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Trump nuclear

El mandatario acaba de ir más lejos que las previsiones más pesimistas desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2017

Donald Trump, en el despacho Oval de la Casa Blanca.
Donald Trump, en el despacho Oval de la Casa Blanca. AFP

En su política sistemática de dinamitar el entramado de relaciones internacionales creado en el mundo desde el fin de la II Guerra Mundial, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acaba de ir más lejos que las previsiones más pesimistas desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2017.

El anuncio de que su país se retirará unilateralmente del histórico y trascendental Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio que Washington y Moscú firmaron en 1987, abre un imprevisible y peligrosísimo escenario —que parecía si no eliminado, sí al menos adormecido de forma permanente— sobre un hipotético enfrentamiento nuclear entre EE UU y Rusia.

Nunca en los últimos 30 años ningún presidente de EE UU, por muy grandes que fueran sus diferencias primero con la Unión Soviética y posteriormente con Rusia, había utilizado en su estrategia política exterior el contencioso nuclear y menos con tono amenazante. Es cierto que en 2002 George Bush se retiró de otro tratado nuclear firmado en 1972, pero en este caso afectaba a armas de carácter totalmente defensivo. La misma senda siguió Putin este mismo año, de nuevo con armas destinadas a interceptar posibles ataques antes de que llegaran a suelo propio. Pero la línea general es que desde que el republicano Ronald Reagan y el líder soviético Mijaíl Gorbachov abrieran la era del desarme nuclear —que además fue clave para el desmoronamiento del régimen soviético y la democratización de Europa del Este— todos los presidentes estadounidenses, ya fueran demócratas o republicanos, han contribuido a llegar a acuerdos de diferente calado o prácticas con Moscú que redujeran esta amenaza planetaria. El último de ellos fue Barack Obama con el tratado Start III firmado en 2010.

Trump alega que Rusia no está cumpliendo su parte del tratado desde 2014 y culpa a su antecesor —lo cual no sorprende a nadie— de no retirarse o renegociarlo. Sucede que al contrario de lo que Trump cree que son las relaciones internacionales, romper un acuerdo que ha eliminado oficialmente 2.692 cabezas nucleares —con solo este dato ya es un éxito— es un paso extremo al final de un largo camino para el que existen múltiples opciones. Pero el actual mandatario de EE UU actúa como si fuera el conocedor de todos los atajos y considera que las negociaciones son una fastidiosa vía no para alcanzar un acuerdo con la otra parte, sino para imponer su criterio. Ahora, los halcones de la Casa Blanca ya tienen puesto en el punto de mira el Tratado Start III, que expira en 2021.
Trump ha abierto una caja de Pandora que tras décadas de auténtico temor a un enfrentamiento nuclear —y algún que otro susto— había costado mucho esfuerzo cerrar o por lo menos tener bajo control. América no puede ser más grande en un mundo más inseguro.

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