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¿Y si el éxito de Sánchez es no poder gobernar?

Si ceder a la presión de sus aliados le llevaría al desastre, el presidente tiene la opción de explorar la estrategia de no ceder

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe en la Moncloa al presidente de Ucrania.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe en la Moncloa al presidente de Ucrania. EL PAÍS

Hay consenso al menos en algo: Sánchez difícilmente, muy difícilmente, podrá gobernar. Vaya por delante la constatación de lo obvio: con 84 escaños, y la necesidad de conciliar fuerzas no ya heterogéneas sino a menudo hostiles, gobernar se convierte en una modalidad extrema como el barranquismo en Nepal o el parkour en Chicago. El nuevo presidente se sostiene en un grupo que ni siquiera representa el 25% por ciento de la cámara. Más allá de liquidar a Rajoy y su legado, es difícil rastrear nexos con los que sumar 176. Sánchez, por supuesto, no va a tener 100 días de gracia; si acaso tendrá cuatro tardes, hasta que mañana miércoles dé a conocer su gabinete y empiece el pim-pam-pum. En las trincheras conservadoras hay una excitación como no se veía desde 2004; y Sánchez va a llegar a la Carrera de San Jerónimo como la brigada ligera a Bataclava, a pecho descubierto frente a la artillería pesada. Los nacionalistas catalanes han trazado la primera línea en la fachada de la Generalitat con los presos políticos y los exiliados; el PNV debe restañar su credibilidad tras verse retratados como fenicios en un mercado persa; Bildu queda fuera de foco, y Podemos tratará a la vez de soplar y sorber erosionando al PSOE con a exigencias de máximos, como ya le ha anticipado con los permisos de paternidad y las pensiones al IPC. Con esos aliados, el presidente no necesita enemigos. Claro que además va a tener enemigos.

Pero ¿y si la fuerza de Sánchez fuese precisamente su debilidad?

La posibilidad aritmética de Sánchez de tomar decisiones es limitadísima, mientras el cielo sobre él va a parecer Dresde en 1945: fuego constante. Pero su posición resulta tan delicada que un exceso de presión podría acabar forzando su caída. Sus socios van a tener que mesarse el pelo y contar a 100 antes de apretarle demasiado las clavijas, porque el colapso conduciría a elecciones anticipadas, algo que ahora mismo todos, salvo Ciudadanos, ven con particular aversión. Y eso es una oportunidad. “Un político inteligente lo único que puede hacer es explotar los acontecimientos en su propio beneficio” anota Ignatieff en Fuego y ceniza. Hasta ahora cualquiera hubiera ironizado “sí, un político inteligente, in-te-li-gen-te…”, pero a estas alturas nadie se atreverá a menospreciar tan alegremente a Mr.Handsome, que ha demostrado una determinación de superviviente bastante excepcional. De momento ha sabido aprovechar sus oportunidades –el propio Ignatieff escribe “suerte en política es adivinar el momento exacto”– y ahora puede tantear la rentabilidad de este escenario endemoniado. Si ceder a la presión de sus aliados le llevaría al desastre, tiene la opción de explorar la estrategia de no ceder. El tiempo corre a su favor. Y hasta entonces cada uno de sus mensajes, estrenados con el Alto Comisionado para la Pobreza Infantil, puntuará en su marcador.

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