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Así no, Irene

Las palabras ensombrecen el chalet de la pareja Montero-Iglesias

Irene Montero y Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados, el pasado 9 de mayo. EUROPA PRESS-QUALITY

Se nos llena la boca de palabras puntiagudas, sangrantes, y cuando a nosotros mismos nos las devuelve el destino como un bumerán no sabemos qué hacer con ellas. El profesor Javier Gomá decía en el programa Hoy por Hoy de la Cadena Ser que las palabras son hechos, como decía Gabriel Celaya. A veces son estupendos versos y en muchas otras ocasiones son botellas o basura lanzada al mar. A ver si pega y el agua se las traga y nadie se da cuenta de que has ensuciado tu propio trayecto.

Ahora Irene Montero y Pablo Iglesias, portavoz y líder de Podemos, tienen un problema con un chalet que han comprado en Galapagar. El problema en realidad no es con el chalet, es con las palabras. Las que dijeron, las que dicen. Las que dijeron con respecto a viviendas compradas por otros colegas y las que dicen ahora para decir que lo que dijeron no fue lo que otros dicen que ellos dijeron. Trucos de la vieja política cifuentera ataviados de la ropa de la nueva política. A Cifuentes se le cayó la cara al suelo porque quiso fungir de nueva política y resulta que todos sus ardides eran de política antigua.

Por la boca muere la ejemplaridad, decía el citado profesor Gomá, igual que por la boca muere el pez por más que simule nadar contracorriente

En fin, el chalet. Iglesias dijo hace rato que un colega suyo, Luis de Guindos, blanco de sus dardos de estricta austeridad pública, se compraba un ático que podría servirle para especular. Por la boca muere la ejemplaridad, decía el citado profesor Gomá, igual que por la boca muere el pez por más que simule nadar contracorriente. Ahora que Irene Montero y el mismo Iglesias se compran una vivienda, un chalet, a las afueras, intentan borrar las malditas hemerotecas, que con tanto éxito sacaron en el pasado contra los suyos y contra los ajenos. Y resulta que hay tantos paralelismos, hasta en el precio, entre el dichoso chalet y el ático de De Guindos, que, claro, a los periodistas se les aviva la pregunta más sencilla, que es a la vez la más puntiaguda de las preguntas.

Y esa pregunta se la hizo a Irene Montero Sonsoles Onega, de Informativos Telecinco, en la rueda de prensa en la que la portavoz de Podemos trataba de sacar la pierna comunicativa del embrollo inmobiliario. En esa rueda de preguntas, la señora Montero había dicho que su vivienda nueva, al contrario que otras, no era una compra para especular. La mejor periodista es la más sencilla, como aquella que reveló que el rey estaba desnudo en Dinamarca. Léase la pregunta de la señora Onega:

— ¿Por qué saben que el señor De Guindos compró su casa para especular?

Y esta fue la respuesta de la portavoz Irene Montero:

— Yo no he dicho tal cosa.

El silencio que se hizo tras esa respuesta fue “terrorífico”, según testigos presenciales. Claro: es que la pregunta era tan concreta, habían sido tan concretas las resonancias de lo que había dicho Pablo Iglesias del ático de Guindos y de sus previsibles consecuencias especulativas, que es probable que los periodistas dudaran entre ayudar a Irene Montero a recordar palabras y hechos o ayudarla a salir del atolladero con el viejo proverbio: “No hay más preguntas, señoría”.

O, también podrían decirle gentes cercanas que tengan experiencia en lo que se dice cuando uno se enreda respondiendo: “Así no, Irene”.

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