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Bebé bastardo, padre errante, madre culpable

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Un aristócrata inglés, jaleado por un obispo, patea a una mujer embarazada de padre desconocido. El grabado está datado en 1834.

Un libro explica cómo ha abordado Reino Unido la situación de los hijos ilegítimos a lo largo de la historia

Si leen a Jane Austen, Anthony Trollope o Elizabeth Gaskell, no debe sorprenderles que en sus novelas siempre haya sitio para un bastardo: el 20% de los partos registrados en Londres entre los siglos XVII y XIX tuvo lugar fuera del matrimonio. El dato lo da Samantha Williams, historiadora de la Universidad de Cambridge, en Unmarried Motherhood in the Metropolis, 1700–1850, libro que recoge la investigación de diez años que ha realizado sobre los censos parroquiales de la capital británica.

En él, la experta analiza la figura de los padres errantes, dispuestos a huir durante toda su vida para no hacer frente a sus obligaciones. Y no era fácil escapar de parroquias y casas de corrección, entidades más eficientes dándoles caza que consiguiendo que pagaran las manutenciones: sólo el 20% de los progenitores de Londres, entonces la ciudad más grande de Europa, cumplía con su deber. La cifra contrasta con la de poblaciones más pequeñas, por ejemplo la de West Riding en Yorkshire, donde el porcentaje de padres cumplidores alcanzaba el 80%.

En muchos dramas ingleses, la mayoría de los bebés ilegítimos que aparecían eran fruto de la relación entre un noble y una mujer humilde. Usted pensará en las obras con nombre de monarca que firmó Shakespeare, pero también era una situación habitual en la vida real. Según la experta, en localidades como Lambeth uno de cada cinco bastardos se registraba con un apellido de alta alcurnia a pesar de que los hombres con título nobiliario o nombrados “caballeros” sólo eran el 7%.

El dato retrata una situación habitual: el abuso de poder de algunos señores sobre las señoras que trabajaban a su servicio. Por eso, otro de los aspectos que se documenta a fondo en este libro es la desigualdad entre géneros, muy evidente en los castigos: tres meses de cárcel para ellos, doce meses para ellas. Si el hombre era pudiente, se libraba del encierro, pero a la mayoría de madres las recluían en Bridewell, prisión donde realizaban trabajos forzosos y era habitual que las azotaran públicamente porque además de “corregirse” debían servir de ejemplo.

“Hay quien dice que los hijos de la gente muy pobre no se crían, salen adelante”, desliza Charles Dickens en Casa desolada, donde también cuela un personaje bastardo, y su afirmación se confirma leyendo el análisis de Williams sobre los hogares de acogida. En los años analizados, no había en Gran Bretaña un pueblo sin su Child Support Agency, a la que los bebés entraban acompañados de sus madres para que los cuidaran. De ese modo, la parroquia ahorraba dinero en personal y usaba a las acogidas como mano de obra gratuita. Por eso no es casual, afirma la autora, que las normativas británicas sobre bastardía tengan como base la Ley de Pobres de 1576.

También hay sitio en las páginas de Unmarried Motherhood… para la vergüenza: el modo en que la sociedad percibía a las madres solteras fue variando, no siempre de manera progresiva ya que “una revolución sexual acaecida a finales del XVII” suavizó el rechazo social, que volvió a endurecerse a principios del XIX. Esa crueldad duró hasta el XX, pues como recuerda Williams, hasta 1960 no era extraño que algunas familias echaran de casa a la hija, nieta o sobrina que se quedaba embarazada sin tener marido.

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