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La importancia de formar parte de una comunidad, por James Rhodes

El pianista y escritor inglés afincado en España contará en El País Semanal, una vez al mes, su particular visión de las cosas

HACE AÑOS, una madre roció a sus dos hijos con gasolina y les prendió fuego. Quizá se dio cuenta tarde de que no estaba preparada para la maternidad. Mientras los regaba con gasolina, el líquido le salpicó en los brazos. Cuando prendió la cerilla, ella y sus hijos empezaron a arder.

Uno de los niños ha sobrevivido. Está cubierto de quemaduras, de la cabecita a los pies, tumbado en la cama de un hospital. Su madre, arrestada y con los brazos quemados, puede pasar el resto de su vida entre rejas. Tiene permiso para visitarle. Su hijo sabe lo que ella le ha hecho a él y a su hermano, mira sus vendajes y lo primero que pregunta es: “Mamá, ¿estás bien?”.

Mamá.

¿Estás bien?

Todos necesitamos proteger aquello que amamos. Tanto si ese amor es correspondido como si no. Los padres lo sienten por sus hijos y los hijos por sus padres, incluso si son unos monstruos. Quizás es una necesidad que nos imbuyó Dios al ser concebidos para obligarnos a ser mejor personas. Para poner amor donde hay odio. Qué no haría cualquier ser humano por su comunidad.

La comunidad es una palabra en la que pienso mucho. Personas que viven en el mismo lugar y comparten intereses. Nunca me había sentido parte de una hasta que me trasladé a España. Y aquí, como en tantos otros países ahora, incluso del que me he ido, parece que el sentimiento de comunidad está siendo atacado.

Y en un mundo en llamas, la comunidad es sagrada.

Me mudé a España hace 18 meses. Aquí respiro, siento que lo hago por primera vez. Estoy echando raíces. Aprendiendo verbos. Rezando por conseguir un pasaporte español. España es mi casa. Mi comunidad. Y quiero protegerla. El efecto que ha tenido mudarme aquí ha cambiado mi vida. Me ha salvado, en realidad. España, mi casa, un país formado por 17 comunidades, es en conjunto mucho más que la suma de sus partes.

Cuando pienso en las ciudades que he visitado (al menos 30, y más cada mes) soy incapaz de sentir otra cosa que no sea orgullo y amor. Me fijo en cosas que alimentan ese sentimiento de comunidad. El hecho de que la palabra “abuela” se utilice con el respeto que merece. El conductor de autobús que espera en la curva a que un anciano llegue hasta la puerta. Las sonrisas y los “¡Hola!” en la sala de espera del médico. La explosión de cultura y colores, de aromas e idiomas, de cocina y arquitectura, esa “música congelada”. La sensación de estar siempre a no más de 10 minutos andando de una librería donde charlar y hojear libros, y que al librero le parezca tan importante eso como venderlos. La amabilidad de los extraños, los incontables “¡Un abrazo!”, la paciencia y la tolerancia, la empatía y la calidez que no encontré en mi vida hasta hace 18 meses. Por supuesto, España es el número uno de la clasificación de Bloomberg sobre los países más saludables del mundo. ¿Y qué si hay incertidumbre económica, crímenes, enfermedades mentales, violencia, pobreza, corrupción y adicciones? Claro. Y dónde no. Pero aquí percibo un sentimiento de comunidad que ayuda a lidiar con todas esas cosas, que alimenta un sentimiento de pertenencia cuya ambición es mejorar la vida.

Ahora que ciertos partidos políticos intentan quemar Europa y el resto del mundo, ahora que tantos prefieren creer la propaganda de la extrema derecha, dividirse y actuar desde el miedo, en vez de abrirse y unirse, me parece que es el puto momento de recordar qué es una comunidad y cuáles son sus milagros. Algo a lo que pertenecer, ya sea por azar o por voluntad propia. Deberíamos preguntarnos más a menudo: “¿Estás bien?”.