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Asesinar al periodista

El asesinato del periodista Jamal Khashoggi demuestra la tragedia histórica en la que se encuentra el mundo árabe

Protestas frente al consulado de Arabia Saudí en Estambul por la desaparición de Jamal Khashoggi.
Protestas frente al consulado de Arabia Saudí en Estambul por la desaparición de Jamal Khashoggi. AFP

El asesinato del periodista Jamal Khashoggi a manos de los servicios de la policía secreta de Arabia Saudí, cometido en el consulado saudí en Turquía, y, presuntamente, bajo las órdenes del rey heredero Mohamed Bin Salmán, demuestra, una vez más, la tragedia histórica en la que se encuentra el mundo árabe. Es impensable hoy que, tras haber logrado liberarse de la opresión colonial y del yugo imperial occidental, las poblaciones de los países árabes sigan sufriendo el encarcelamiento injusto, la opresión de los derechos fundamentales, la marginación frente al acceso a sus recursos naturales. Y que se vean condenadas, como salida, a aliarse con movimientos violentos fundamentalistas o a emigrar caóticamente, en una huida sin esperanza.

Es cruel ver que el viento de la libertad no ha soplado en los países árabes que, junto con China y Corea del Norte, se mantienen bajo dictaduras totalitarias, militares, policiales, e incluso regímenes feudales medievales dirigidos por sátrapas que corrompen el mundo con los fondos obtenidos de la explotación de los recursos naturales (petróleo), nunca dedicados al desarrollo social e intelectual de sus poblaciones. Más cruel aún es, por entrar en el área del cinismo, saber que estos sistemas corruptos y dictatoriales se benefician del apoyo aliado de las principales potencias (UE, EE UU, Rusia, China), que justifican su complicidad con Arabia Saudí por el papel que desempeña en proteger los intereses occidentales en la región.

Ahora bien, desde los años 50, Riad constituye, en realidad, la principal fuente ideológica, financiera y política de difusión del integrismo totalitario. Los terroristas del 11-S de 2001 eran saudíes. Osama bin Laden, su maestro, también; por doquier en el mundo árabe, en África subsahariana, en Europa y en Asia, desde Indonesia a Filipinas, es la monarquía absolutista saudí la que financia las escuelas, los profesores, las mezquitas fundamentalistas para expandir el odio contra Occidente, acusado de favorecer la rebelión de las mujeres y la opresión del islam tal y como se concibe por los wahabitas saudís.

Temiendo la expansión de la ola democrática surgida con la Primavera Árabe, es este país el que ha incentivado la división en Siria y paralizado el desarrollo de las fuerzas democráticas laicas, favoreciendo a los integristas sirios; es este país, no se olvide, el que ha luchado hasta el último momento contra el proceso democrático en Túnez, amparando al dictador Ben Ali. Hoy, los servicios secretos saudíes han torturado y asesinado al periodista demócrata Khashoggi,cuyo único pecado era reclamar la democracia y la libertad de expresión en su país.

Frente a este acto salvaje, sabemos que los gobiernos del mundo dedicarán diplomáticamente un tiempo —unas semanas, tal vez— a la indignación. Finalmente, la razón de Estado se impondrá; el apoyo cómplice del mundo occidental, también: y el silencio volverá a encubrir la sangre de un periodista que defendía la libertad: el fuego de la barbarie seguirá ardiendo desde Arabia Saudí.

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