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Siberia arde y Groenlandia se derrite

Un combinación de factores alimenta vorazmente el cambio climático

El presidente ruso, Vladímir Putin, toma el sol en Siberia en agosto de 2017.
El presidente ruso, Vladímir Putin, toma el sol en Siberia en agosto de 2017. AFP

Alaska ya no es necesariamente sinónimo de frío. Anchorage, la ciudad más poblada del Estado estadounidense ubicado en el extremo noroeste, registró el 4 de julio 32 grados, una temperatura insólita en esa latitud. Al mismo tiempo, en Groenlandia el hielo permanente de otros tiempos se derrite a enorme velocidad, y en Siberia el fuego ha devorado en lo que va de año casi 15 millones de hectáreas, según Greenpeace. Gran parte de los incendios forestales que azotan los vastos territorios rusos han tenido lugar en zonas remotas, donde las autoridades ni siquiera tienen la obligación de combatirlos. Los ecologistas estiman que en Siberia —donde Vladímir Putin acostumbra a practicar senderismo o tomar el sol— los bosques quemados necesitarán más de un siglo para reponer la vegetación perdida.

Toda esta combinación de factores alimenta vorazmente el cambio climático. El investigador australiano John Church, galardonado con el Premio Fronteras del Conocimiento, alerta: “Estamos peligrosamente cerca de algunos umbrales en el sistema climático”. Si no se produce un contundente control del calentamiento global, el riesgo de que los océanos se expandan se multiplica. El cóctel formado por la concentración de gases de efecto invernadero y el aumento de las temperaturas de la atmósfera desatará una peligrosa subida del nivel del mar.

Este verano ya empiezan a sonar las alarmas. Los glaciólogos sostienen que el calentamiento en el Estado de Alaska es producto de un aumento de las temperaturas en el océano Pacífico tropical como consecuencia del incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Paralelamente, en julio, la capa de hielo de Groenlandia ha perdido 197.000 millones de toneladas, el equivalente a 80 millones de piscinas olímpicas. De seguir a este ritmo, el derretimiento podría ser el mayor desde 1950, cuando comenzó la realización de registros con una metodología fiable.

La gigantesca isla danesa —sobre la que Donald Trump ha puesto sus ojos para comprarla— es uno de los baremos más precisos para medir los estragos en el planeta. Los investigadores calculan que si se fundiera todo el hielo de Groenlandia, en algunos lugares del planeta el nivel del mar crecería hasta siete metros.

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