Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Ciudadano Rufián

No está claro hasta qué punto el político es consciente de la tradición filosófica a la que pertenece: el cinismo clásico

Gabriel Rufián, en el Congreso el pasado miércoles.
Gabriel Rufián, en el Congreso el pasado miércoles.

Es una de las anécdotas más celebradas del pensamiento materialista y la relata Diógenes Laercio en su Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres. A su paso por Corinto, el gran emperador Alejandro Magno se acerca a la tinaja en la que vive —rodeado de perros y en una miseria extrema— el filósofo Diógenes de Sínope y le ofrece: “Pídeme lo que quieras y te lo daré”. La respuesta de Diógenes: “Apártate, que me estás quitando el sol”, es la primera declaración situacionista de la historia y la performance perfecta: no solo obliga tácitamente al emperador a reconocer la superioridad de Diógenes, sino que pone de manifiesto la futilidad del sistema con el que el poderoso ha medido el mundo. Impertinente y literal, la respuesta de Diógenes es algo más que una provocación, es una representación: genera de inmediato un espacio teatral en el que el emperador se ve obligado a representar la obra que Diógenes ha preparado para él. Y literalmente.

Una de las razones por las que Gabriel Rufián es seguramente el hombre más odiado por la derecha (y por parte de la izquierda) española es precisamente esa: al igual que Diógenes ante el emperador, comete el pecado imperdonable de dar una respuesta materialista a una pregunta idealista. No resulta extraño que media España quiera linchar a Rufián (ese cocktail perfecto entre Diógenes, personaje de Alicia en el país de las maravillas, y estudiante envalentonado que se enfrenta al profe); lo extraño es que la razón por la que quieren hacerlo —muy por encima de sus peticiones nacionalistas— es su aire “faltón, irrespetuoso e impresentable”, como si fuera menos faltón, irrespetuoso e impresentable la procesión de políticos amnésicos que no se acuerdan de nada, ni conocen a nadie, ni nunca estuvieron allí. Solo el malabarismo de una dialéctica puritana, más preocupada por las formas que por los contenidos, ha conseguido el milagro de hacer creer a un país relativamente crítico que el primer delito es menos perdonable que el segundo.

A esa ofensa de ser “faltón e impresentable” se suele unir con gran indignación el argumento de que no tiene sentido que Rufián se beneficie y forme parte de una estructura cuya autoridad no reconoce. Es —reciclado en parte— el mismo argumento que promueve tratar poco democráticamente a los “no demócratas”, y en última instancia, asesinar a los asesinos. Pero —en la misma estela de Diógenes— Rufián no trata de ocultar que no reconoce la autoridad que le da una tribuna, sencillamente se aprovecha de ella. Lo sepa o no, sea o no consciente (sería mucho aventurar aquí que Rufián tiene un plan diseñado), la estrategia del filósofo cínico no se enreda en pensar si es consecuente o inconsecuente —a diferencia del político “idealista” o del hombre de negocios, que no pocas veces cambian los nombres de las cosas para dar gato por liebre— la dialéctica cínica es frontal y pragmática, su arma es la literalidad y su intención no es tanto construir un discurso como mostrar las mentiras que se esconden tras los “grandes valores”.

La dialéctica cínica es frontal, su arma es la literalidad y su intención es mostrar mentiras que se esconden tras los “grandes valores”

Cuando Platón definió al hombre como bípedo implume, Diógenes desplumó un pollo, lo soltó en plena Academia y dijo: “Ahí va el hombre de Platón”. La mejor forma de desacreditar el argumento platónico no era un discurso elocuente, bastaba un pollo desplumado. ¿Por qué no habría de bastar entonces una camiseta con la fotografía del ministro Rato entrando en prisión bajo el lema: “Es el mercado, amigo”, o alzar una impresora en el Congreso para señalar al “enemigo”? Al evitar la retórica, el filósofo cínico evita también sus trampas. Sabe algo importante: que donde hay una buena carcajada hay siempre una idea, que la indignación es la mejor muestra de que se ha tocado una herida y que muchas veces así es como se revela que tal vez no era tan sublime lo que se nos vendía como tal. Diógenes sabía que su lucha no era tanto formular una propuesta como evitar que el idealismo nos mintiera más de la cuenta. No sé hasta qué punto Rufián es consciente de la tradición dialéctica a la que pertenece, pero hay que tener cuidado con tratar con demasiado paternalismo al perro: puede morder la mano. Y también con menospreciar su función: es un buen guardián de la casa de las ideas y del correcto funcionamiento de la política. El perro del materialismo nos protege de que alguien nos suelte una bomba de humo para vendernos nuestro propio ataúd con un enorme lazo rosa. Tal vez no sea al fin y al cabo tan imperdonable que alguien se burle abiertamente de quienes tan abiertamente se burlan de nuestra inteligencia. Y por lo mismo: tal vez el ciudadano Rufián no sea tanto un enemigo de la política, como la manifestación de su total inoperancia en los términos en los que la estamos articulando hoy. El perro no siempre ladra a lo loco; a veces lo hace también a quien intenta robar la casa.

Andrés Barba es escritor. Su último libro es República luminosa.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >