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OPINIÓN i

Neofeminismo, palabra del 2019

La historia tiene el defecto de repetirse, pero es virtud cuando sirve para afilar la astucia

Concentración en Madrid contra las propuestas de la ultraderecha el pasado 19 de enero.
Concentración en Madrid contra las propuestas de la ultraderecha el pasado 19 de enero.

No me estoy equivocando, no quería decir neomachismo, me sumo a quienes van a intentar que esa no sea la palabra de 2019. Si según Merriam-Webster feminismo fue la del 2017, la más consultada, y justicia la de 2018, hagamos con ellas una alianza férrea contra el revival del patriarcado. Dará fuerza para recordar que agoniza y que, con las cartas bien jugadas, este será su último aliento. Mientras, va a ser un año turbulento en el debate de las libertades y los derechos.

En Fortunas del feminismo, publicado en 2015, Nancy Fraser diagnosticaba este último periodo histórico y hablaba de la merma de las energías de la izquierda y de la crisis actual del neoliberalismo como dos factores clave para despertar esta nueva fase del feminismo que ya estamos viviendo. También adjudicaba el actual régimen neoliberal una voluntad clara de atrasar el reloj en lo que se refiere a la igualdad. Profecía cumplida: aquí están las descabelladas propuestas de los aguerridos chicos de VOX para confirmar que los logros de la igualdad son incómodos y combinan mal con sus metas, que hablan de prejuicios, intolerancia y recorte de libertades. Y que se basan en la negación de la realidad, las fake news y la demonización del distinto.

Ante este panorama —entonces inminente y ahora ya real—, Fraser se preguntaba: "¿Conseguiremos quienes sostenemos perspectivas de igualdad más robustas y ambiciosas resistir el asalto neoliberal? ¿Debemos adoptar una postura esencialmente defensiva, destinada a consolidar los avances previos? ¿O podría la actual crisis resultar un momento de transformación trascendental en el que la propia igualdad se transforma, se profundiza y se amplía, se vuelve más sustancial e incluyente, y avanza hacia la plena paridad de participación en la vida social?". 

Nancy Fraser adjudicaba el actual régimen neoliberal una voluntad clara de atrasar el reloj en lo que se refiere a la igualda

Este nuevo impulso del feminismo ha venido para quedarse porque incorpora una base social infinitamente más amplia que la que había tenido hasta ahora. Esa suma de nuevos efectivos —chicas jóvenes, mujeres escépticas, pseudo-conservadoras y hombres feministas—, permite aspirar a nuevos retos a la hora de enfrentarnos a un patriarcado que tiene los días contados.

Hablemos claro: no hay ninguna nueva ultraderecha que antes no estuviera, no hay ninguna nueva amenaza ni para la igualdad de género ni para la diversidad en su sentido más amplio. La amenaza siempre estuvo allí, en la negación de la memoria histórica, en la tolerancia disfrazada de respeto. Sucede simplemente que el lobo se ha sacado la piel de cordero, y allí donde había un Gallardón que quería cercenar la Ley del aborto, ahora hay 400.000 votantes de VOX que desprecian sus propios derechos y libertades, porque es contra ellos mismos y la sociedad moderna en la que viven contra la que atentan. 

Sin embargo, las Marchas de las Mujeres contra Trump, el movimiento Me Too contra la violencia global ejercida sobre las mujeres y nuestro victorioso último 8 de marzoimpulsado por el lamentable caso de La Manada, que se ha vuelto contra la ignominiosa justicia patriarcal—, han sido espléndidos altavoces para difundir una voz colectiva que habla de progreso social, igualdad y respeto al distinto. Ni más ni menos.

La historia tiene el defecto de repetirse, pero es virtud cuando sirve para afilar la astucia. La revolución de las conciencias que el feminismo ha vehiculado se parece mucho a la “querella de las mujeres” que habitó en la Europa de los siglos previos a la Revolución Francesa. Entonces salieron en defensa del mal trato que se les daba escritoras como Christine de Pizan e Isabel de Villena; ahora han sido las famosas de la industria del cine las que han sacudido las alfombras de la misoginia y el desprecio a las mujeres. También se parece mucho a la ola feminista que agitó los años setenta tras el intento de la sociedad norteamericana de recluir a las mujeres en sus casas mientras los valientes que regresaban de Vietnam ocupaban el espacio público. Betty Friedan dio la voz de alarma y las demás quemaron sujetadores e impidieron ese nefasto paso atrás.

Ahora las mujeres salen a las calles de nuestro país al grito de “Ni un paso atrás”, al igual que hace cuatro décadas salían al grito de “Yo también soy adúltera” o “Yo también he abortado”. ¿Alguien cree que vamos a callar? Tenemos la suerte de contar con la alianza de intelectuales lúcidas —incluida Simone de Beauvoir— que ya nos avisaron de que cualquier zozobra mundial sirve para que los carpetovetónicos vuelvan a la carga: en momentos de solidez permanecen en sus guaridas y, cuando algo se tambalea, salen a la luz. No le demos más importancia que esa, son los mismos que ya estaban.

Podemos adoptar una postura defensiva o trabajar para ampliar el paradigma de la igualdad de derechos y la defensa de la diversidad. Se trata de proponer una transformación mucho más ambiciosa de la que hasta ahora hemos alcanzado: vayamos más allá de la emancipación de las mujeres de la jerarquía de género y apostemos por construir una sociedad globalmente emancipada. En Fortunas del feminismo, Fraser se apoya en La gran transformación, un libro de Karl Polanyi publicado en un lejano 1944 que cuenta cómo el choque entre los partidarios del libre mercado (la derecha) y los de las protecciones sociales (la izquierda) condujo a un atasco político que devino en el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. La historia se repite. Fraser propone para el presente una tercera vía que evite el choque de trenes y permita avanzar: la llama “emancipación” y tiene por objetivo superar formas de sometimiento arraigadas en la sociedad.

Las batallas por la emancipación abolieron la esclavitud, liberaron a las mujeres y a los pueblos no europeos del sometimiento colonial. A día de hoy, la gran batalla emancipatoria es la que deshará la brecha laboral de género, el techo de cristal, el tácito y sexista pacto de cuidados, la explotación sexual de las mujeres... Es una batalla contra el patriarcado, pero sobre todo contra su mejor aliado, el neoliberalismo, que vive gracias a la opresión de las mujeres y que por ejemplo Luis Garicano, de Ciudadanos, tiene el descaro de plantear como una solución en El contrataque liberal.

El feminismo lleva tres siglos trabajando en esa dirección emancipatoria, contra ese liberalismo que es capitalismo puro. Ahora estamos aquí, en una encrucijada de fuerzas contrarias en tensión. Ya dijo la escritora afroamericana y feminista Alice Walker, autora de El color púrpura, que la forma más común de que la gente te entregue su poder es que crea que no lo tiene. Tenemos el poder: usémoslo. Que neomachismo no sea la palabra del 2019. ¡Mucho mejor neofeminismo!

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