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La degradación tolerada en Cataluña

El relato procesista resiste a pesar de la degradación nacionalista

Un hombre ondea una estelada frente a la cárcel de Soto del Real en Madrid.
Un hombre ondea una estelada frente a la cárcel de Soto del Real en Madrid. EL PAÍS

El clima degradado en Cataluña empeora en víspera de llevar el procés a juicio —la iniciativa diplomática sanchista no ha funcionado— con el discurso delirante de que “la única sentencia posible es la absolución” (sic).Como era previsible, se pretende aprovechar el contexto para recuperar la temperatura incendiaria. Y eso, va de suyo, augura tiempos difíciles. Lo sucedido días atrás en Torroella de Montgrí debería encender las alarmas, aunque una especialidad del nacionalismo sea mirar para otro lado ante las excrecencias de su laboratorio social. Allí, en esa localidad del bajo Ampurdán, una pequeña comitiva de Ciudadanos fue rodeada, vejada, insultada y hasta agredida. Los mossos se limitaban a impedir el linchamiento, nada más. De ver esas imágenes en Hungría o en Polonia con cualquier colectivo sólo se leería un término: fascismo. La izquierda puede mirar también para otro lado, como tiende a hacer con el nacionalismo, pero es la imagen perfecta de la vergüenza. Una estampa muy años treinta realmente sombría.

La deriva iliberal de la democracia en Cataluña es el resultado de la tolerancia con la ilegalidad y el secuestro del espacio público. El vídeo del acoso en Torroella delata un grado sobrecogedor de odio. Desde la señora mayor, con aire respetable, que hace cortes de manga babeando bilis hasta las chicas y chicos, no sólo cuperos montaraces, que vociferan insultos con gestos obscenos. Ahí alcanza el discurso institucional del ¡apreteu! Y todos, claro está, comparten una idea básica y terrible: los otros no merecen estar allí. Se trata de una convicción con genética inequívocamente totalitaria. Tras lo sucedido, un tuit del alcalde de ERC impide cualquier ambigüedad interpretativa: “Qué queréis que os diga, hoy más orgulloso que nunca de Torroella de Montgrí y de nuestra gente”. Cuando se está orgulloso de esto, ya se ha cruzado algo aún más irreparable que las líneas del civismo democrático.

El relato procesista, sin embargo, resiste a pesar de la degradación nacionalista. La inacción de Rajoy y después de Sánchez, combinada con su inversión de largo recorrido en propaganda, mantiene el espejismo del movimiento de liberación y los presos políticos en numerosos foros y medios. Nada raro en la desinformación internacional si aquí todavía La Vanguardia, más allá del titular desafortunado de Efe centrado en la denuncia de Ciudadanos y no en la agresión, añade en un subtítulo: “Sergio Atalaya, edil en Blanes habría recibido el impacto…” sin concederle siquiera el indicativo factual, sino el condicional hipotético. Muchos ciudadanos, como acreditan las radiografías de lectura, no van más allá del titular o el tuit. Y la cobertura retórica ha sido clave para blanquear la trayectoria del procés. Ahora Puigdemont apela abiertamente a Rusia, la mayor maquinaria de fakes y desinformatsia, mimetizando su discurso antieuropeo. El expresident sabe, una vez más, qué batalla puede ganar y cómo; y el juicio será un momento estelar.

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