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Ceguera de futuro

Cuando dentro de unos lustros los historiadores expliquen la decadencia occidental seguro que coinciden en lo mismo: Occidente se hundió porque perdió el futuro

El Presidente del PP Pablo Casado y María Dolores de Cospedal el pasado sábado día 27 de octubre en Sevilla.
El Presidente del PP Pablo Casado y María Dolores de Cospedal el pasado sábado día 27 de octubre en Sevilla. EL PAIS

Si se fijan, eso que llamamos “actualidad” está cada día más colonizada por el pasado. Una curiosa contradicción en los términos. Cojan un periódico reciente y verán que sigue debatiéndose sobre cómo y dónde inhumar a Franco y si fue un héroe o un villano, que si Cospedal conspiraba contra Arenas —en ¡2009!—, que cuáles deben ser las repercusiones del golpe posmoderno de Cataluña, y así un largo etcétera. La manida metáfora de que somos sociedades que conducen con el espejo retrovisor es cada vez más palpable. El presente parece cosa del pasado.

Este dato, que es perceptible en casi todo Occidente, en nuestro país se ve agrandado por nuestra judicialización de la política —los jueces no dejan de arrojar a las mesas de redacción casos pretéritos—. Y por la ausencia de un mayor protagonismo juvenil en una sociedad fuertemente envejecida. La única excepción es la política, y en ella la mayoría de los líderes jóvenes o bien se han visto condicionados por lo que hicieron sus mayores, como ahora le ocurre a Casado, o bien han envejecido a velocidad de vértigo por seguir con un enfoque antiguo de problemas que requieren otro tipo de soluciones; o, como en el caso de Podemos, por querer resucitar conflictos que creíamos ya enterrados, como la abolición de la monarquía. El pasado como campo de batalla para las disputas del presente.

Lo malo de todo esto es que la abrumadora presencia de lo lejano en el tiempo nos impide ver lo que está por venir, tanto a nosotros como público como a los políticos como actores. Y en esto interfieren además de modo decisivo el presentismo y el cortoplacismo, otros dos de nuestros vicios estructurales. El primero es el peaje que tenemos que pagar por vivir en una sociedad mediática, que es además digital; el segundo obedece a los cortos tempos electorales, que nos impiden pensar más allá de dos años.

Un buen ejemplo de todo esto puede ser el conflicto catalán. ¿Alguien está pensando en el futuro de España; o sea, en otra España? Unos se aferran a la del 78, otros a la Cataluña que hunde sus raíces en una Edad Media enaltecida y así sucesivamente. Y pensar en el porvenir de España nos obliga a incorporar una reflexión sobre Europa, y de esta a nuestra nueva condición cosmopolita. Nada. Silencio. O mera palabrería o propaganda para calentar motores ante las nuevas elecciones. Y todo esto por no hablar de los grandes desafíos ecológicos, tecnológicos —que son a la vez productivos y educativos—, financieros, demográficos y, no en menor medida, políticos. Ya sabemos que esto de la democracia es más delicado de lo que imaginábamos, y los populismos están aún más ofuscados que el resto por resolver los problemas del presente con soluciones pretéritas.

Cuando dentro de unos lustros los historiadores expliquen la decadencia occidental seguro que coinciden en lo mismo: Occidente se hundió porque perdió el futuro.

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