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Millás, perdido en la multitud del Prado

La misión encomendada al escritor Juan José Millás era bien sencilla: “Vete al Prado un día cualquiera y piérdete en la multitud”. También complicadísima: “Establece una topografía del lugar y una sociología del visitante”. El resultado de aquel deambular, de aquel contemplar y de aquel pensar es este texto: un intento de desentrañar algunas de las claves de por qué y cómo la gente de cualquier edad y de cualquier latitud entra en un museo como El Prado. Y lo que hace ahí.

Juan José Millás contempla 'Las Meninas' de Velázquez en la sala XII del Prado, la más visitada del museo.
Juan José Millás contempla 'Las Meninas' de Velázquez en la sala XII del Prado, la más visitada del museo.

EL ACCESO al Museo del Prado por la puerta de Los Jerónimos tiene algo de gruta, como si fuera la entrada de una cueva prehistórica donde nos espera una colección de arte que no podríamos calificar de rupestre, pero en la que nos podemos mirar como en el bisonte de Altamira para extrañarnos de nuestras aptitudes. Está bien colarse en los cuerpos grandes por bocas diminutas, como se cuela Alicia en el País de las maravillas, para advertir la diferencia entre el tamaño insignificante de los seres humanos y el volumen insólito de lo que les cabe en la cabeza.

Estoy aquí, me digo, en una de las pinacotecas más interesantes del mundo. A mi alcance, se dice pronto, lo mejor de la pintura europea de los últimos cuatro o cinco siglos. Y para llegar solo he tenido que coger el metro.

El formidable vestíbulo constituye el punto de articulación entre el edificio de Moneo y el de Villanueva, vale decir entre los siglos XXI y XIX. En ese vestíbulo se encuentra el guardarropa, la tienda, una de sus cafeterías y, al fondo del todo, el restaurante. Una vez pasado el arco de seguridad, puedes dirigir tus pasos hacia la derecha o hacia la izquierda. Si hacia la izquierda, que es la zona de la ampliación, llegarás enseguida a unas escaleras mecánicas por las que ascenderás al claustro de los Jerónimos, que perteneció en su día al monasterio de San Jerónimo el Real, del que hoy solo queda la iglesia, y que Moneo convirtió en el núcleo de su proyecto. Estaba formado por casi tres mil bloques de piedra de granito que fueron desmontados, restaurados y montados de nuevo. Se trata de un buen sitio, en fin, para contar.

Una visitante del Museo del Prado, ante 'Los fusilamientos' o 'El 3 de mayo en Madrid', una de las obras maestras de Goya.
Una visitante del Museo del Prado, ante 'Los fusilamientos' o 'El 3 de mayo en Madrid', una de las obras maestras de Goya.

Contar es un modo de entrar en uno mismo, que es lo primero que conviene hacer tras ingresar en el edificio, sobre todo si ansías que el museo te penetre. Parecerá increíble pero hay muchas personas que, pese a hallarse dentro, continúan fuera. Lo aprecias en sus rostros vacíos de emoción y en el modo en el que arrastran los pies por los pasillos y las salas: han enviado a su cuerpo a las entrañas de la pinacoteca, pero ellas se han quedado en la calle, como el que deja al perro a la puerta del supermercado. A las puertas del Prado hay decenas de almas que esperan impacientes el regreso de los organismos a los que pertenecen. Son tantas y es tal el lío que se organiza cuando llega la hora de cierre, que no sería extraño que algún cuerpo volviera a su casa con el alma que no es.

La observación es incompatible con la velocidad, pero existe ese visitante eléctrico al que con la entrada deberían ofrecer un ansiolítico

En el claustro de los Jerónimos hay varios bancos en los que sentarse a contar piedras renacentistas, además de siete u ocho estatuas. Se está bien aquí, dejándose infiltrar por las radiaciones beneficiosas que emite este granito escurialense. Puedes contar también los arcos y, tras contarlos, recorrer lentamente el perímetro del claustro para ir descendiendo poco a poco a lo más hondo de ti mismo. Mira, ahí, en su centro, como en el centro de tu pecho, se abre una especie de patio interior, un hueco, al que la gente se asoma sin comprenderlo bien, pues solo lo entiendes cuando desechas la idea de que todo debe estar al servicio de un significado indiscutible. Avancemos, en cualquier caso, que posee una utilidad: la de servir de linterna a las salas que se encuentran debajo, dedicadas a exposiciones temporales.

¿Más tranquilo?
Mucho más, gracias.

Hay, pues, quien irrumpe en el museo sin alma y quien, llevándola puesta, le va metiendo prisa. Pero la observación es incompatible con la velocidad. No se puede decir: “Entro corriendo a ver las pinturas negras de Goya y salgo a toda mecha, espérame en la cafetería del Palace”. Existe sin embargo también esta tipología de visitante eléctrico al que con la entrada deberían ofrecer un ansiolítico.

Millás, perdido en la multitud del Prado
Dos versiones de una imagen: el escritor visita a Botticelli.
Dos versiones de una imagen: el escritor visita a Botticelli.

A las 11,30 de la mañana de un lunes de febrero, yo continuaba en el claustro de los Jerónimos, sentado en uno de sus bancos, contando sillares de granito. Cerca de mí había una pareja italiana con una niña de unos cuatro años y un bebé. Y nadie más. Toda aquella arquitectura de piedra para nosotros solos. Cuando llegué al sillar 112, que coincide con el número de las urgencias telefónicas, me levanté movido por un automatismo indeseable que combatí con una ración de lentitud. Despacio, pues, me dirigí de nuevo a las escaleras mecánicas e inicié el descenso con la idea de comprobar el efecto de la linterna de Moneo en las salas de abajo, donde resultó que había una exposición temporal dedicada a los dos siglos de existencia del museo, compuesta por un conjunto de obras maestras de cuya historia y adquisición se informaba en un folleto a disposición del público.

El museo, en la medida en que hablamos de un espacio público, es también sus visitantes. no debes actuar, por tanto, como si no existieran

Me pareció un excelente resumen de la pinacoteca. No un resumen para perezosos, como el que acude a la sinopsis de Crimen y castigo para evitar su lectura, sino un museo a escala, una maqueta, y a mí me fascinan las maquetas por su capacidad de representación del mundo. De hecho, apenas había progresado unos metros cuando se me apareció el Cristo de Velázquez. Me detuve a contemplarlo junto a un matrimonio que lo examinaba con cierta incomodidad. Ella dijo:
—Me parece extraño que tenga los pies separados, uno al lado del otro, en vez de montados, como aparece en todas partes
—Llevas razón, con los pies montados se habrían ahorrado un clavo y en aquella época un clavo era un clavo —respondió él tirando de ella para continuar.

Una pareja se besa en una zona de la ampliación de Rafael Moneo, inaugurada en 2007.
Una pareja se besa en una zona de la ampliación de Rafael Moneo, inaugurada en 2007.

Advertí que con el hallazgo de esta cuestión de orden económico la pareja logró amortizar los segundos que había permanecido frente al Cristo. Más tarde, a lo largo de la mañana, me di cuenta de que abunda el tipo de visitante que necesita rentabilizar a cortísimo plazo el precio de la entrada. El público, en general, tiene poca paciencia. Se detiene unos instantes frente al lienzo, a la espera de que le diga algo, y luego continúa la marcha un poco deprimido, aunque no llegue a manifestarlo por vergüenza. Y es que la gente cree que visitar El Prado implica estar a su altura. Los responsables de la institución deberían poner en cada sala un cartel que dijera: “Si quiere disfrutar, no intente usted estar a la altura de las obras”.

Cuando renuncias a ese imposible metafísico, todo cambia. El reconocimiento de las propias limitaciones da paso a un estado de relajación desde el que la visita se convierte al fin en una experiencia contemplativa de primer orden. En una fiesta. ¿Qué otra cosa podríamos estar haciendo a esta hora de la mañana de un lunes cualquiera que vagar sin agobios intelectuales o de cualquier otro tipo por estas estancias que nos pertenecen y a las que pertenecemos?

Un grupo de visitantes en una sala del museo.
Un grupo de visitantes en una sala del museo.

Desde esa actitud se puede uno plantar frente al Cristo ensimismado de Velázquez sin esperanza alguna de que le diga algo, pero sin padecer por ello. Sé intrépido: háblale tú a él. Pregúntale, no sé, si algún antepasado tuyo permaneció también desorientado y perplejo frente a su representación. Quizás en este instante ocupas respecto a la tela una posición geográfica idéntica a la que un día ocuparon tus abuelos, que habían venido a verla desde Valladolid. Tal vez ellos se quedaron igualmente atónitos o repararon solo en el triste asunto contable de los clavos.

Visitantes contemplan 'Las Meninas', de Velázquez.
Visitantes contemplan 'Las Meninas', de Velázquez.

Y no solo al Cristo. Háblale al retrato de Felipe IV y a los personajes de El Greco, frente a cuyas pinturas, cosa rara, no hay en este momento admirador alguno. Háblale a la Inmaculada de Murillo y a los personajes de esa maravillosa composición de Miguel Jadraque titulada Visita del cura y el barbero a Don Quijote, donde se representa una escena de la Segunda Parte de la novela de Cervantes en la que vemos al Ingenioso Hidalgo en la cama, atacado por la fiebre y delirando sin pausa frente a sus visitantes. Dile algo a ese loco. Más aún, métete en su casa, paséate por esa habitación tan acogedora como si fueras uno de sus personajes, observa qué bien entra la luz por la ventana de la izquierda y revisa los lomos de los libros que se encuentran en la librería del fondo. Hay cuadros que permiten la hazaña de entrar en ellos sin llamar y créeme que es bien divertido imaginar que subes o bajas por esas escaleras, que abres la puerta que se halla a la derecha y que recorres, invisible, el interior de la vivienda de ese insensato que protagonizó una de las peripecias narrativas más notables de la historia de la literatura, quizá, dada su trascendencia, de la historia de España.

Lo importante es no fatigarse. si miraba a los dueños de esos pies veía el hastío de quien, pretendiendo abarcarlo todo, apretaba poco

Esto ya es otra cosa, ¿no? Habíamos acudido al Prado con la ansiedad de no estar a su altura, lo que resulta imposible, pero acabamos de descubrir que, como diría Pessoa, somos del tamaño de lo que miramos. Significa que el mero hecho de acercarnos ingenuamente a Botticelli ya nos hace un poco más grandes de lo que éramos hace tan solo un par de horas. Ahí está, por cierto, uno de los cuadros de la serie titulada La historia de Nastagio degli Onesti. Se trata de la ilustración de un cuento de Bocaccio, pero no es absolutamente necesario que conozcamos la historia. De momento, basta con que nos hagan gracia las formas, que la tienen, pues son de esas pinturas que, como la de El cura y el barbero visitando a Don Quijote, permiten penetrarlas, ingresar en ellas y pasearse por su interior en calidad de fantasma, ya que nosotros vemos a los personajes sin que ellos lleguen a advertir nuestra presencia.

Una pareja observa 'La maja vestida', de Goya.
Una pareja observa 'La maja vestida', de Goya.

En realidad, si lo piensas, los visitantes de un museo poseen esa calidad fantasmagórica, pues asisten a cientos de escenas en las que actúan como meros espíritus. Si los personajes de los cuadros pudieran distinguirnos igual que nosotros a ellos, tal vez dirían, como el niño de El sexto sentido, que ven muertos. Después de todo, la gente, en este tipo de instalaciones, utiliza el mismo tono de voz que se gasta en los tanatorios. Quizá haya entre quienes me rodean algún agonizante. Para esto puede servir también El Prado: para hacer un diagnóstico de nuestra sensibilidad frente al arte. No importa que sea escasa si uno es capaz de reconocerlo, pues tiene cura y el tratamiento es muy barato.

Se me ocurre esto al tropezar, aún dentro de la exposición temporal, con la Virgen Entronizada con el Niño, de Gil de Siloé, una pieza bellísima de alabastro. Hay quien confunde el alabastro con el mármol. Solo por apreciar la diferencia entre ambos minerales vale la pena detenerse unos minutos frente a esta genialidad llena de transparencias enormemente insinuantes. Se lo explicaba una chica a su joven acompañante, cuya conversación espié:
—Fíjate en los pliegues del vestido de la Virgen, se clarean como cuando pintas blanco sobre blanco. Esa característica del alabastro proporciona al conjunto unos registros nacarados estremecedores.
Quien se estremeció fue un servidor ante la explicación de aquella, supuse, estudiante de Bellas Artes.
— ¿Pero es un mineral o qué? —preguntó el joven.
—El alabastro es yeso, sí, piedra de yeso, y es muy blando, podrías darle forma con la uña. Bueno, tú no, que te las muerdes. Como es traslúcido, en los ventanales de algunas iglesias medievales, cortados en láminas delgadas, sustituye al cristal.
Estábamos el joven y yo embobados en la contemplación de la figura cuando la chica añadió algo terrible:
—Y es soluble en el agua. El alabastro es soluble en el agua.

Un grupo de mujer visita una de las salas del Prado.
Un grupo de mujer visita una de las salas del Prado.

La idea de que aquella imagen pudiera desaparecer bajo la lluvia, como las lágrimas de un replicante de Blade Runner, la dotaba de una fragilidad que aumentaba misteriosamente su perfección.
Abandoné trastornado la compañía de la Virgen a cuyo niño, por cierto, le falta la cabeza, y tomé asiento en uno de los bancos de madera estratégicamente dispuestos a lo largo de las salas. Allí estoy, pues, reponiéndome de esa pequeña arremetida de síndrome de Stendhal, cuando al levantar la vista descubro en el techo el desenlace del lucernario al que me había asomado arriba, en el claustro de los Jerónimos. Me sorprendió que también a la luz, como al alabastro, se le pudiera dar forma, esculpir, crearle cauces por los que discurriera dócilmente como una masa de agua en el interior de un circuito. Sentí que, al haber reconocido la linterna por los dos extremos, había cerrado un capítulo y que podía continuar mi periplo.

Lo importante, pensé, es no fatigarse. Al fijarme en los pies de los otros, comprobé que muchos, debido al agotamiento, progresaban con dificultades. Si levantabas la vista hacia los dueños de esos pies, lo que veías era el hastío de quien pretendiendo abarcarlo todo apretaba poco. El cansancio es incompatible con la contemplación. Había visto lo suficiente como para volver a casa y vivir durante varios días de las rentas de lo adquirido. Pero como lo había hecho todo tan despacio, aún me quedaban fuerzas para regresar al vestíbulo y acceder desde él al edificio antiguo, el de Villanueva, dejándome llevar por el sentimiento de que, en lugar de un pasillo, estaba atravesando un par de siglos. Y con la facilidad de quien cruza una calle.

Ya en la orilla arquitectónica del XIX, me volví a observar unos segundos la del XXI, de la que procedía, y dediqué un pensamiento admirativo a Rafael Moneo, autor de aquella hazaña de alto riesgo consistente en ensamblar dos épocas sin afectar a la identidad de ninguna. Me alegró haber sido contemporáneo de un héroe de ese calibre, pero me produjo un regocijo íntimo, sobre todo, disponer de la capacidad de agradecérselo como le agradecía Las Hilanderas a Velázquez. Visitar un museo es también relacionarse con sus espacios, registrar el carácter orgánico de sus estancias y la sabiduría de las zonas de distribución. Conviene detenerse, en fin, no solo ante las esculturas o los cuadros, sino ante los lugares de tránsito, las escaleras, por ejemplo, para captar el sonido ambiente creado por la disposición de sus paredes. Así, enseguida adquieres la conciencia de que cada paso que das por el edificio de Villanueva produce el mismo eco que el de un visitante de finales del XIX o principios del XX. Sin dejar de ser tú, contigo caminan tus antepasados. Te conviertes en ellos mientras ellos reviven en ti.

Decidí que solo vería tres o cuatro obras más, cinco, si fuera capaz de digerirlas. La cuestión era no arruinar, por culpa de un exceso, el estado de ánimo alcanzado hasta el momento. El caviar, excepto si eres un gánster o un nuevo rico, se toma en pequeñas cantidades. Me dirigí, pues, a la sala de El Bosco, donde frente a El Jardín de las Delicias se apiñaba un grupo de personas muy interesadas en el sentido oculto de la obra, facilitado por los auriculares o por los guías de carne y hueso que se dirigían a los suyos en voz baja, como si les transmitiera algo inconfesable.

El museo, en la medida en que hablamos de un espacio público, es también sus visitantes. No debes actuar por tanto como si no existieran. De modo que poco a poco fui colándome entre las hendiduras de la aglomeración hasta alcanzar el centro, donde recibí un cupo del anhídrido carbónico exhalado por aquel conjunto de bocas de diferentes edades y nacionalidades. Había anhídrido carbónico francés, español, alemán; anhídrido carbónico holandés y belga y norteamericano; y había palabras que, susurradas en los idiomas de los anhídridos carbónicos ya mencionados, me penetraban como las imágenes de Hieronymus Bosch provocándome el aturdimiento preciso para asomarme sin prejuicios a la pintura y observar el interior de mi conciencia en ella.

Ya está, me dije, abandonando el grupo, ya has cumplido, no quieras abarcar demasiado, aplícate el consejo que das a los demás: regresa a casa o camina una hora o dos por los alrededores para bajar la digestión de lo vivido.

Pero no puedes irte, me repliqué, sin asomarte a Las Meninas, a ver qué pasa. De modo que me acerqué también al cuadro de Velázquez y repetí la experiencia de inmersión llevada a cabo frente a El Jardín de las Delicias. Y vi cómo Velázquez nos retrataba a los espectadores del cuadro fingiendo retratar a los reyes cuya imagen se refleja en el espejo del fondo. Y me asombró que llevara casi cuatro siglos retratándonos y nosotros retratándole a él, pues tal es lo que se produce en ese intercambio de miradas de ida y vuelta: un juego diabólico de espejos. ¿Quién decía que el ojo por el que ves a Dios es el mismo que por el que Dios te mira? ¿No es el ojo por el que nos ve Velázquez el mismo que por el que nosotros lo miramos?

Y ahora ya sí, me dije, déjalo, vete, renuncia por hoy a Goya, a los flamencos, no abarques más, no sea que dejes de apretar. Y regresé al vestíbulo al que se accede a través de la puerta de los Jerónimos para hacer uso también del restaurante, donde di cuenta, ensimismado, de una ensalada de lechuga y pollo con una cerveza muy, muy fría.

Doce con treinta euros.

Pero mientras masticaba con parsimonia el alimento y rumiaba despacio la visita, me vino a la memoria el poema que Unamuno dedicó al Cristo de Velázquez. De modo que saqué el móvil, lo busqué en Internet y antes de retirarme volví adonde se hallaba y lo leí delante de él, moviendo la lengua dentro de la boca, como el que recita una oración.