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Amal Fathy, la egipcia encarcelada por denunciar el acoso sexual

Egipto aprobó en 2014 su primera normativa que tipifica como delito el acoso sexual, pero su aplicación dista de ser ejemplar, convirtiéndola en papel mojado

La activista egipcia Amal Fathy.
La activista egipcia Amal Fathy.

Después de muchos años de movilizaciones y campañas de sensibilización, Egipto aprobó en 2014 su primera normativa que tipifica como delito el acoso sexual, una auténtica lacra que ha llevado a El Cairo a ser considerada la gran ciudad del mundo más “peligrosa” para las mujeres en un estudio comparativo de la Fundación Thomson Reuters. Tres años más tarde, el Parlamento enmendó la ley para endurecerla, por ejemplo, doblando de seis meses a un año el periodo de cárcel previsto por acoso verbal. No obstante, su aplicación dista de ser ejemplar, convirtiéndola en papel mojado. Por denunciar esta situación en un vídeo colgado en su página de Facebook, la egipcia Amal Fathy se halla en la cárcel desde el pasado 11 de mayo, una injusticia que ha suscitado una ola de apoyo internacional.

“Vinieron a casa sobre las 2:30 de la madrugada un grupo de policías, algunos miembros de la Seguridad Nacional con la cara tapada ... Les pedí que me mostraran la orden de arresto, pero no lo hicieron”, explica el marido de Fathy, Mohamed Lotfy, co-fundador de la ONG Comisión Egipcia por los Derechos y las Libertades. Fathy, exmodelo y víctima de varios casos de acoso sexual, había denunciado a menudo en las redes sociales las violaciones de derechos humanos en Egipto, sistemáticas y muy graves desde el golpe de Estado de 2013.

Retrato del matrimonio formado por los activistas de derechos humanos egipcios Amal y Mohamed Fathy.
Retrato del matrimonio formado por los activistas de derechos humanos egipcios Amal y Mohamed Fathy.

A finales de septiembre, un tribunal de El Cairo la condenó a dos años de cárcel por los cargos de “difundir informaciones falsas” y “minar la seguridad nacional”. La sentencia ofrecía la posibilidad de evitar la cárcel con el pago de 20.000 libras egipcias (unos 1.000 euros). Sin embargo, posteriormente, Fathy fue incluida en un proceso judicial junto a varios intelectuales y activistas en el que se la acusa de varios cargos relacionados con actividades terroristas, incluido la pertenencia a banda armada. “Es ridículo. No han aportado ninguna prueba, y ni tan siquiera sabemos a qué organización se refieren. De hecho, ella no tiene ninguna relación con el resto de acusados”, espeta Lotfy en una conversación telefónica.

Amnistía Internacional se ha interesado por su caso y ha lanzado una campaña internacional para exigir su liberación. “Amal Fathy se enfrenta a una sentencia vergonzosa simplemente por su coraje al denunciar el acoso sexual. Es un caso indignante de injusticia, en el que la víctima es condenada mientras que el agresor permanece libre”, sostiene Najia Bounaim, responsable de las campañas de la ONG para el Norte de África. “Todas las personas saben que hay violencia sexual en Egipto y en todo el mundo. Pero en mi país, los abusos son ahora tan habituales que ni siquiera se denuncian. Quienes se niegan a aceptarlos son excepción ... [Amal] Decidió pronunciarse y contar su historia ... Y ahora la están castigando por ello”, remacha Lotfy, de 37 años.

Cada semana Lotfy va a la cárcel para visitar a su esposa con su hijo de tres años. “Ella padece depresión crónica y ataques de pánico que le han provocado otros problemas físicos, como la pérdida de sensibilidad en una pierna ... Y no está recibiendo el trato médico adecuado”, denuncia el activista. Aunque, el día del arresto, un agente le dijo que su mujer “había hecho enfadar a gente de muy arriba”, Lotfy sospecha que la verdadera intención del régimen podría ser forzarlo a abandonar su labor como defensor de los derechos humanos: “En los interrogatorios le han hecho muchas preguntas sobre mi trabajo y mis contactos ... Incluso le dijeron que la soltarían si declaraba que yo le había inducido a hacer el vídeo”.

Tras haber ilegalizado a los partidos de la oposición, encarcelado a activistas políticos y cerrado varios canales de televisión, las organizaciones de derechos humanos constituyen una de las pocas voces disidentes en el Egipto de al Sisi, y por eso, están en el punto de mira del régimen. Curiosamente, al mismo tiempo que el régimen reprime a voces feministas como Amal Fathy, se presenta en Occidente como adalid de los derechos de la mujer para recabar el apoyo de sus Gobiernos. Sin ir más lejos, la esposa del mariscal Al Sisi, aseguraba la semana pasada que el estado egipcio hacía unos enormes esfuerzos para “empoderar” a las mujeres egipcias. Pero el caso de Amal Fathy muestra todo lo contrario.

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