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Es más fácil sangrar que sudar

El encargo de Puigdemont a Torra es buscar la obediencia a un mandato democrático que no existió

Elsa Artadi, Quim Torra y Eduard Pujol.
Elsa Artadi, Quim Torra y Eduard Pujol. AFP

Hay numerosos datos que indican que los dirigentes políticos más peligrosos son aquellos que tienen un plan, que generalmente guardan en secreto, para conseguir, en un plazo de cuatro años, la felicidad de todos sus ciudadanos. Son aquellos que apelan al sacrificio y, como diría irónicamente la maravillosa escritora Flannery O’Connor, piensan que es más fácil sangrar que sudar.

Todo esto viene a que quizás la idea de sacrificio, tan utilizada en política, deportes y religión, esté un poco sobrevalorada. Sobre todo en política y religión, porque al menos en deportes el coste del sacrificio suele recaer sobre uno mismo, mientras que en política, en general, ese llamamiento implica que hay un montón de gente que se sacrificará en beneficio de ese plan que, a la vuelta de la esquina, traerá la felicidad universal, o mejor aún, que la traerá a generaciones venideras.

Sin embargo, la política, afortunadamente, no trata de eso. No apela al sacrificio, ni mucho menos. Como explicó la filósofa Hannah Arendt, trata del “estar juntos, los unos con los otros, los diversos”. La política es conversación entre diversos en busca de soluciones, aunque sean parciales o temporales, de cualquier problema. No tiene su punto de partida en la identidad, sino en la pluralidad; no afecta a las familias, sino a la comunidad. No se asienta sobre prejuicios, sino sobre su eliminación o explicación.

Por eso es tan desalentador que el candidato a la presidencia de la Generalitat, Joaquim Torra, no llegue a desempeñar ese cargo con el encargo de hacer política, sino convocado al sacrificio, según palabras de Carles Puigdemont. Todo el procedimiento de elección del candidato ha sido insólito: Puigdemont anuncia desde Berlín que habrá un presidente “provisional”, diga lo que diga el Parlamento, y, para que quede claro, se explica que no se le permitirá (¿?) ocupar el despacho institucional del cargo.

Todo es bastante insoportable, pero, en virtud de los beneficiosos efectos de la política (incluso sobre los presos), se podría dejar de lado si el encargo que le ha hecho Puigdemont a Torra no fuera buscar la obediencia a un mandato democrático que nunca existió. Podemos pasar 60 años concentrados totalmente en el tema, pero las elecciones “plebiscitarias” de 2015 no respaldaron la voluntad de independencia de los catalanes. Y la famosa consulta del 1-O no fue de ninguna manera un referéndum, porque no existen los referendos sin garantías, ni los referendos “pequeñitos”, en los que más de la mitad de la población se queda en casa.

Quim Torra es independentista, pero ese no es el dato más relevante. La independencia es un proyecto político que, como cualquier otro, puede ser defendido políticamente. Cierto que su colección de tuits le señalan como alguien particularmente malcriado. Pero eso tampoco es relevante. Lo relevante es si se trata de un decidido defensor del sacrificio o de un político, y si comparte la extravagante idea del discurso de Puigdemont de que el Consejo de la República instalado en Waterloo es un instrumento estupendo “a disposición de todos los ciudadanos, compartan o no la idea de la independencia”. O peor aún, si cree ese párrafo según el cual el “mandato del 1-O construirá un país de libertades (…) donde jubilados y jubiladas tengan pensiones dignas, los trabajadores salarios decentes, (…) donde las inversiones públicas no hagan ciudadanos de primera y de segunda”, o si se ha leído la Ley de Transitoriedad y si recuerda que muchos independentistas catalanes apoyaron que las Constituciones (la catalana llegado el día, también) obliguen, por encima de cualquier otro compromiso, a la estabilidad presupuestaria. Y si recuerda que él mismo es miembro del grupo Reagrupament, una escisión de ERC en clave liberal, que pide dejar de lado esa tontería de la derecha y la izquierda.

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