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Una cuestión de peso

La princesa Corinna hablaba en las grabaciones, con voz aterciopelada, un español sedoso que contrasta con el tono tabernario de la actual ministra

De izq. a dcha.: Javier Pascual del Olmo, presidente de Condé Nast, las actrices Penélope Cruz, Salma Hayek y Alberto Moreno, director de 'Vanity Fair'.
De izq. a dcha.: Javier Pascual del Olmo, presidente de Condé Nast, las actrices Penélope Cruz, Salma Hayek y Alberto Moreno, director de 'Vanity Fair'.

Me ha sentado como un atracón de whisky malo el “maricón” pronunciado por la ministra de Justicia, Dolores Delgado, aunque fuese en una grabación de hace nueve años.

Curiosamente, hace nueve años conocí a Grande Marlaska. Junto a Jesús Vázquez, coincidimos en una campaña del ministerio de Sanidad para fomentar el uso de preservativos entre la población joven. Pusieron un inmenso cartel con nuestros rostros en el Paseo de la Castellana y yo bromeé con que éramos como un Mount Rushmore (el grupo escultórico rocoso con los rostros de los fundadores de la república americana), pero en clave gay. Ahora me doy cuenta de que ministros y ciudadanos que nos veían dirían lo mismo que comenta la ministra de Justicia en las grabaciones. Y ofende, porque una persona como Grande Marlaska le ha dado respeto a nuestra condición. Y valentía y encanto. Es un hombre brillante, tímido y, al mismo tiempo, fuerte. Una noche en mi casa, durante una cena informal, Gemma Nierga y Juan José Millás insistieron en hacerle un cuestionario grado 32 y Marlaska, elegante y estoico, respondió a todas sus improcedentes preguntas. Cuando logramos parar aquello ya era tarde. Y, lamentablemente, jamás regresó a mi casa, pero demostró que no se arruga con facilidad. Volví a sentir esa nobleza en su abrazo a la ministra Delgado hace un par de días. Y me hizo pensar en que las grabaciones de Villarejo deberían usarse en un máster acerca del comportamiento.

Es una pena que no se pueda investigar la grabación de la princesa Corinna porque allí hay toda una lección de estilo. La princesa hablaba, con voz aterciopelada, un español sedoso que contrasta con el tono tabernario de la actual ministra. Diciendo maricón como si tal cosa. A ella la grabaron en un mesón mientras que con Corinna sientes que ella sabía que la grababan en su salón. Quizás otro máster para el futuro: “Qué diferencia a una princesa de una ministra”. 

Otro cruce de palabras gruesas: el rifirrafe entre las cantantes Malú y Amaia Montero. Malú quiso aparentemente defender, y ofendió a Amaia, de los comentarios que recibe por su físico y terminó, según los hashtag de Montero, “llamándome gorda”. Todo está muy excitado con esto en las redes. Es lo que en las teleseries llamábamos “pelea de gatas”, escenas de tirones de pelos y cachetadas entre mujeres. Me sientan igual de mal que me llamen maricón y, sin embargo, tuve que escribirlas y mis jefes me decían: “Las escribes genial”. Yo creo que Amaia y Malú deberían aprovechar y dar un concierto juntas. Y titularlo “Cuestión de peso”.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en Montreal, el pasado domingo. ampliar foto
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en Montreal, el pasado domingo. EFE

Mientras todo esto pasaba en España, Pedro Sánchez y Justin Trudeau salían juntos en Canadá. Parecían una deliciosa pareja de influencers. Sánchez más viril y latino y Trudeau con ese poquito de amaneramiento propio de los pijos norteamericanos. Pero ambos delgados y guapos. Cuando se sentaron, me encantó descubrir que Justin llevara calcetines tan atrevidos como los míos. Justin Trudeau es hijo de Margaret Trudeau, una de las princesas de Studio 54, la discoteca que democratizó la noche. Su hijo ha heredado su belleza y esa capacidad de hacer de Canadá un sitio sexy donde sacas tu mejor yo.

En la cena de la revista Vanity Fair para entregar el premio al personaje del año, Salma Hayek, la elegida, cautivó con un discurso donde agradeció a Penélope Cruz que juntas hayan “evolucionado como actrices y también como personas”. Cruz, a su lado, se emocionó. Es cierto, ambas han crecido en pos de sus ambiciones. Eso casi me hizo llorar lo que no lloré en la boda de Pelayo y Andy, que tenía hashtag Pelandy y a donde acudí en un autobús repleto de trendsetters e influencers. Al llegar a El Escorial, se produjo una conmoción cuando requisaron los móviles de todas y todos. ¡Quitarle el móvil a un instagramer es una tortura cruel y un hachazo a la inmediatez digital! Un sorprendente regreso rentable y romántico al papel cuché.

Hubo nervios y sudor, por el calor y la espera a los novios que llegaron en helicóptero acompañados de la banda sonora de Misión imposible. Disfruté porque fue una boda reivindicativa, multitudinaria y chic al mismo tiempo. Y de que la actitud de #Pelandy fuera completamente distinta a la de Villarejo. No se graba, no se fotografía, no se filtra y todo queda atado en una exclusiva de toda la vida. Sin insultos.

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