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Ser niño en...

Menores de edad de diversos países cuentan en primera persona cómo les afecta vivir en pleno conflicto

Unos gemelos desnutridos de 17 meses son llevados al centro de salud de Ditekemena, en República Democrática del Congo, por sus abuelos. Estuvieron cinco meses ocultos entre el matorral, después de que las milicias atacasen su aldea. Los padres fueron asesinados y los bebés sufrieron varias cuchilladas.
Unos gemelos desnutridos de 17 meses son llevados al centro de salud de Ditekemena, en República Democrática del Congo, por sus abuelos. Estuvieron cinco meses ocultos entre el matorral, después de que las milicias atacasen su aldea. Los padres fueron asesinados y los bebés sufrieron varias cuchilladas. MSF

Makila y Diomercy son de República Democrática del Congo. Rasha, de Afganistán. Zamir, de Afganistán. Bidoor, de Siria. Y Rachida, de Myanmar. Los separan miles de kilómetros, pero tienen algo en común: son supervivientes de los diversos conflictos que azotan sus países de origen. Algunos desde campos de refugiados, otros desde hospitales donde reciben tratamiento, otros desde su propia casa o incluso desde las calles que han convertido en hogar a la fuerza... Todos ellos han aportado sus testimonios en primera persona para explicar las circunstancias que están atravesando y dar ejemplo de por qué el impacto de las guerras no debe medirse con números y porcentajes sino escuchando historias como las suyas. Cooperantes de Médicos Sin Fronteras de todo el mundo han recogido el testigo.

Ser niño en República Democrática del Congo

Makila, siete años

Makila, de siete años, de pie delante del hospital de Tshikapa, en la región congoleña de Kasai, asolada por la guerra, el hambre y la inseguridad. Le dispararon dos veces, en el brazo izquierdo y en el pie, en Bela Matala, cuando estaba en el campo con su hermana mayor. Los hirieron a los dos. La madre de Makila, Mado Munda (en segundo plano), caminó todo el día con los dos niños para llegar al hospital de Tshikapa, donde MSF practica operaciones quirúrgicas gratuitas en casos de emergencia como este. Por desgracia, no le pudieron salvar el brazo izquierdo; los daños eran demasiado graves y hubo que amputárselo.

Makila, de siete años, de pie delante del hospital de Tshikapa.
Makila, de siete años, de pie delante del hospital de Tshikapa. MSF

“Me da mucha lástima verlo así, y me preocupa su futuro. Ahora nos quedaremos en Tshikapa, porque tenemos demasiado miedo de volver a casa”, explica Mado Munda.

Diomercy, 18 años

Diomercy, de 18 años. ampliar foto
Diomercy, de 18 años. MSF

Diomercy es un muchacho de 18 años que lleva más de ocho viviendo en las calles de Goma. En 2002, la erupción del volcán Nyiragongo en esta ciudad causó un desplazamiento masivo de población, dejando a muchas familias sin vivienda. Tras la erupción, miles de habitantes se quedaron sin alimentos, atención sanitaria o ayudas para reconstruir sus casas. Como consecuencia de ello, Diomercy fue abandonado y tuvo que labrarse solo su futuro. “Me siento realmente señalado cuando me llaman maibobo (niño callejero) porque yo no quería acabar en la calle. En mi vida, me gustaría caminar por ellas y que me apreciasen y respetasen”.

Erik, 16 años

Erik, de 16 años. ampliar foto
Erik, de 16 años. MSF

Erik, de 16 años, vive en las calles de Goma desde hace seis. “Me obligaron a llevar un Kalashnikov a los 10 años. Tenía a mi cargo a mi hermana pequeña. Cuando llegué aquí a Goma, el conflicto aún no había terminado. Yo tenía solo 13 años y durante un tiempo viví con mi abuela, pero ella no tenía medios para mantenerme. Ahora me busco la vida en la calle, aunque me gustaría seguir estudiando y ayudar a mis hermanos. MSF me ayudó porque estaba muy enfermo. Mis amigos me hablaron del servicio de MSF y tuve suerte. Sin embargo, sigo pensando en mi futuro”. Cuando Erik fue remitido al hospital tenía una herida gravemente infectada y se le diagnosticó septicemia.

Francine, 16 años

Francine (nombre ficticio) tiene 16 años. Mataron a sus padres durante la guerra en Kigali (Ruanda) y ella se encontró sola en las calles. “Vivía en el barrio de Birere, y allí conocí a un grupo de chicas que me ayudaron al principio, porque no tenía dónde ir, así que dormía en su casa. Pensé que la única forma de sobrevivir y ganar algo de dinero era prostituirme en las calles. No quería hacerlo. Empecé a ir a restaurantes de la ciudad. Allí encontraba algo de dinero o comida, y me lavaba en el lago. Por la noche dormía en coches. Siempre pensaba en mi familia y por la noche lloraba porque no me gustaba mi vida. Una noche, un chico me violó y me contagió el VIH. Un amigo me habló de MSF. Hoy tengo un sitio para dormir y tratamiento gracias a ellos. Si no lo tuviera, no sé qué habría pasado. ¿Para mi futuro? Me gustaría seguir estudiando. Estoy bien de salud porque sigo el tratamiento”.

Francine (nombre ficticio), de 16 años.
Francine (nombre ficticio), de 16 años. MSF

Ser niño en... Eritrea

Ephraim, 17 años

Ephraim, de 17 años, y su madre Afu, de 49, son de Eritrea. Están incluidos en el programa de salud mental para los refugiados establecido por MSF en la región de Tigray. “Salí de Eritrea en 2015, hace tres años porque las condiciones de vida eran muy difíciles. Teníamos una tienda, pero no sacábamos dinero suficiente para la comida y el alquiler. Yo estudiaba noveno y sabía que pronto tendría que hacer el servicio militar. En Eritrea todo el mundo hace el servicio militar como parte de su educación. Solo te dan el pasaporte si lo terminas el servicio militar, pero nunca sabes cuándo será. Para algunos nunca acaba, y mientras estás en el Ejército no te pagan. Yo tenía claro que no tenía futuro y decidí irme.

Me fui a Sudán con la ayuda de traficantes para intentar llegar a Libia. El viaje por el desierto duraba 13 días. Viajábamos en camiones, cada uno de ellos con unos 120 pasajeros. Todos teníamos mucha hambre y sed. Enseguida me debilité mucho. Al cabo de siete días, nos detuvimos para esperar suministros, pero entonces llegó la policía sudanesa y nos llevaron a una cárcel cercana (Dungula). Nos tuvieron allí dos o tres semanas, y después yo acabé con otros chicos en una prisión de Jartum, donde tres semanas después recibimos la visita de representantes de la embajada eritrea. Prometieron conseguir que nos liberasen. Pero era mentira, al cabo de otras tres semanas regresaron y nos devolvieron a Eritrea, a otra cárcel.

Ephraim, 17 años. ampliar foto
Ephraim, 17 años. MSF

Me tuvieron en la prisión militar de Hashfarai un mes y tres semanas. Ahí empecé a enfermar. Dejé de comer, me aislé, dejé de hablar y no hacía nada. Entonces fue cuando llamaron a mi madre y le dijeron que me liberarían si ella garantizaba que no volvería a salir del país. Si yo me iba, ella tendría que pagar al Estado 50.000 nakfas (en la actualidad, más de 2.800 euros). Tras dos semanas con mi madre, intenté cruzar a Etiopía. Los soldados me atraparon en la frontera, me dieron una paliza enorme y me devolvieron a la cárcel, donde las heridas de la paliza empeoraban, pero no recibí ayuda médica hasta que las cosas se pusieron muy mal. Entonces me mandaron al hospital. Me atendieron y me devolvieron a la cárcel.

Transcurrió otro mes hasta que me liberaron. Mi padre, que está en el Ejército, junto con el sacerdote y los líderes comunitarios de nuestra zona, había rogado que me liberasen. Mi familia pagó los 50.000 nakfas y me enviaron a casa. Tuvieron que prometer volver a pagar si yo volvía a intentar huir del país. Todos los meses tenía que ir a la base militar y firmar para confirmar que seguía en Eritrea. Lo hice durante tres meses, pero después intenté escapar de nuevo con tres amigos míos que también querían salir del país. Conseguimos llegar a Etiopía a las tres de la mañana del 19 de noviembre de 2016. Los soldados que patrullaban la frontera dispararon contra nosotros, pero fallaron. Al llegar a Etiopía me quedé en el centro de recepción de Endabuguna durante tres semanas, y después me enviaron al campamento de Hitsats. A mis amigos los enviaron a otros campamentos. Mi madre decidió irse también de Eritrea. Cinco meses después, nos reunimos en Hitsats.

He seguido teniendo pesadillas hasta hace poco. No podía dormir y estaba irritado todo el tiempo. Mi madre llegó con tres de mis hermanos y mis tres sobrinos, una niña y dos niños. Son los hijos de mi hermana. Ahora ella está en Alemania y ha pedido la reagrupacióin familiar, para que puedan irse con ella. Me alegró estar con todos ellos, pero mis pesadillas y mi rabia no desaparecieron. Entonces, un día, mi madre me llevó al centro de salud de MSF, donde empezó a verme un terapeuta. Ahora voy mucho mejor. Ya no estoy furioso y no tengo pesadillas. Ya no veo gente disparándome. Mi nivel de estrés también ha bajado. En el campamento no hay mucho que hacer. Realmente me gustaría volver a estudiar y labrarme un futuro. En Eritrea no había futuro, y en este campamento es más o menos lo mismo. Espero que podamos irnos a un lugar en el que tenga libertad para decidir qué hacer con mi vida”.

Chancelle, de 12 años. ampliar foto
Chancelle, de 12 años. Ouf of Focus

Ser niño en... República Centroafricana

Chancelle, 12 años

Chancelle, de 12 años, está en quinto, y vive en un campamento para desplazados internos, en Bambari. Estaba con sus abuelos cuando la milicia Seleka atacó la aldea. “Mataron a familias enteras, y por eso nos ocultamos en los matorrales con otros 20 vecinos. Dormíamos en colchones hechos de hojas y comíamos lo que encontrábamos”. Tiempo después logró reunirse con su madre en el campo de refugiados. Más adelante, a Chancelle le gustaría ser enfermera.

Ser niño en... Yemen

Aya Omar, 10 años

Aya Omar, de 10 años, perdió la pierna cuando un grupo armado arrojó una bomba en la casa familiar. Ella dormía junto a sus cuatro hermanos y hermanas cuando ocurrió, pero fue la única herida. La llevaron directamente al hospital de MSF en Aden, donde fue amputada.

Aya Omar, de 10 años ampliar foto
Aya Omar, de 10 años MSF

Tres meses después, sigue visitando el departamento de fisioterapia del hospital para fortalecer los músculos, como fase previa a la obtención de la prótesis. “Siempre me ilusiono cuando mi madre me dice que vamos a la sesión de fisioterapia. Estoy más fuerte que después de la operación. Voy sola a la tienda y juego delante de la casa”, dice Aya. La niña sueña con ser médica y quiere ayudar a mejorar a las personas heridas en Yemen, porque le gusta ver a las personas sanar y ser capaces de seguir con su vida.

Ser niño en... Irak

Rasha, 11 años

Rasha, de 11 años, sentada delante de su tienda en un campamento para desplazados en el norte de Irak. ampliar foto
Rasha, de 11 años, sentada delante de su tienda en un campamento para desplazados en el norte de Irak. MSF

Rasha, de 11 años, vivía en Mosul, pero huyó de la ciudad con la familia cuando mataron a su tío y los enfrentamientos entre el Estado Islámico (EI) y el Ejército iraquí se intensificaron. En el campamento, la niña experimentaba un miedo constante debido a los sucesos traumáticos que había presenciado. Cuando estaba el EI (Ejército Islámico), en nuestra casa y en la del vecino entraron balas y metralla. Mi madre temió por nosotros, así que nos fuimos a casa de mi tío (Alí). Pasamos la noche con ellos”, recuerda Rasha. “Al día siguiente, queríamos irnos a otra casa. Cuando salimos por la puerta delantera, un francotirador empezó a dispararnos. Nos escondimos en la cocina. Entonces mi padre gritó “Alí, Alí, Alí”. No respondió. Mi padre salió y vio a mi tío muerto cerca del coche. Me quedé angustiada y traumatizada”.

Rasha ha recibido ayuda de Raz y otros psicólogos de MSF para manejar y superar su miedo. Esta ONG trabaja en Irak desde 1991 y proporciona atención primaria y especializada, incluyendo la salud mental. “Mi vida en el campamento es buena y ahora estoy mejor”, dice. Me han curado del miedo que sentía por lo que había visto con el EI. Ahora soy como antes. Como era antes de que llegase el EI”.

Awad, 12 años

Awad, de 12 años, fotografiado en la instalación general de atención postoperatoria de Mosul oriental, antes de operarse. ampliar foto
Awad, de 12 años, fotografiado en la instalación general de atención postoperatoria de Mosul oriental, antes de operarse. MSF

Awad, de 12 años, fue herido por un explosivo que quedó de la guerra, cuando jugaba junto a su casa, en Mosul. En el accidente perdió parte de las dos piernas. Ha acudido al hospital para someterse a una nueva operación que le permita llevar prótesis y volver a ponerse de pie. “Estoy deseando poder andar. Soy el único de la familia que todavía no va al colegio, porque el edificio no es accesible. Quiero estudiar medicina y tratar a personas como yo”, dice.

Anas, 12 años

Anás, de 12 años, en su cama del hospital de Mosul. ampliar foto
Anás, de 12 años, en su cama del hospital de Mosul. MSF

Anas, de 12 años, recibe en la actualidad tratamiento en el área de atención postoperatoria de MSF de Mosul oriental, al norte de Irak, porque se le han infectado las escaras que se le forman por no poder moverse. Durante el conflicto entre el Estado Islámico (EI) y las fuerzas iraquíes, una metralla le alcanzó la espina dorsal y ya no puede andar.

“Estábamos sentados fuera, y una granada de mortero salida de la nada cayó en medio de la calle”, explica. “Había muertos y heridos. Yo caí detrás de algo así como una mesa. Me arrastré por la calle hasta que llegó la ambulancia”, relata. “Después de que me hiriesen, me sentía verdaderamente frustrado y aburrido, en especial al principio, cuando veía jugar a mis amigos. Pero después aprendí a no sentirme así”.

Ser niño en... Myanmar

Abdul Sala, 16 años

Abdul Sala es un rohinya de Myanmar de 15 años, refugiado en un campamento del sureste de Bangladés. Consiguió huir cuando su aldea fue atacada por las fuerzas de seguridad de Myanmar, el 25 de agosto de 2018.

Rachida, ocho años

MSF

Rachida, de ocho años, es la hija pequeña de Sara y Abu Ahmad. Huyó a Bangladés con su hermana Shafika, de 16 años, y su hermano Roman, de 12. Está contenta de haber encontrado por fin a sus padres y a su hermana Rukia, pero expresa incertidumbre acerca del futuro de todos.

Ser niño en... la ruta migratoria del Mediterráneo

Madi, 15 años

Madi muestra el teléfono de su padre escrito en el dorso de su mano. ampliar foto
Madi muestra el teléfono de su padre escrito en el dorso de su mano. MSF

Madi, un chico maliense de 15 años que viaja solo, se sinceró con la comadrona de MSF después de que le robasen la bolsa. “En Mali iba a la escuela primaria y trabajaba en una granja. Pagué para llegar a Libia y salí del país en un camión grande con otras 61 personas. Primero fui de Mali a Argelia y después a Libia. En ese país estuve en la cárcel y me pegaban a menudo en las plantas de los pies y en todo el cuerpo. La comida era mala y el trato malísimo, era como una cárcel enorme, con tejado de metal y sin ventanas. Solo una puerta y la poca luz solar que lograba entrar por los laterales del tejado. Los bandidos dirigían la prisión, —que no sé cómo se llama porque no había carteles—, con pistolas pequeñas y rifles grandes. Vi cadáveres. Morían de hambre o de enfermedad. El primer día del Ramadán me metieron en esa cárcel y allí me apuntaron con un arma para que les diese dinero. Les pagué para poder escapar.

Mi padre está en Francia, lleva allí ocho años. Tengo su número de teléfono escrito en la mano. Hablé con él cuando estaba en Mali y me dijo que no hiciera este viaje, pero le dije que quería venir. Mi padre me advirtió de que era demasiado peligroso, pero decidí hacerlo. Él no sabe que hice el viaje por mar. ¿De qué otra forma podía venir?”

Ser niño en... Bosnia

Zamir, 11 años

Zamir, de 11 años, es de Kabul, Afganistán. Él, su madre, su padre y sus cuatro hermanos han intentado 11 veces cruzar la frontera entre Bosnia y Croacia, sin lograrlo. Quieren llegar a Francia. Teme hacerse mayor sin tener una educación, no solo por él sino también por sus dos hermanos más pequeños que están creciendo y no van al colegio.

La familia, de siete miembros, se ha quedado con un solo teléfono móvil. Zamir cuenta que la policía les ha robado o destruido los demás. Salieron de Afganistán hace tres años.

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