Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Homero y Podemos

La Transición fue también un momento priámico-aquilineo, un intento por buscar ese punto de encuentro

Ilustración realizada por el pintor francés Jacques Louis David en 1776 para una edición de la 'Ilíada' de Homero.
Ilustración realizada por el pintor francés Jacques Louis David en 1776 para una edición de la 'Ilíada' de Homero. Album / akg-images

Hay una escena de la Ilíada, ubicada casi al final del libro, en la que Príamo, rey de los troyanos, acude a Aquiles a escondidas para que le entregue el cadáver de su hijo Héctor, “matador de hombres”, y poder darle así digna sepultura. Nada podía unir menos a estos dos hombres. Uno había asesinado a su hijo, y el otro, ni más ni menos que el jefe de sus enemigos, era además el padre de quien acabó con la vida de su queridísimo amigo Patroclo. Sorprende, por tanto, que Aquiles, famoso por sus ataques de cólera, no solo no lo liquidara al instante, sino que incluso accediera a entregarle el cadáver. Es el conmovedor instante en el que ambos caen en la cuenta de su común humanidad, que los vínculos que establece su dolor compartido y su condición de mortales son más fuertes que el implacable destino que les obliga a enfrentarse. Irónicamente, un libro destinado a glorificar al vencedor de una guerra acaba mostrando la infinita inutilidad de esta, y cómo ese dolor tan primario une más al final que cualquier adscripción partidista.

Por alguna razón que seguramente se arraiga en el recuerdo de mis torpes intentos por desentrañar el texto de Homero en el colegio, no he podido evitar una conexión entre esa escena y el vídeo de los dos viejos excombatientes de la guerra civil. Y es extraño, porque nuestra guerra carece de toda épica, en ella no hay nada heroico que narrar. Con la guerra de Troya solo tiene en común ese enorme desperdicio de vidas humanas que se esconde detrás de toda contienda bélica, y cómo gente anónima como nuestros dos ancianos se ven arrastrados a participar en la masacre. Pero su gesto de reconciliación muestra un asombroso paralelismo con aquella situación.

En cierto sentido, la Transición fue también un momento priámico-aquilineo, un intento por buscar ese punto de encuentro. Quedan todavía muchos caídos en las cunetas que, como Héctor, esperan digna sepultura, pero al menos conseguimos superar la dinámica de vencedores y vencidos. Por eso extraña que Podemos siga manteniendo abierta la herida del enfrentamiento civil, insista en negar que viejos contendientes puedan darse la mano y regocijarse de que sus nietos escaparan a esos antagonismos destructivos.

No hay nada intrínsecamente malo en repolitizarlo todo o en preferir políticas de confrontación en vez de políticas de consenso, algo que además no se corresponde con lo que de hecho viene practicando. Homero era bien consciente también de que aquella unión entre los dos contendientes era un hecho aislado en la guerra infinita. Pero algo hemos avanzado desde entonces. Ahora la sublimamos a través de la pacífica confrontación dialéctica. Por eso nuestra Transición se nutrió de esos dos elementos que H. Arendt consideraba esenciales para una vida común exitosa: el perdón y la promesa. El perdón ayuda a sanar las heridas del pasado; la promesa asienta los pilares sobre los que construimos el futuro. ¡Parece mentira que haya que volver a Homero para acabar de entenderlo!

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.