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Qué fue de ellos

Wolfe "no será leído con agrado, o leído a secas, dentro de unos años, quizá el año que viene", le dijeron en los 60

Tom Wolfe en su apartamento de Nueva York en 2004.
Tom Wolfe en su apartamento de Nueva York en 2004. Redferns

Decía Bryce Echenique —en un viejo artículo en EL PAÍS, año 1991— que el nuevo periodismo se basaba en “una persecución larga, cara y paciente del personaje”, y que, una vez llegado a él, a menudo había que quitarle el foco inmediatamente. Para hablar de Leonard Bernstein, por ejemplo, convenía entrevistar al taxista que lo había llevado al aeropuerto. Como en los crímenes, el mayordomo era crucial: Gay Talese descubrió que la viejita que cargaba la maleta con todos los peluquines de Frank Sinatra durante todas sus giras, unos 60 o 70, podía saber más de Sinatra que él mismo.

Aquel periodismo, con otras maneras, más sobrio y contenido, pero con igual carga de profundidad —tanto de humor como de estilo—, ya había sido practicado antes en Estados Unidos por muchos otros, entre ellos quizás el más sobresaliente, A. J. Liebling. La banda que escribía torcido (Thompson, Didion, Breslin, Talese o Wolfe), el libro de Marc Weingarten que publicó en España Libros del KO (no hubo justicia capaz de secuestrarles ningún libro; hubo que esperar a los muy pudorosos jueces españoles para robar Fariña de las librerías), es un repaso de impresión sobre aquel trabajo, sus métodos y sus muchas y deliciosas broken wings que los ejecutaban. Wolfe, que no se libró de los profetas cuyo sitio en la historia del periodismo ocupan casi tanto espacio como los periodistas —“no será leído con agrado, o leído a secas, dentro de unos años, quizá el año que viene”—, fue el que encontró el personaje más fascinante, el oído más fino, la polémica más ruidosa.

Se suele culpar de la muerte del nuevo periodismo a la grabadora. La grabadora convirtió la ceremonia de la verdad en algo muy breve. Por eso el mérito de Wolfe, dijo Thompson de él, es que reproducía de forma maravillosa los diálogos; tenía el don que no le acompañaba en las reuniones: sólo se sentía cómodo entre gente mediocre y aburrida porque “las personas que le fascinan son tan raras que le ponen nervioso”. En cualquier caso la grabadora no podría registrar la verdad, sino lo dicho: envasa palabras. A veces uno llama para matizar lo dicho y entonces el periodista sospecha que quiere corregir la verdad, pero a lo mejor lo que quiere es corregir la mentira; la ceremonia es corta, pero también diabólica.

Bryce cuenta cómo en una ocasión fue a entrevistar a Henry Miller: “Apreté el botoncito, solté mi pregunta al ver que la cinta corría, y segundos después estaba de patitas en la calle”. Años después, en una cita con Orson Welles, comieron y bebieron tanto que él se olvidó de hacer preguntas. Eso sí, recordaba cada minuto del encuentro. Pero ese artículo no lo escribió porque ya entonces se preguntaba, como todo el mundo, qué había sido del nuevo periodismo.

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