Columna
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Europa confrontada por el nacionalpopulismo

La apuesta de la unión debe fortalecer sus bases con un proyecto renovado y, sobre todo, solidario

Di Maio, reunido con varios representantes de los 'chalecos amarillos' en París, el pasado 5 de febrero.
Di Maio, reunido con varios representantes de los 'chalecos amarillos' en París, el pasado 5 de febrero. Twitter de Luigi Di Maio

En la Europa de hoy se perciben tres fisuras graves, que la corriente nacionalpopulista, siempre a la ofensiva, instrumentaliza. En primer lugar, utiliza la inmigración como arma de destrucción masiva del conjunto de la UE; se aprovecha de la impotencia del Consejo Europeo ante la vulneración de las leyes europeas; rechaza los acervos de supranacionalidad. Sin embargo, los inmigrantes y refugiados no constituyen, en el fondo, su objetivo principal, ámbito —lo saben los dirigentes de estos movimientos— que no admite soluciones fáciles ni estrictamente nacionales. El objetivo real no es sino la UE, considerada una institución opuesta no solo a la soberanía tradicional, sino a los modelos de organización que prevalecen dentro de la nación. Dos factores justifican su argumentación: la disciplina presupuestaria impuesta por la Comisión, que recorta los gastos públicos, y la disciplina monetaria determinada por el Banco Central, que beneficia a los países ricos con capacidad de exportación, endeudando más al resto. Ante ello, se abre la decisión de cambiar la política europea, reduciendo su dimensión supranacional, o bien se apuesta por crear una situación de crisis profunda para provocar el estallido del conjunto europeo. El ejemplo del Brexit fortalece a los movimientos nacionalpopulistas, que lo aplauden. Y su eco es idóneo para propagarse al programa político de un país como Italia.

En segundo lugar, frente a este desafío, la UE reacciona a la defensiva. En lugar de ofrecer una respuesta económica capaz de neutralizar los problemas que han dado alas a los movimientos nacionalpopulistas, y cortarlos de raíz, se limita a vigilar su política de estabilidad sin crecimiento; no afronta seriamente la materia migratoria, dejando correr la dinámica de nacionalización en este contexto; acepta impertérrita la ruptura de solidaridad por parte de los Estados miembros del Este, etcétera. Con el Brexit sobre la mesa, que la supera, se encarga de recordar que cualquier cambio de orientación estratégica global dependerá del Consejo Europeo. No obstante, el papel de la Comisión es salvaguardar el interés general de los europeos, lo que debe implicar hoy proponer sin demora una respuesta económica y social sólida frente a la demagogia nacionalista en Europa.

En tercer lugar, aparecen señales peligrosas: la contienda diplomática entre Francia e Italia por el respaldo expreso del Gobierno italiano a los chalecos amarillos, demuestra que la intervención directa en asuntos interiores de otro país ha devenido un arma del nacionalpopulismo para debilitar al adversario del momento, lo que constituye un golpe mayor a los principios del acuerdo histórico europeo. Aunque la intromisión no trascienda a los intereses económicos, la desconfianza mutua permanecerá.

Son tres líneas de fractura que condicionan el porvenir. La apuesta europea debe fortalecer sus bases con un proyecto renovado y, sobre todo, solidario.

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