Richard Feynman y el pensamiento crítico
Richard Feynman siempre admitió que la imaginación de la naturaleza, al estar basada en el conocimiento material, supera con creces nuestra imaginación


Solo desde el conocimiento científico es posible llegar a comprender el lenguaje en el que habla la naturaleza, que no es otro que el lenguaje de las matemáticas. Tal vez por esta razón, Richard Feynman se hiciera físico y con ello alcanzase a imaginar las matemáticas plenamente, es decir, en colores.
Porque con imaginación pictórica, Richard Feynman llegó a formular teorías para el desarrollo de la electrodinámica cuántica que le llevarían a ganar el Nobel de Física en 1965. Con todo, Feynman siempre admitió que la imaginación de la naturaleza, al estar basada en el conocimiento material, supera con creces nuestra imaginación.
Hace poco se conmemoraron los cien años del nacimiento de Feynman y con ello traemos aquí una anécdota de este curioso físico que bien nos puede servir para valorar el pensamiento crítico de la ciencia frente al pensamiento mágico de la pseudociencia, y con ello huir de todo pensamiento que no esté basado en el conocimiento material. Lo cuenta el mismo Feynman en su libro de memorias recientemente reeditado con el título ¿Está usted de broma Sr. Feynman? (Alianza). Ahí va:
Estando destinado en Los Álamos, trabajando en el proyecto Manhattan para desarrollar la bomba atómica, el joven Feynman recibe la noticia de que Arlene, su mujer, ha empeorado. Ella estaba internada en un hospital de Alburquerque, enferma de tuberculosis y Feynman, cogiendo un coche prestado cuyas ruedas iban pinchando a medida que se acercaba a su destino, pudo llegar a verla en sus últimas horas.
Cuando Arlene murió, empezaron los trámites y una enfermera extendió el certificado de defunción a Feynman; una hoja donde aparecían los datos del fallecimiento, el día del mes y el año, así como la hora, las 9.22. La enfermera se marchó y Feynman permaneció un rato más en la habitación en penumbra, junto al cadáver de su esposa.
Hubo un momento en el que la mirada de Feynman fue a posarse en el reloj de la mesilla. Se trataba de un aparato de primera generación digital, donde “los números iban grabados en unos aros que el mecanismo hacia girar”, según lo describe Feynman en sus memorias. Se lo había regalado él cuando todavía eran novios y tal y como sigue contando Feynman, el reloj era muy frágil y se estropeaba con frecuencia por lo cual había que repararlo continuamente. Ahora se había parado a las 9.22, a la misma hora que su mujer había fallecido.
Para una persona con tendencia al pensamiento mágico, la situación era todo un ejemplo dramático de fenómeno sobrenatural. Sin duda alguna, la geometría de las fuerzas ocultas se había puesto en marcha para detener el reloj a la misma hora en la que llegó la muerte. Sin embargo, Feynman, como buen escéptico, llevado por el pensamiento crítico, encontró la causa de la coincidencia entre el fallecimiento de su esposa y el reloj parado a la misma hora; las 9,22.
Para ello, Feynman relacionó la penumbra de la habitación con la poca visibilidad del reloj, motivo por el cual, la enfermera lo había cogido para llevarlo a la luz y ver la hora exacta que iba a poner en el certificado de defunción. Al ser un reloj tan delicado, se paró en ese momento.
Con esta anécdota, lo que nos viene a decir Feynman es que la imaginación siempre es más grande que la realidad entera, ya que, todo lo real es susceptible de ser pensado y no todo lo pensable llega a ser real. Para alcanzar la plena dimensión de lo pensable, se hace necesario partir desde el conocimiento de lo posible y eso es lo que intentó hacer Feynman a lo largo de su vida aunque a veces no lo consiguiese.
Una de esas veces, la más dramática de todas las veces, en la que Feynman no alcanzó la plena dimensión de lo pensable, ocurrió el 6 de agosto de 1945, cuando la fuerza con la que el Sol obtiene su energía fue liberada a las 8.15 de la mañana sobre Hiroshima y los relojes se pararon para siempre entre la luz y el silencio.
Pero eso es otra historia. Una de las más tristes historias de la ciencia pues, con la bomba atómica, la física dejaría de ser la gran obra de arte colectiva del siglo XX para convertirse en la herramienta de un crimen de lesa humanidad.
El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento
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