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Atención a Egipto

La población egipcia ha tenido en la última década un crecimiento que ha superado con creces las estimaciones previstas por Naciones Unidas en el 2000

El presidente de Egipto, Abdelfatá al Sisi, durante la inauguración de la catedral de la Natividad, en El Cairo, el pasado 6 de enero.
El presidente de Egipto, Abdelfatá al Sisi, durante la inauguración de la catedral de la Natividad, en El Cairo, el pasado 6 de enero. AFP

Tradicionalmente Egipto ha sido un referente en el desarrollo del pensamiento político de Oriente Medio, desde el nacionalismo panárabe de Nasser, hasta el yihadismo de quien fuese líder de los Hermanos Musulmanes, Sayyid Qutb, cuyas ideas, junto con las del paquistaní Maududi, proporcionarán la base doctrinaria de Al Qaeda. Son precisamente estas dos ideologías, el islamismo y el nacionalismo secular, las que desde los años 50 libran una lucha existencial por definir la identidad del país que ha conducido al auge de los Hermanos Musulmanes y al atrincheramiento de regímenes militares. La situación actual, con una insurrección de grupos yihadistas al norte del Sinaí en la que se enmarcan los pasados atentados contra cristianos coptos y turistas así como la posterior muerte de cuarenta supuestos terroristas, ha adquirido una gravedad mayor por la convergencia con otros dos factores añadidos: una economía pendiente de reformas estructurales susceptibles de redefinir el contrato social subyacente y la bomba del crecimiento demográfico, calificada por el presidente Abdelfatá al Sisi como “un desafío tan crítico como el terrorismo”. 

La población egipcia ha tenido en la última década un crecimiento que ha superado con creces las estimaciones previstas por Naciones Unidas en el 2000. El pasado año alcanzó la cifra de 104 millones, convirtiendo a Egipto en el país más poblado de Oriente Medio. Entre las implicaciones de este incremento destaca la incorporación anual de 700.000 personas al mercado laboral que de no ser encauzadas podrían anular los esfuerzos invertidos en educación y alentar nuevas insurrecciones. No olvidemos que en Egipto, la juventud fue la fuerza instigadora de las manifestaciones de la plaza Tahrir que desembocaron en la revolución de 2011, al igual que lo fue en el resto de la primavera árabe y en la Revolución Verde de Irán dos años antes.

El régimen de Al Sisi, en respuesta a la coyuntura, se ha lanzado a una guerra sin cuartel para acabar de raíz con el espectro de formaciones islamistas que operan en el país —desde los Hermanos Musulmanes, designados como “grupo terrorista”, al Estado Islámico y grupos afines— y, de paso, con cualquier tipo de disidencia y oposición al Gobierno, recurriendo al uso de la represión en grado proporcional al potencial de la amenaza. Con esta regresión autoritaria, el presidente egipcio no solo está alienando a los grupos sociales que en su momento le dieron su apoyo para destituir al gobierno islamista de Mohamed Morsi, sino que está erosionando la consolidación de una sociedad civil independiente necesaria para afianzar la democracia y forjar una visión de futuro convincente para las nuevas generaciones. La estabilidad de Egipto, centro de gravedad económico y político de la región y, su capacidad de alcanzar una tercera vía que supere la dicotomía islamismo/nacionalismo, son cruciales en un contexto tan volátil y desgarrado por el sectarismo.

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