aún en la primera fase, la de romper la baraja y negar el agua y el aire a quienes opinan distinto que él. Conquistado el poder sin pasar por las urnas, ha socavado el Parlamento y ahí aún no hay nada que celebrar. Tal vez nunca llegue su magnanimidad.

Y no todo es fiesta en la mitología populista. El aprendiz de todos ellos, Matteo Salvini, ni siquiera pudo hacerse fuerte en el torreón. Sus aliados se han unido a sus rivales en una finta que merece un brindis por la genialidad italiana. Lo que viene siendo un tiro por la culata. Ya ven, no todo van a ser alegrías en el reino del Señor.

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