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Modelo Carmena

Frente a la agresividad de la derecha y a la displicencia de los expertos, la izquierda debe representar la empatía

Manuela Carmena momentos antes de la presentación de la décima edición de Gastrofestival Madrid este lunes en el Mercado de Chamberí.
Manuela Carmena momentos antes de la presentación de la décima edición de Gastrofestival Madrid este lunes en el Mercado de Chamberí. EFE

La derecha se rearma ideológicamente y la izquierda no acaba de encontrarse a sí misma ante la complicada travesía que culminará en las decisivas elecciones de mayo, que nos darán las hechuras de un nuevo ciclo. La derecha está rabiosa. Acumula heridas en su alma. Está dolorida por haber perdido el poder. Pero está, sobre todo, irritada por la osadía de más de dos millones de ciudadanos que desafían la sagrada unidad de España y por las conquistas del feminismo, que ha conseguido alterar los esquemas de dominación del patriarcado. Por eso reacciona agresivamente en defensa de sus señas de identidad con un regreso a las esencias. Y busca movilizar a la gente magnificando problemas que apenas aparecen en las encuestas entre las principales preocupaciones ciudadanas, como la inmigración. O generando alarma en materia de seguridad. En tiempos de incertidumbre, la xenofobia y el miedo dan dividendos.

La izquierda no debe tener miedo a las batallas ideológicas, pero se equivocaría en seguir a la derecha en un debate político a cara de perro. La izquierda está a la búsqueda de su “pueblo”, de la configuración de unas bases más complejas y menos encuadrables que en el pasado. Y tiene que encontrar nuevos modos de hacer política. Frente a la agresividad de la derecha y a la displicencia de los expertos, la empatía. Lo que me atrevo a llamar el modelo Carmena: despojarse de los rígidos patrones de la política de partido, encontrar la naturalidad que hace que la gente te reconozca como uno de los suyos, operar con la independencia de criterio que genera confianza, y dar margen a la espontaneidad frente a los manuales de comunicación. Manuela Carmena transmite experiencia, forjada en el reconocimiento de los demás, y es así, también en tiempos digitales, como se consigue traspasar las fronteras partidarias y romper la idea de casta.

Íñigo Errejón ha dado un inesperado reconocimiento al modelo Carmena apuntándose a su proyecto. Y el desconcierto se ha apoderado de Podemos. Sería útil que sus dirigentes se preguntaran por qué sus mejores resultados en los ayuntamientos los obtuvieron donde se presentaron en alianza y con listas encabezadas por sus socios. Quizás ayudaría a salvar el trance.

Y no olvide, tampoco, Pedro Sánchez que si consiguió batir a los patrones de su partido, que le echaron por negarse a practicar el corporativismo bipartidista, fue porque supo entender que la gente estaba ya en otra parte. Y en esta dirección debe desplazarse la izquierda para defender lo que da vitalidad a la democracia: que los ciudadanos se sientan reconocidos. Los comicios de mayo son trascendentales. Los ayuntamientos pueden confirmar el valor de la empatía. Pero, sobre todo, servirán para saber si los electores quieren diálogo y entendimiento o si se apuntan a la restauración autoritaria que la convención del PP ha consagrado como renovación ideológica de la derecha.

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