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La filantropía merece un debate, pero no es el que plantea Podemos

La polémica acerca de las donaciones de Amancio Ortega emborrona una conversación que lleva arrinconada demasiado tiempo

Pablo Iglesias, líder de Unidas Podemos y rey del Glam.
Pablo Iglesias, líder de Unidas Podemos y rey del Glam. El País

A veces da la sensación de que Podemos vive atrapado en una película de Ken Loach. Su extemporánea salida de esta semana en contra de las donaciones de Amancio Ortega no solo supone un disparo en el pie frente a electores modestos que valoran la modernización de la sanidad pública, venga de donde venga. Demuestra, sobre todo, un inquietante desconocimiento del papel que la filantropía juega en la promoción del interés común en siglo XXI.

Frente a su modelo de vasos comunicantes, en el que las donaciones privadas se producen necesariamente a costa de las contribuciones fiscales, la realidad es que los esfuerzos filantrópicos más sofisticados proporcionan a las sociedades beneficios múltiples: recursos económicos adicionales; innovación en políticas, organizaciones y conocimiento; e involucración directa de los individuos y las empresas en los asuntos que afectan a sus comunidades. Algunas de las consecuciones más extraordinarias del último cuarto de siglo –como la reducción de la mortalidad asociada a las pandemias de la pobreza– están directamente relacionadas con modelos público-privados.

La filantropía a la que debemos aspirar tiene tres características básicas:

  • Es adicional, no alternativa, a las obligaciones tributarias de una empresa o un individuo (lo que no excluye incentivos fiscales por parte del Estado).
  • Busca el impacto estratégico: complementario a la acción pública –incluso hasta el punto de retarla en algunas ocasiones– y aceptando riesgos que no siempre puede (o quiere) asumir un Gobierno.
  • Es transparente y está sujeta a un escrutinio firme pero inteligente, que no arruine el dinamismo de la gestión privada.

Si se fijan, estas tres características exigen un sector público activo, eficaz y visionario. Cualquier administración del Estado logrará mucho más estimulando la buena filantropía que ahogándola con retórica electoral.

¿Cumple Ortega estos criterios? Si atendemos a la información que ha proporcionado la empresa esta semana, así como a mi íntima experiencia con el Protectorado de Fundaciones, el primero y el tercero deberían estar razonablemente cubiertos. Por lo menos, forman parte de otras conversaciones, como la de la idoneidad del modelo fiscal.

Tengo bastantes más dudas con respecto al segundo. En mi opinión, el verdadero problema de las donaciones de Ortega no está en lo que hace, sino en el coste de oportunidad de lo que deja de hacer. La sexta fortuna del planeta podría plantearse intervenciones tan ambiciosas como las que ejercen Bill Gates en el terreno de los derechos sociales o George Soros en el de los políticos. Sin embargo, el dueño de Inditex parece haber optado por una estrategia más atomizada, reactiva y de perfil bajo.

Pero este asunto va mucho más allá de Amancio Ortega y de las declaraciones de trazo grueso de Unidas Podemos. Nuestro país ha ido posponiendo injustificadamente el debate sobre la nueva Ley de Mecenazgo y el modelo de filantropía que encaja mejor con las necesidades y la cultura ciudadana de nuestra sociedad. Un debate del que depende en parte el futuro del tercer sector. Cada día que pasa es un día perdido.

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