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El futuro es el pasado

El primer error nos conduce al autoengaño. El segundo, en el mejor de los casos, a una impotencia melancólica

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José María Aznar y Pablo Casado en la Fundación Rafael Del Pino en Madrid, el pasado 23 de octubre. Getty Images

Que no puedes repetir el pasado? ¡Claro que puedes!”, le dice Jay Gatsby a Nick Carraway. La cosa (atención, spoiler) no acaba del todo bien en la novela de Fitzgerald, pero es un impulso bastante extendido. Como explica Mark Lilla en La mente naufragada, la esperanza puede verse decepcionada, pero la nostalgia es irrefutable.

La política española ha sufrido una gran transformación. Pero, quizá en parte por esos cambios, no es raro ver gestos nostálgicos. En ellos se mezclan el diagnóstico y el deseo: la idea es que el futuro es el pasado. Pablo Casado intenta alejarse del Partido Popular de Rajoy, y reivindica a Aznar y su derecha sin complejos, más combativa ideológicamente. El Gobierno de Pedro Sánchez recuerda las tácticas del Gobierno de Rodríguez Zapatero. Las dos fuerzas parecen sentir que les vendría mejor volver a un bipartidismo imperfecto que ya conocían.

En Cataluña, tras el fracaso de la vía unilateral del independentismo, escuchamos a gente que busca un regreso a los años noventa: la travesía del desierto no llevaba a ningún sitio y habría que encontrar el camino de vuelta al oasis catalán, donde, después de todo, no se estaba tan mal.

Políticos más jóvenes no son inmunes a esa tendencia y escogen un momento pasado como edad dorada. Ocurre también en otros países: Trump combate la globalización económica con métodos del pasado, algunos demócratas reivindican a Roosevelt frente a una izquierda preocupada por la reivindicación de la diversidad y todos hablamos del fin del consenso.

No es patrimonio exclusivo de la política. Los medios añoran un momento en el que los modelos de negocio eran más claros y la autoridad editorial era más respetada. Los novelistas evocan el tiempo en que les hacían menos entrevistas pero eran más importantes. La nostalgia es una industria cultural: en nuestro tiempo acelerado uno casi puede sentir nostalgia del presente.

Es una tentación que todos tenemos: aporta orientación y legitimidad. Pero presenta sus limitaciones. Por una parte, requiere una simplificación a menudo falsaria del pasado. Por otra, la historia nos ayuda a entender algunos problemas, pero las soluciones no pueden ser las mismas porque el mundo al que queremos regresar ya no existe. El primer error nos conduce al autoengaño. El segundo, en el mejor de los casos, a una impotencia melancólica.@gascondaniel

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Fe de errores

En una versión anterior de esta columna se decía que el título del libro de Mark Lilla es La mente reaccionaria

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