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Tenemos que conocernos

Nos parece que nos acercamos a Portugal porque se ha convertido en un habitual destino turístico, pero aún nos falta corresponder al interés que ellos muestran por nuestra lengua y lo que nos ocurre

Enseres de refugiados portugueses procedentes de Angola y Mozambique, en la plaza de Belem de Lisboa, en noviembre de 1975.
Enseres de refugiados portugueses procedentes de Angola y Mozambique, en la plaza de Belem de Lisboa, en noviembre de 1975.

Volver a España tras un viaje a América hace tan solo dos décadas te llevaba a constatar cómo nuestro país había estado vivido ajeno y refractario al mundo exterior. Ya desde el aeropuerto se percibía la uniformidad física que nos convertía a todos en personajes de una misma familia, acostumbrados a una cultura autorreferencial, no expuestos a la mezcla. Si bien somos un país diverso en su cultura interior cuánto se echa de menos no haber sido moldeados por el impacto de lo desconocido. He leído estos días, con admiración y asombro, El retorno, de la escritora portuguesa Dulce María Cardoso. La novela fue publicada y recibida con entusiasmo en 2011 pero es ahora cuando, con mucho retraso, se publica en español; retraso injustificado, no solo por la maestría literaria de sus páginas sino porque lo que cuenta sucedió a unos pocos kilómetros de casa. Nos parece que nos acercamos a Portugal porque se ha convertido en un habitual destino turístico, pero aún nos falta corresponder con cortesía al interés que ellos muestran por nuestra lengua y lo que nos ocurre.

El retorno se enmarca dentro de la odisea de los que fueron nombrados con muy distintos apelativos: africanistas, colonos, ultramarinos, repatriados, desalojados, refugiados o fugitivos. Finalmente, el Gobierno de aquel país naciente de la revolución de los claveles optó por llamar retornados a los que, tras la declaración de independencia de las últimas colonias portuguesas en 1975, fueron obligados de un día para otro a abandonar sus casas en Angola, Mozambique o Guinea-Bisáu. Esta historia es sin duda conocida por los entonces jóvenes politizados que seguían con entusiasmo el devenir de aquella revolución que se saldó sin un muerto, pero no sé qué puede llegar hoy a los jóvenes de aquel transitadísimo puente aéreo que dejó en la metrópoli, como así era llamado Portugal, a cerca de 700.000 personas. Familias enteras que el Gobierno alojó en hoteles durante casi un año. Imaginar el impacto que sobre un país de poco más de siete millones de habitantes supuso la llegada de aquellos familiares de ultramar, con los que solo se habían relacionado carteándose en fechas señaladas, es difícil de entender. Puede que solo la ficción, valiéndose de su virtud de elegir una vida individual en el devenir colectivo, pueda mostrarnos cómo la historia en mayúsculas puede alterar nuestro destino. Aquí, en esta novela, seguimos los pasos de un muchacho, Rui, que junto a su madre y su hermana salen huyendo de Angola y son albergados en un hotel de lujo en Estoril. La novelista sabe de lo que escribe: ella misma vivió su infancia en el país africano y experimentó en carne propia lo que supuso para todos aquellos expatriados que venían de países abiertos en costumbres, donde la mujer podía moverse con libertad, la naturaleza era generosa y los colores adornaban la vestimenta de la gente, llegar a un pequeño país de inviernos húmedos y fríos, melancólico y, a pesar de la reciente revolución, muy conservador.

Eran observados por los portugueses con desconfianza, juzgados como colonos explotadores. No se comprendía tampoco su constante añoranza de África, una añoranza que hoy forma parte de la esencia del país; porque a pesar del trauma de unos y otros se puede afirmar que los retornados avivaron la cultura portuguesa, la renovaron. La literatura va narrando una experiencia que no debe perderse, porque si hablamos de movimientos migratorios tenemos que contemplar este capítulo fascinante que nos interpela ahora más que nunca. No quisiera que la novela de Cardoso pasara inadvertida. Tenemos que conocernos mejor.

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