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El proteccionismo europeísta de Macron

El presidente francés retoma el lema de su campaña presidencial de hace dos años, pero sin la pompa y la pretensión de originalidad de entonces

El presidente francés, Emmanuel Macron, el pasado 7 de marzo.
El presidente francés, Emmanuel Macron, el pasado 7 de marzo. AFP

La contienda electoral que se abre para las elecciones europeas demuestra que, una década después de la crisis de 2008, Europa sigue condicionada por las consecuencias sociales y económicas adoptadas para hacer frente a la misma. Fundamentalmente, fueron los países más ricos dentro de la zona euro quienes escribieron la hoja de ruta, y los del sur, incluyendo también a Irlanda, quienes tuvieron que pagar socialmente las consecuencias de sus políticas de endeudamiento.

Es muy ilustrativo observar algunas tendencias que afloran en los debates actuales sobre el porvenir de Europa. La extrema derecha nacionalpopulista hace hincapié en la necesidad de poner en marcha, en el seno de los 27, políticas de soberanía para proteger los intereses nacionales de la competencia intraeuropea, mientras que los países del Este, que favorecen la salida de sus ciudadanos en paro hacia los países de la zona euro, no quieren respetar la disciplina común que pueda —en algún modo— afectar sus políticas liberales vigentes. Italia, a su manera, se ha sumado a esta estrategia.

Por otro lado, en Francia, Emmanuel Macron, confrontado a una crisis de legitimidad profunda, intenta, desde una perspectiva centrista, volver al mando, por lo menos simbólico, del barco europeo cuando la canciller Angela Merkel parece inevitablemente paralizada por varios problemas internos (decrecimiento del comercio exterior, concesiones cada vez más difíciles de vender a su opinión pública sobre la gobernabilidad del euro por parte del Banco central...). Además, Alemania ha rechazado tanto la posibilidad de una política de orientación del euro y de aumento significativo del presupuesto europeo, como de avance en la reforma bancaria. Esta situación se complica aún porque todos los países europeos están a la espera de valorar los reales efectos de la salida del Reino Unido, aunque las autoridades europeas hayan asegurado haber tomado las medidas adecuadas para enfrentarla.

Macron, por su parte, retoma el lema de su campaña presidencial de hace dos años, pero sin la pompa y la pretensión de originalidad de entonces. Ahora, sus propuestas son más rotundas y menos ambiciosas: quiere una Europa que “proteja”, es decir, que ponga fronteras impermeables frente al exterior, en especial sobre la gestión de las migraciones (propuesta de aumentar el número de aduanas y control de la circulación interna de los refugiados), y sancione a las empresas, tanto internacionales como europeas, que tiendan sistemáticamente a evadir impuestos. Asimismo, quiere favorecer a los “campeones europeos” frente a la entrada y la competencia desleal de empresas extranjeras (esencialmente chinas) o responder de modo más tajante a la política comercial agresiva de EE UU. Por otro lado, apoyado por algunos países (Holanda, Dinamarca y potencialmente Alemania) persigue devolver al Consejo Europeo el poder de elegir el presidente de la Comisión que desde 2014 es ejercido por el Parlamento. Todo ello implica el fortalecimiento de la Europa intergubernamental, es decir, de gestión política cooperativa frente a la estrategia de Bruselas volcada, desde hace 20 años, al mero control de los inputs dentro del mercado único.

Pero, ¿cuál es la razón de esa reorientación? No sólo el auge de los nacionalpopulismos y de la peligrosa desagregación de los bloques políticos tradicionales, sino también como respuesta a la ideología que prevalecía hasta hoy, resultante de una concepción de la “globalización abierta”, cuando ahora impera la protección de los acervos europeos dentro de la misma globalización, desvelada como una guerra despiadada entre los grandes bloques económicos mundiales. El liberal centrista y europeísta Macron lo tiene muy claro: frente al soberanismo nacionalpopulista, la única respuesta progresista es un proteccionismo europeo que no rompa con el liberalismo, pero que implique otra Europa menos globalista y más europeísta.

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