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El acento
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Devuelvan todas las medallas macroeconómicas

España todavía tiene un déficit público primario y el volumen de deuda, engordado desde 2012, será un lastre muy pesado cuando suban los tipos de interés

Jesús Mota
Mariano Rajoy, presidente de Gobierno
Mariano Rajoy, presidente de GobiernoJULIÁN ROJAS

Con motivo del fausto informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre España (ahí es nada, una previsión del crecimiento del 2,8% para este año, una revisión de cuatro décimas que es la mayor de las economías avanzadas) y con el fin de desdorar un poco la medalla que se colgarán Rajoy, Escolano y Montoro a cuenta del informe, habría que descorrer el velo de la virtualidad macroeconómica, esa noche estadística en la que todos los gatos son pardos y echar un vistazo a la trastienda de la política económica española. Pocas reboticas hay más destartaladas en el mundo occidental. Y no porque haya dudas sobre el crecimiento; de hecho es muy probable que este año se supere el 3%. Se trata de las agudas debilidades estructurales de la economía que el Gobierno, autor de algunas y cómplice de otras, parece incapaz de aceptar o de diagnosticar. La única política económica realmente existente hoy es la de exhibir los parabienes que, desde la distancia, tienen a bien manifestar sobre España las instituciones internacionales desde una distancia sideral.

La realidad tiene peor cara. Ni siquiera es necesario entrar en el mercado laboral (el pagador de la factura de la crisis) para señalar rotos y descosidos. La economía española, para baldón de sus estrategas geniales, tiene todavía un déficit primario (sin contar los intereses), un desajuste que por ejemplo Grecia ha eliminado ya; la reducción del déficit se ha conseguido gracias a los efectos de la recuperación cíclica. Ni un solo euro se ha recortado en el déficit estructural, así que cabe inferir que el esfuerzo de la gestión del Gobierno ha sido escaso o desafortunado. ¿Para esto han servido los recortes (suicidas, diría un político consciente) en inversión pública, que han hundido el gasto en investigación o en infraestructuras?

El balance de la política de deuda, encadenada a la supuesta corrección del déficit, produce por sí solo Temor y temblor. La deuda total supera el 98% del PIB; casi duplica la contabilizada antes de la crisis. Sería admirable, un espectáculo de la naturaleza, que un ministro cualquiera del área económica explicara, con temple y seriedad, cuánto costará a las finanzas públicas pagar los intereses de esa deuda cuando empiecen a subir los tipos de interés. Que subirán, a partir de 2019. Podría explicar también qué efectos tendrá sobre el crecimiento la financiación de esa masa ingente de deuda. La extravagante política de estabilidad financiera, la única que podía hacer olvidar la devastadora política laboral, sitúa a la economía española en una posición de peligrosa debilidad no ya ante una nueva crisis de deuda (algunos la ven llegar a lo lejos, debido al crecimiento desaforado de la deuda global) sino ante un simple cambio de signo de la política del BCE.

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Devuelvan pues todas las medallas macroeconómicas, igual que Cristina Cifuentes ha devuelto el máster. Casi todos los logros autoatribuidos desde 2014 sobre la recuperación pueden explicarse mejor por la política de tipos de interés del BCE y por una política procíclica, impuesta desde Bruselas, que pasará una costosa minuta en los próximos dos años. Si es verdad que España disfruta ya de una recuperación —un término económico-matemático que poco dice sobre el bienestar—. Escolano y Montoro deberían estar diseñando una política anticíclica; es decir, subiendo impuestos e inversiones.

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