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‘Chicken game’ en directo

Dada la inminencia de la sesión de investidura toda la presión se traslada al PSOE

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, durante una de sus reuniones en el Congreso.
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, durante una de sus reuniones en el Congreso. EL PAÍS

Algo se mueve. ¡Al fin! Aunque por ahora solo ha sido Iglesias. De hecho, está siendo el líder más hiperactivo desde el final de las elecciones. Siendo como es uno de sus grandes perdedores, es también quien mejor lo disimula. Dada la inminencia de la sesión de investidura toda la presión se traslada al PSOE. Iglesias ha conseguido una indudable victoria parcial en la cuestión sobre quien va ganando en el relato sobre este supuesto Gobierno de coalición. Aparentemente, al menos. No en vano, su renuncia a no integrarse en el Gobierno la ha vendido en términos sacrificiales: yo me inmolo por el bien del país, ahora te toca a ti, Sánchez, hacer un gesto similar. Y por el mismo objetivo. Pongo la pelota en tu tejado.

Seguramente esto estaba ya previsto desde el principio. Faltaba esperar al momento propicio, en la antesala de la votación de investidura. Y la respuesta de Sánchez no creo que llegue hasta su mismo discurso del lunes. Ahí tratará de devolverle la presión a Podemos rechazando alguna de sus principales exigencias. Va a ser una negociación casi en vivo. El Congreso convertido en el escenario del juego de la gallina. Nadie sabe tampoco cómo puede acabar.

Especulemos sobre un guión previsible para el acto. Sánchez defenderá el carácter presidencialista de la figura del presidente del Gobierno; es decir, su capacidad para elegir a sus integrantes con plena autonomía, incluso respecto de su propio partido. Y desgranará un programa de gobierno de izquierdas y progresista a cuyo desarrollo invitará a incorporarse a miembros del partido de Iglesias consensuados entre las dos partes. El programa por encima de las personas, pues. Es el momento en el que la pelota volverá a Podemos, que deberá justificar por qué prefiere decidir autónomamente quiénes deben ser esas personas y el tamaño de su cuota; o sea, por qué le importan más los cargos que el programa, algo que requiere de alguna explicación.

La derecha por su parte hará todo lo posible por criticar a este nuevo Frente Popular, aunque pudiera haberlo evitado si se hubieran avenido a pactar, sobre todo Ciudadanos. Será el momento en el que de nuevo la política programática dará paso a la descalificación pura y dura; en el que la animadversión entre los actores predominará sobre la argumentación racional; en el que nos retrotraeremos al anterior proceso electoral. Por tanto, si hay algo de lo que podemos estar seguros es que el ciudadano espectador de esta danza macabra en la que se juega la gobernabilidad del país no podrá evitar eso del ¡qué he hecho yo para merecer esto!

Como en el juego de la oca, volveremos a sentir que hemos retrocedido a la situación de salida. Porque, aun consiguiéndose al final el deseado objetivo de la investidura, es una investidura que nacerá lastrada por la desconfianza entre quienes la faciliten, por la exhibición de la impudicia de los juegos de poder y el tacticismo desnudo e irresponsable, y por la fragilidad del apaño. Por favor, lleguen a un acuerdo antes del lunes, no nos den el espectáculo. Refuten esta columna. Necesitamos abordar el nuevo comienzo con un mínimo de esperanza.

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