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El vicio solitario

Somos el único país europeo que nunca ha tenido un gobierno de coalición a escala estatal

Vista del hemiciclo vacío del Congreso de los Diputados.
Vista del hemiciclo vacío del Congreso de los Diputados.

Redacto esta columna desde Alemania. Y si se lo comento es porque mis colegas locales no han dejado de preguntarme por las pasadas elecciones generales españolas. Lo que más les sorprende es que Pedro Sánchez se disponga a gobernar “en solitario” con pactos puntuales con otras fuerzas políticas. Se lo digo en nuestro lenguaje y ellos inmediatamente lo traducen al suyo. O sea, que será un “gobierno en minoría”, replican. Y añaden a continuación: ¿cómo puede garantizarse así un mínimo de estabilidad para el nuevo gobierno? La verdad es que no tengo una respuesta clara, y me sorprendo sorprendiéndome porque puedan ponerlo en duda. Quizá, porque ya estamos socializados en la épica de la búsqueda del acuerdo constante, de aquello a lo que en la época de Zapatero se le puso el nombre de “geometría variable”.

Que les recuerde que Sánchez consiguió gobernar nueve meses con tan solo 84 diputados tampoco ayuda. Eso, replican, no es más que una prueba de que los gobiernos en minoría son inestables por definición, aunque a nosotros nos parezca una hazaña que consiguiera adoptar algunas decisiones relevantes. Gobernar, al modo alemán, presupone garantizar la estabilidad, y esta solo estaría asegurada incorporando a otras fuerzas políticas a través de gobiernos de coalición. No en vano, estamos en el país de las grosse Koalitionen. Por eso mis contertulianos tampoco acababan de entender por qué ni siquiera se considera la opción PSOE/Ciudadanos, la única capaz de recoger una sólida mayoría. Ni siquiera después de relatarles la explosiva incompatibilidad personal entre Sánchez y Rivera, como si eso fuera una mera anécdota.

Poco a poco voy dándome cuenta de que el diálogo es cada vez más complicado porque en el fondo hay un choque entre dos culturas políticas extremas: una comprometida con la gobernabilidad por encima de los intereses de los partidos, y otra que hace de la astucia y la habilidad del “gobierno en solitario” el centro de su acción política. Este último caso parece ser nuestro hecho diferencial, porque somos el único país europeo que nunca ha tenido un gobierno de coalición a escala estatal. La propia semántica de “compromiso” en uno u otro país lo dice todo. En Alemania se reduce a “acuerdo”, mientras que entre nosotros se aproxima más a la idea de “concesión”. Alcanzar un compromiso se percibe así como una pequeña derrota de cada parte más que como el éxito de todos.

Lo que resulta más difícil de explicar a mis contertulios, sin embargo, es que nuestro vicio del gobierno en solitario quizá no dependa tanto de cuestiones de cultura política cuanto de la propia organización del sistema de partidos. En particular, de la relevancia parlamentaria de los partidos nacionalistas, a los que nunca se les pasó por la imaginación el entrar en un gobierno de coalición en el Estado. Bajo las condiciones del anterior bipartidismo, una gran coalición PP/PSOE siempre se hubiera entendido como la creación de dos frentes identitarios antagónicos. Ahora hay margen para otras maniobras, pero nos pueden las inercias. Puede que después de todo nuestro hecho diferencial sea precisamente esa falta de homogeneidad nacional.

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