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Las tres vías europeas

Hace falta una Europa progresista, con el pulso socialista español, capaz de detener el actual proceso de desagregación de la izquierda europea

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Bruselas, el pasado 22 de marzo.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Bruselas, el pasado 22 de marzo. REUTERS

Brexit, auge del nacionalpopulismo, paro, precariedad, divisiones sobre la política migratoria, distanciamiento de los países de la zona norte y del este de los del sur. Europa está siendo pisoteada, huérfana de acuerdo sobre el porvenir. Los Estados miembros del norte (la nueva Liga hanseática) se muestran obsesionados por el pacto de estabilidad y la disciplina presupuestaria; los del este desean exclusivamente pertenecer a un espacio mercantil, aprovechando —eso sí— la ayuda de Europa; el eje franco-alemán busca un segundo viento, mientras los países del sur caminan divididos entre un bloque progresista (España, Portugal) y otro, Hungría e Italia, en ruptura con el consenso común. De hecho, existen tres vías europeas.

Hay una vía conservadora, representada por el PPE: es la del estancamiento del crecimiento, que ha disminuido un 50% este año. Su balance, esta ultima década, es desastroso para la ciudadanía. Y el norte, que domina ideológicamente el PPE, sigue proponiendo recortes.

Hay una vía liberal-centrista, que el presidente Macron pretende liderar. Sus iniciativas, sin embargo, han perdido impulso por naufragio en el muro alemán. Merkel y su sucesora no aceptan ni un mínimo control de la política del euro (conforme a la ideología de la Liga hanseática), ni una política de relanzamiento europeo y discrepan sobre la reforma de Schengen. Es decir, recortes presupuestarios, y con ello, bloqueo de las propuestas de Macron de creación de nuevas instituciones (agencia europea de Protección de las Democracias; oficina de Asilo bajo un consejo europeo de Seguridad Interior; consejo europeo de Innovación para nuevas líneas tecnológicas).
Ahora bien: detrás de estas dos orientaciones, conservadora y liberal-centrista, está la extrema derecha populista, que espera su hora, recogiendo los frutos envenenados de la política antisocial imperante.

Para hacer frente a todos estos desafíos, aparece por fin la de una Europa progresista, con el pulso socialista español, capaz de liderar históricamente un proyecto factible para detener el actual proceso de desagregación de la izquierda europea. Reto cuyo concepto estriba en una sola palabra: lo social. Para ello, se necesita una flexibilización del pacto de estabilidad, mayor armonización fiscal, mayor control de las entidades bancarias, más protección frente al paro, lucha decidida contra la precariedad y una verdadera política de ayuda a los países africanos para gestionar la demanda migratoria. Pues sin giro hacia lo social, la izquierda desaparecerá; sin cambio de mirada hacia el Sur, Europa se transformará en fortaleza asediada y el odio la hundirá bajo los golpes del nacionalpopulismo.

Estas medidas solo pueden prosperar si un nuevo bloque se constituye, sumando a España y Portugal una socialdemocracia europea renovada, y apostando por una reorientación política y social progresista. Pues Europa debe servir a sus ciudadanos.

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