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¡Vuelve, Nelson Mandela!

Trump y la extrema derecha europea proponen, en realidad, una única y misma cosa: institucionalizar una sociedad de apartheid

Donald Trump en campaña el pasado sábado en Pensacola, Florida.
Donald Trump en campaña el pasado sábado en Pensacola, Florida. AFP

La carrera trumpista hacia la conformación de una América blanca, antihispánica y xenófoba sigue su curso. Ahora, el inquilino de la Casa Blanca quiere eliminar del derecho norteamericano el ius soli. Es decir, impedir a los hijos de inmigrantes nacidos en suelo americano conseguir automáticamente la nacionalidad americana.

Se recuerda que Trump, nada más ser elegido, designó un chivo expiatorio ideal al proponer prohibir la entrada en el país a los musulmanes. Frente a la indignación mundial, tuvo que retroceder y limitar la medida a oriundos de países devastados por las guerras en Oriente Medio (en las que EE UU tienen responsabilidad directa o indirecta). Pero esta vez el intento de abolir el ius soli es algo mucho más grave. Ni más ni menos que desestabilizar la inmigración mayoritaria, hispánica, legalmente asentada, pues los niños no podrán conseguir la nacionalidad y, aunque nacidos en el país, serán de hecho considerados extranjeros. Es decir, plagar un infierno de escollos jurídicos para las familias.

En realidad, desde hace tres décadas, este discurso de cierre de las fronteras y de limitación de la inmigración principalmente hispánica viene urdiéndose subterráneamente en diversos círculos políticos de la extrema derecha americana, hasta verse legitimado en libros de éxito: basta con recordar el ensayo de Samuel Huntington titulado ¿Quiénes somos? Allí se dice claramente que la América blanca, protestante o neoprotestante está culturalmente amenazada por el catolicismo traído por la inmigración hispánica y se proclama esa alarma. El mismo autor había, unos años antes, escrito el famoso El choque de civilizaciones, en el que enfocaba a las “civilizaciones islámicas y chinas” como enemigas de Occidente.

Esta propuesta de Trump está claramente premeditada para movilizar a los sectores que lo han votado —puede perder mañana—, utiliza la inmigración como chivo expiatorio para desviar la atención de otros temas pocos relucientes del balance de su mandato presidencial y se articula perfectamente con su discurso en torno al eje populista: los enemigos del país son las élites mediáticas, los periódicos, Hollywood y la burguesía cosmopolita a lo Hillary Clinton (recordemos que quería meterla en la cárcel), aliados, por supuesto, a los inmigrantes ilegales y a los intelectuales liberales subversivos. Todas fuerzas que confluyen en un mero proyecto: vender América al extranjero y destruir su poder…

Sin embargo, los juristas norteamericanos no creen mucho en la factibilidad de la idea de Trump. Quiere imponerla por decreto pero el ius solis está en la Constitución y nadie se atreverá a tocar este texto sagrado (bien legítimamente) sin pensarlo mil veces, ya que el fracaso estaría casi asegurado. Pero el mero hecho de lanzar esta infamia en el debate electoral da idea de la peligrosidad de los ideólogos en el poder en EE UU. Le Pen padre la utilizó en Francia en 1984 y casi todos los movimientos de extrema derecha en Europa la defienden. Porque todos proponen, en realidad, una única y misma cosa: institucionalizar una sociedad de apartheid. ¡Socorro, vuelve con nosotros, Nelson Mandela!

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