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La explosión del fútbol femenino

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Celia Jiménez, jugadora de la selección española absoluta, en un amistoso contra Polonia.

Hasta hace dos años era un deporte invisible. Las victorias internacionales y el interés del público lo han convertido en un incipiente negocio. Las jugadoras luchan por la igualdad y por mejores condiciones laborales en un partido que acaba de empezar

DOMINGO DE otoño, seis de la tarde. La grada se va llenando de familias, de niños con camisetas de fútbol, de gente que se trae el bocadillo y comparte bolsas de patatas. En uno de los extremos se ha colocado un grupo de hombres de mediana edad con un bombo y un megáfono. Se oyen cánticos: “El frente ya está aquí / Voy a morir por ti / Atleti de Madrid” o “Ángela Sosa, la, la, la” con la melodía de Can’t Take My Eyes Off You, popularizada por Gloria Gaynor. Los goles se celebran a lo grande, con música disco por los altavoces, aplausos, el público en pie. “Madre mía, si entra eso…”, comenta el de la fila de atrás sobre una jugada. “Pasa el balón como Dios…”, dice otro.

A este partido de Primera División, un derbi entre el Atlético de Madrid y el Madrid CFF, han acudido unas 800 personas, que solo han ocupado una de las tres gradas que hay en la Ciudad Deportiva Wanda, a las afueras de la capital. Hasta aquí ha venido Sofía, de siete años. En su colegio hay un equipo mixto y sigue la Liga por la tele. “Yo quería que viera como algo normal que las chicas juegan”, dice su padre. “Me gusta que haya referentes femeninos”. Los hay: “¡Lola Gallardo!”, “¡[Silvia] Meseguer!”, “¡Esther [González]!”, gritan revolucionadas varias crías de la cantera atlética a la pregunta de a quién admiran. Mateo, de nueve años y ataviado con todo tipo de símbolos de su equipo, no ve diferencia entre animar en un partido jugado por mujeres o por hombres. “Me da igual. El año pasado vine a uno de chicos y ahora a uno de chicas. En el colegio jugamos al fútbol juntos en el recreo”.

Cata Coll (centro), portera de la selección española sub-17, que acaba de ganar el Mundial de Uruguay.
Cata Coll (centro), portera de la selección española sub-17, que acaba de ganar el Mundial de Uruguay.

A la salida del partido, que ganaron las colchoneras por 6 goles a 1, Marta Gómez, de 32 años, señala el gran cambio que ha visto en los siete años que lleva viniendo a verlas correr, sudar, caerse y levantarse, protestar, sufrir y celebrar. “Antes jugaban allá, al fondo, en un campo con graditas al que no iba casi nadie”. Hoy este partido lo han visto 99.000 personas en televisión, en el canal Gol. Ha venido con su pareja, a la que contagió su emoción por el fútbol, y el bebé de ambas. Tiene grabada una imagen que resume la transformación: las jugadoras del Atleti recorriendo el centro de Madrid en un autobús propio para celebrar que son las campeonas de Liga. Fue en mayo. Detrás iba el equipo masculino, que acababa de proclamarse vencedor de la Liga Europea. “Fue un orgullo verlas ahí, como tiene que ser”.

El fútbol femenino se agranda a un ritmo asombroso. En los últimos 15 años —el periodo en el que hay registros, entre 2002 y 2017—, el número de jugadoras federadas en España se ha multiplicado por cuatro. Solo entre 2014 y 2017 ha crecido un 41%, aunque ellas todavía representan solo el 5,8% del total de todos los futbolistas que juegan en competiciones oficiales. El hecho de que los partidos se retransmitan por televisión (105 este año) ha detonado el fenómeno: 105.071 espectadores de media por partido esta temporada, un 37% más que la anterior, según datos de LaLiga. Y cuando juegan en estadios —­algo que se ha empezado a impulsar— reúnen a miles de personas, como ocurrió en el Wanda Metropolitano la temporada pasada con 22.202 asistentes en el Atlético de Madrid-Madrid CFF. Llevan años ahí, pero hasta hace dos apenas se les veía. Con el interés social en lo que hacen ellas, llegaron las marcas, el dinero y los cimientos para montar una industria alrededor. En ella ya hay un puñado de estrellas a las que admirar. Y las crías que hoy juegan en equipos de barrio las ven por la tele y se apuntan a escuelas de fútbol para parecerse a ellas.

En 15 años, el número de jugadoras federadas en España se ha multiplicado por cuatro

La historia del fútbol femenino en España se aceleró cuando las mujeres de La Roja se clasificaron por primera vez para un Mundial. Fue en 2015, en Canadá. El año que viene jugarán el de Francia. Acaban de proclamarse campeonas del mundo en Uruguay en la categoría sub-17 y en agosto fueron subcampeonas del mundo sub-20, también en Francia. Sin embargo, el partido crucial para las futbolistas, el que tiene que ver con la igualdad y con alcanzar unas condiciones profesionales mínimas para todas las de Primera División, no ha hecho más que empezar.

La abuela de Melanie Serrano, de 29 años, defensa del Barça, no le veía mucho sentido al fútbol. Se preguntaba aquello de qué le ven a 11 hombres corriendo detrás de una pelota. Hasta que su nieta dijo que quería jugar. Que le apasionaba el balón. Entonces ella y su hija empezaron a llevar a la niña a los entrenamientos. Cada día. Hace dos décadas, aquello era muy raro. “Era la única que jugaba con chicos. Me pasó lo típico: se reían de ti, te insultaban… sobre todo los padres. Se burlaban de un niño si yo le hacía un caño [pasarle el balón entre las piernas] o si le hacía una jugada buena. Padres diciendo: ‘¡Vete a fregar los platos!”, recuerda Serrano por teléfono. En cambio, sus compañeros, los niños, no le decían nada. A los 12 años se mudó con su madre a Blanes, cerca de Barcelona, y dos años después recibió una llamada que cambió su vida. “Estaba en el cole. Era un ojeador del Barça. Colgué y me volví loca: corrí, chillé, lloré, todo a la vez. ¡Que me ficha el Barça!”. Ahora es la jugadora que más años lleva en la plantilla de uno de los clubes más poderosos de los 16 de la Liga Iberdrola, como se llama la máxima competición del fútbol femenino.

El Barça, junto con otros como el Atlético de Madrid, ha señalado el camino de cómo es un equipo profesional de fútbol femenino. La mayoría de los grandes clubes europeos tienen uno, excepto el Real Madrid. El equipo de Serrano tiene dos fisioterapeutas, un médico a pie de campo, tres entrenadores y uno de porteras, dos preparadoras físicas, dos analistas de vídeo, un encargado del material para los viajes y un delegado de equipo. El Atlético, casi igual. Hace 10 años, recuerda Serrano, no tenían gimnasio, ni campo, ni vestuario propio. Hace tres aún se entrenaban por la noche porque muchas tenían que estudiar o trabajar, o las dos cosas, y después jugar. “Hasta 2015 estaba empleada en un colegio como monitora de extraescolares. Era difícil compatibilizarlo, así que me empezaron a pagar más para que el fútbol me diera para vivir”. En la actualidad, su jornada laboral empieza a las 8.30 con un desayuno de equipo, entrenamientos hasta mediodía y sesiones de gimnasio hasta la hora de la comida junto con el resto de las jugadoras.

Las jugadoras del club Escuelas de Fútbol Logroño, en plena sesión.
Las jugadoras del club Escuelas de Fútbol Logroño, en plena sesión.

Las condiciones que describe Serrano no son, ni mucho menos, las de la mayoría de las jugadoras de Primera División. La disparidad de sueldos que se puede encontrar va de los 300 euros mensuales a los 7.000 u 8.000 de algunas futbolistas de los principales equipos, así que es difícil hacerse una idea de cuál es la media. “Hasta la llegada de la Liga Iberdrola [hace dos años], muchas ni siquiera cotizábamos a la Seguridad Social”, cuenta Laura del Río, de 36 años, delantera del Madrid Club de Fútbol Femenino y miembro de la Asociación de Futbolistas Españoles, el sindicato en el que están representadas el 70% de las jugadoras. “Muchas compaginan su carrera futbolística con otros trabajos para llegar a fin de mes. El 80% estudia y el problema es que, cuando acaba tu ciclo deportivo, te presentas en un trabajo sin experiencia laboral”, explica Del Río, cuya misión es llevar la voz de las futbolistas a la mesa en la que se negocia un convenio que cubra, al menos, a las que están en esa élite. Quieren aprovechar la visibilidad que están ganando porque, como las marcas y las instituciones que de pronto se han fijado en el fútbol femenino, ellas también han visto que el momento es ahora. “Debe haber unos mínimos: que te hagan reconocimientos médicos, que puedas cobrar el salario mínimo interprofesional [de 735,90 euros al mes], que te paguen el 100% del sueldo en caso de lesión, medidas de conciliación y que te puedas plantear un embarazo, que el club se haga cargo de esos meses de recuperación tras la baja maternal”, enumera.

No hace mucho, el fútbol masculino era el fútbol. A secas. Un partido de Primera División de hombres retransmitido en televisión de pago tiene una audiencia de cientos de miles de espectadores. La industria que mueven ha generado este año a LaLiga 3.662 millones de euros. Mientras ellas pelean por unos derechos laborales básicos, ellos flotan en realidades de cinco y seis ceros. Cosas de los negocios. “No se puede comparar”, dice Pedro Malabia, director de fútbol femenino en LaLiga. “Las marcas hoy pagan más por el Barça de Messi que por el femenino. Son matemáticas”, dice este ejecutivo de 38 años, también director general de la entidad que funciona como patronal en la negociación con las futbolistas, la Asociación de Clubes de Fútbol Femenino.

Los sueldos en el fútbol femenino español van de los 300 a los 8.000 euros al mes

Malabia habla rápido, directo. De cómo traducir todos esos sueños, triunfos y pasión de las jugadoras al lenguaje de la industria. ¿Por qué se empezó a activar la maquinaria para tener una Liga profesional hace tres años? “Hay una tendencia mundial al reconocimiento del deporte femenino, por una evolución de la sociedad y porque los clubes y marcas empezaban a ver el valor de la mujer”, explica. Hace tres años, cuenta, había “una competición sin ningún tipo de visibilidad, sin estrategia audiovisual, sin patrocinadores, sin plan comercial”. Varios clubes les dijeron: “Oye, esto se está muriendo”. Aunque la encargada de gestionar la competición femenina es la Federación Española de Fútbol, en ese momento no les prestaba atención. Por eso, dice Malabia, entró LaLiga para impulsarlo, para “inyectar gasolina”. “Necesitábamos una ventana televisiva. Sin ella no existíamos. Y también un patrocinador”. Era Iberdrola. “Cuando lo conseguimos, esto no valía nada. Lo que ahora vemos cualquiera te lo va a comprar: audiencias, partidos bonitos, grandes estadios… Iberdrola vio la oportunidad. Les dijimos: ‘Mira, puedes ser recordado históricamente como la empresa que ha impulsado la Liga femenina’. Ellos están trabajando mucho el tema de la igualdad…”. En la negociación final estuvieron Javier Tebas [presidente de LaLiga, su jefe] y el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán. Tebas le dijo: “No sé lo que vas a invertir, no me lo digas. Pero lo mismo que inviertas tú, invierto yo”. La compañía eléctrica comprometió dos millones de euros, y LaLiga, otro tanto. “Con eso cerrado —no el contrato con Iberdrola, sino el acuerdo—, fuimos a la Federación y dijimos: ‘Aquí está Iberdrola, que quiere patrocinar, y ­LaLiga va a poner lo mismo’. Claro, la Federación abrió los brazos y dijo: ‘¡Fantástico! Gracias, lo hacemos’. Firmó el contrato la Federación. No queríamos ponernos la medalla, sino que esto entrara”, dice mientras chasquea los dedos. Iberdrola matiza que se dirigió a la Federación en primer lugar porque “es la propietaria de la competición”.

Con esa gasolina de cuatro millones de euros por temporada arrancó la Liga Iberdrola en 2016 y creó un horizonte profesional en Primera División, un lugar al que llegar que empezó a transformarlo todo. La eléctrica había visto en el deporte femenino un valor con el que comprometerse en 2015, tras haber patrocinado a La Roja masculina. “Creemos que el impulso del fútbol femenino crea más igualdad y empoderamiento a la mujer”, explica por escrito Juan Luis Aguirrezabal, responsable de patrocinios de Iberdrola.

El sueño de los 112 equipos que compiten en Segunda es llegar a la Liga Iberdrola. Pero cuando se cumple, supone un desafío brutal. “En junio, cuando volvíamos a Logroño después de ganarle al Tacón [club de Madrid] y subir a Primera, le decía al otro responsable del club: ‘¿Dónde nos hemos metido?”, cuenta Iván Antoñanzas, de 42 años, presidente del Club Deportivo Escuelas de Fútbol Logroño. Se habían metido en una competición en la que la profesionalización se juega a varias velocidades. Una historia con ricos y pobres. Con ricos porque ahí está el Barça, por ejemplo, que tiene un presupuesto para sus equipos femeninos de tres millones de euros y toda la estructura del masculino. Y con pobres, o con nuevos ricos, según se mire, porque el Logroño ha pasado de manejar un presupuesto de 75.000 euros a otro de 550.000. En tres meses. De pronto, debían tener un gerente, un responsable de finanzas, otro de redes sociales y comunicación y un comercial. Había que pagar sueldos a las jugadoras y su Seguridad Social. Aunque LaLiga les asesora, Antoñanzas ha tenido que lidiar con la burocracia de los fichajes extranjeros. Él dice que el año que viene se reequilibrarán los sueldos, pero hoy solo las nueve incorporaciones cobran lo suficiente para vivir de esto. El resto, la mayoría estudiantes, tiene sueldos bajos: las que menos, unos 4.500 euros por temporada.

“Hoy las chicas sueñan con ir a un Mundial.Saben que es posible, real” (Vero Boquete)

“Me gustaría dedicarme solo al fútbol. Ojalá tuviera esa oportunidad”, dice una de las jugadoras del Logroño, Lorena Valderas, de 24 años. Ahora su equipo se entrena en un campo de hierba en vez de compartir uno con niños. Cuando viajan, duermen la noche anterior en la ciudad de destino. La ropa ya no se la tienen que lavar ellas. Su vida como jugadora cambió con el ascenso —“Echo más horas, hay más viajes, más responsabilidad”—, pero el resto, no tanto: aunque cobra un sueldo, comparte piso con otras dos futbolistas y sigue en una tienda de deportes para llegar a fin de mes. “Cuando ascendimos fue increíble. La grada llena, una charanga, toda la familia…”, cuenta emocionada. El año anterior también habían llegado a las eliminatorias y perdieron en el último momento, así que había nervios. Vencieron, y Valderas recuerda que no paraba de llorar. En el salón de casa tienen una tabla de turnos de limpieza. En su cuarto hay decenas de pares de zapatillas de colores. Se ríe, junto a la delantera del equipo, Judith, de 19 años, al pensar que se han convertido en celebridades locales. Salen en la tele. “Hubo una firma de balones en septiembre y venían niños a pedirnos autógrafos. Era muy raro”, dice Judith. “Te daba la risa. Yo haciendo esto”, dice Valderas, que recuerda que, de niña, su madre le decía: “¿Cómo vas a jugar al fútbol si son todo chicos?”. “Pero yo lo tenía claro. Marimacho era lo más común que te llamaban, pero a mí no me preocupaba”.

Marta Carro, jugadora de la Selección, se hace una foto con las seguidoras.
Marta Carro, jugadora de la Selección, se hace una foto con las seguidoras.

En el vestuario de la Unión Deportiva Collerense, cada jugadora tiene su foto encima de una percha. Sobre los bancos metálicos, un revoltijo de mochilas, zapatillas y botes de champú. Se oye música, risas. Sudor, vapor de agua. Es casi de noche y en este club de barrio de Palma de Mallorca, sobre el que pasan aviones sin cesar, acaba de terminar el entrenamiento del primer equipo femenino, de Segunda División. Su historia es la inversa a la del Logroño. Descendieron de Primera, después de siete años, una temporada antes de que empezase a entrar el dinero. Desde entonces tratan de llegar a esa Liga en la que viajar no significa despertarse a las 4.30, volar, jugar y regresar a toda prisa. En la que se recibe un sueldo, aunque sea bajo, y la atención de la prensa. O a la futura Primera División B, que está previsto que se cree el año próximo. En Segunda también hay enormes diferencias: entre el Collerense, que tiene un presupuesto de 30.000 euros, y el Tacón, por ejemplo, uno de los más destacados, que ronda los 120.000. “El haber tenido que luchar por todo te hace más grande”, dice Pili Espadas, de 38 años. Aparte de su trabajo en un hospital, es jugadora, entrenadora, vicepresidenta del Collerense y encargada de colocar la ropa cada viernes para los equipos, que saca de las dos lavadoras y dos secadoras que tienen en las algo destartaladas instalaciones donde juegan. Sorteando goteras, porque este fin de semana llueve con fuerza en Palma, mira por la ventana cómo un grupo de críos ayuda a achicar agua. “Las niñas ven que hay más igualdad, más equipos mixtos desde la base”, dice. Además, aquí hay tres exclusivamente femeninos.

Por este club han pasado jugadoras que hoy están en los grandes equipos, en el Barça o el Levante. Es como un pequeño escaparate en Baleares, también para los ojeadores de la selección española. Aquí juega Cata Coll, de 17 años, la portera que en agosto fue subcampeona del mundo sub-20 y ahora acaba de convertirse en campeona del mundo en Uruguay con la sub-17. Poco antes de viajar, está sentada en las gradas con sus dos rotos en las medias y su camiseta roja de algodón donde se lee el nombre de una carnicería, uno de los principales patrocinadores de su esforzado club. “La primera vez que me llamaron para la selección estaba en una nube, no me lo creía”, cuenta. Empezó con cuatro años. Con los niños de su pueblo mallorquín, Marratxí, en la calle. Era la única: “No tenía amigas, tenía amigos. Las niñas de mi edad querían jugar con muñecas y yo prefería el balón. Ahora es distinto, aquellas niñas son ahora mis amigas”, dice. “De pequeña yo no sabía lo que era el fútbol femenino. Mi ídolo era el portero Dudu Aouate: tenía camisetas suyas y dormía con ellas, me entrenaba con ellas…”. Ahora admira a la portera del Barça Sandra Paños, y ella misma entrena a los pequeños. “Hay niños y niñas que se han apuntado solo porque yo estoy aquí. Cuando viene uno y me dice que me vio contra Japón me enternece. Yo era así hace muy poco”. Ella también ha tenido que escuchar comentarios machistas desde las gradas, aunque cree que eso está cambiando. “Ocurre sobre todo cuando juegas contra niños. ‘¡Chuta, que [solo] es una niña!’. Y yo pensaba: ‘Sí, una niña, pero se la paro’. Son cosas que duelen, porque al final hacemos lo mismo”.

Entrenamiento del club Escuelas de Fútbol Logroño.
Entrenamiento del club Escuelas de Fútbol Logroño.

Hace dos semanas se entregó por primera vez un Balón de Oro a una jugadora, la noruega del Lyon Ada Hegerberg. En el escenario, la futbolista pronunció un emotivo discurso, pero lo que se convirtió en viral fue la propuesta machista que le hizo a continuación el DJ que amenizaba la entrega de premios: “¿Puedes perrear?”. A ella le cambió la cara e, incómoda, contestó con un seco “no”. Las redes sociales ardieron y el DJ se disculpó.

La lucha por la igualdad ha llegado a los campos de fútbol, aunque queda mucho por hacer. En España, el discurso oficial de las entidades que gobiernan este deporte ha ido virando conforme percibía cambios en la sociedad, y en poco tiempo se ha ido llenando de reconocimientos y homenajes a las deportistas. El de unos antes que el de otros. “Venimos de una Federación que no creía en el fútbol femenino”, admite Rafael del Amo, de 58 años, actual responsable de fútbol femenino en esa entidad. “¿Que [diga yo] esto puede doler a alguno? Puede doler. Pero es la realidad”. Del Amo llegó al cargo en 2017. Se encontró con batallas como esta: “Me reuní con las jugadoras de la selección española, que iban a viajar. Cuando me dijeron que cobraban dietas de 40 euros por día pensé que me estaban tomando el pelo”. Pero no. “Luché [para elevarlo], pero conseguí solo 120 euros. Me cogí un cabreo que pensé en dejarlo”.

La Liga Iberdrola arrancó en 2016. LaLiga y la eléctrica aportaron cada una dos millones

En mayo llegó una nueva dirección a la Federación que se ha dado prisa en mostrar otra actitud hacia el fútbol femenino. En junio emitió una nota de prensa titulada así: “La Federación hace historia con mujeres en su dirección y compromiso real de potenciar el deporte femenino”. Son dos vocales y una vicepresidenta de un total de 18 puestos. Se ha creado desde cero un departamento con recursos propios. Se ha aprobado un plan de igualdad y un protocolo antiacoso, se han firmado declaraciones internacionales, se trabaja en medidas de conciliación. Respecto a las dietas por ir con la selección, Del Amo asegura, sin aportar datos, que ya se han igualado en las categorías inferiores y que se están revisando las cifras de la absoluta. La Federación acaba de incorporar a mujeres a su dirección y lo califica de paso “histórico” con razón, porque, salvo excepciones, en el fútbol mascu­lino mandan hombres y en el femenino también. Esta afirmación irrita al director de fútbol femenino de LaLiga —“Me molestaría que yo que llevo 20 años defendiendo a la mujer en el deporte, por el hecho de ser hombre, no se me deje estar. Faltan mujeres en el fútbol. Estamos en un mundo en el que les cuesta mucho llegar a los puestos de dirección”— y al de la Federación: “¿Puede tener alguna mujer más ilusión que yo por el fútbol femenino? ¿Puede llevar más años que yo, que llevo 20? Creo en la igualdad. ¿Por qué no el presidente de la Federación debe ser una mujer? ¿Por qué no los entrenadores de Primera División de chicos deben ser mujeres?”.

La realidad es que las únicas entrenadoras que hay están en la Liga Iberdrola. Dos en concreto: una en el Rayo Vallecano y la otra en el Betis. Presidentas de club y directivas hay un puñado en el fútbol en general. Verónica Boquete, de 31 años y una de las más destacadas jugadoras españolas, cree que todo esto “es un reflejo de la sociedad”, afirma desde Pekín, donde juega ahora. “Incluso es más marcado en el fútbol porque hasta ahora ha sido el coto privado de los hombres. Aspiramos a que, si hay una mujer más preparada que un hombre, lo logre ella. Hasta ahora daba igual que estuvieses preparada o no, era prácticamente imposible que te diesen la oportunidad”. Boquete tuvo que irse de España para conocer qué es una Liga profesional y estuvo en las grandes: en Estados Unidos y Alemania. Su historia resume la evolución del fútbol femenino. Hasta los 15 años fue la única de su equipo. Se entrenaba con niños entre semana, pero una norma federativa le impedía competir en los partidos. “Eso es muy difícil de entender a esa edad, no tuve esa experiencia de vestuario, siempre te sientes distinta. Entonces no sabía que se podía ser profesional, que había una selección española”, cuenta. Hoy el estadio de su ciudad, Santiago de Compostela, se llama Verónica Boquete. “Si ahora las chicas sueñan con estar en Primera o con ir a un Mundial es porque saben que es posible. Que es real”.