Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El revolucionario de la industria de las gafas que se convirtió en asesino

Udo Proksch a los 23 años, cuando ganó un concurso para diseñar en la compañía óptica de Wilhelm Anger. Ver fotogalería
Udo Proksch a los 23 años, cuando ganó un concurso para diseñar en la compañía óptica de Wilhelm Anger.

Udo Proksch fue el creador de algunas de las gafas más sublimes de los sesenta. Y un excéntrico rey de la vida social austriaca que terminó sus días en la cárcel. Ahora se relanza una de sus legendarias firmas.

La óptica de lujo no sería la misma sin Udo Proksch (Rostock, Alemania, 1934-Graz, Austria, 2001). Contradictorio, polémico y excesivo, fue un diseñador prolífico e influyente. Y también un oscuro personaje. A su son bailaron las grandes personalidades políticas y sociales de Austria durante los años sesenta y setenta. Una de las marcas de gafas más sofisticadas que puso en el mercado, Serge Kirchhofer, se relanza ahora para celebrar su dimensión artística.

“Convirtió lo que hasta entonces eran simples prótesis en verdaderos objetos de deseo. Influyó en todas las marcas de lujo”

Creador de algunas de las piezas más sublimes y exitosas de la óptica, a Udo Proksch le encantaba disparar su pistola Boomer de 9 mm en público, completamente ebrio. También completamente sobrio. Su inabarcable e inquietante gama de actividades incluía chantajear, estafar, traficar con armas, pintar globos oculares sobre pañuelos de seda, innovar en el arte de la alta pastelería, dirigir pe­lículas experimentales, seducir a mujeres compulsivamente, desarrollar inventos imposibles, quizás incluso espiar para el KGB y, en definitiva, epatar a una élite vienesa que le amaba y odiaba a partes iguales.

El episodio más siniestro ocurrió en 1977, cuando un buque de su propiedad, el Lucona, explotó en aguas del océano Índico, provocando la muerte de seis marineros. Una década después se descubriría que Proksch había organizado el hundimiento, con una bomba de relojería, para estafar a la compañía aseguradora del barco. Proksch había declarado que transportaba una carísima procesadora de uranio y recibió 18 millones de dólares (en realidad llevaba un viejo equipamiento de minería de carbón). Cuando se destapó el asunto, varios miembros del Gobierno austriaco ­intentaron obstruir la investigación. Todos ellos acabarían destituidos y algunos condenados. Durante décadas, el nombre de Proksch fue sinónimo de corrupción política.

“Algunos le adoran y encuentran la historia de su vida increíble. Y otros, los más mayores y que recuerdan los tiempos en los que sucedió este episodio, probablemente se sienten menos cómodos con todo aquello”, explica Michael Jardine, propietario de Brando Eyewear, empresa que diseña y produce gafas de alta gama, como las del diseñador japonés Yohji Yamamoto.

Diseños e imágenes pertenecientes a los archivos personales de Udo Proksch, que incluyen más de 1.000 monturas y 6.000 documentos. ver fotogalería
Diseños e imágenes pertenecientes a los archivos personales de Udo Proksch, que incluyen más de 1.000 monturas y 6.000 documentos.

Jardine es además un gran coleccionista de monturas, con más de 9.000 piezas de época en su haber. Tras adquirir el legado completo de Udo Proksch, ha decidido relanzar Serge Kirchhofer, una de las marcas de las que fue responsable. “A nosotros no nos interesa Udo el sociópata”, continúa Jardine, canadiense de nacimiento y afincado en Hong Kong. “Esa historia se ha contado ya un montón de veces. Lo que nosotros buscamos, y aún no ha sucedido, es una celebración de su genio creativo”.

Además de Kirchhofer. Proksch fue también responsable del diseño de las marcas Viennaline y Carrera. Todas ellas eran propiedad del empresario Wilhelm Anger, inventor del material plástico Optyl, con el que revolucionó el sector de la óptica por su ligereza y que dio nombre a su compañía. En 1957, Anger decidió convocar un concurso para encontrar un nuevo diseñador y Proksch fue el ganador. Tenía 23 años. Graduado de la Escuela de Artes Aplicadas de Viena, era un inmigrante de Alemania del Este que antes había estudiado agricultura y había trabajado de minero y de limpiador de cadáveres en la morgue. De adolescente, había pasado por la academia Napola, vivero de jóvenes nazis en la que su padre, que frecuentaba a Heinrich Himmler, le había internado.

El creador, en 1972, en el Damel de Viena, un café que convirtió en el local de moda, el Club 45. ver fotogalería
El creador, en 1972, en el Damel de Viena, un café que convirtió en el local de moda, el Club 45.

Tras hacerse con el control creativo de Viennaline y Carrera, Proksch comenzó a crear piezas superventas, como el modelo Gigi, del que se despacharon 13 millones de unidades. Sus diseños revolucionaron la industria de la óptica. “Viennaline vendía tanto como hoy día Ray-Ban”, explica Jardine, “y por ello fue premiado en 1961 con su propia línea, Serge ­Kirchhofer, que devino en la marca de lujo de Optyl”.

En opinión de Jardine, se dio una alineación perfecta de planetas. “Tienes a un genio creativo trabajando con una compañía de éxito masivo al que le dan carta blanca para hacer lo que quiera. Y lo hace sin límites, sin preocuparse de si vende o no. Utilizando materiales nobles y carísimos. Y sin la cautela comercial habitual. Dejó volar su imaginación y eso se ve en el producto, en el envoltorio, en la publicidad”.

El alemán, durante su juicio en 1992.
El alemán, durante su juicio en 1992.

En la madrileña Óptica Toscana —­donde comercializan las marcas más vanguardistas del mercado— conocen bien la biografía de Udo Proksch, así como la historia de Serge Kirchhofer, que se encargan de distribuir: “La firma revolucionó el mundo de las gafas, es la responsable de convertir lo que hasta entonces eran simples prótesis en verdaderos artículos de deseo con carácter aspiracional. Influyeron en todas las marcas de lujo desde ese momento hasta nuestros días”, explica la propietaria, Mamen Domínguez.

Proksch era además un genio de las relaciones públicas. Sus invenciones descabelladas —como la de enterrar los cuerpos en vertical, con una reproducción de la cabeza por fuera, para ahorrar espacio en los cementerios— eran recogidas por los medios de comunicación y le ayudaron a tejer una red de amistades entre la alta burguesía, atraída de modo irresistible por su carácter impredecible.

“En 1971 compró el salón de té más famoso de Austria, Demel, y allí creó el Club 45”, relata la biógrafa de Proksch, Ingrid Thurnher. “La mitad del Gobierno de la época —los socialistas del SPÖ— y todo aquel que fuese importante en el país se dejaba caer por allí. Era también el lugar donde se organizaban fiestas salvajes que incluían pasatiempos muy poco escrupulosos”. Proksch documentaba gráficamente aquellas bacanales para protegerse en caso de que alguno de sus negocios menos públicos fuese descubierto. Y ese día llegó el 29 de enero de 1991, 14 años después del hundimiento del Lucona. Cuando el submarino fletado por el juzgado que investigaba el caso encontró los restos del barco hundido. Y se pudo condenar a Proksch.

Se confirmó que las explosiones se habían producido sobre los motores, la zona en la que Udo Proksch había insistido en que se situase su falsa carga. Antes de soltar amarras en el puerto italiano de Chioggia a finales de 1976, Proksch regaló al capitán del barco una tarta para desearle un buen viaje. Fue el documentadísimo libro del periodista Hans Pretterebner sobre el caso Lucona, publicado en 1987, el que puso en marcha la maquinaria judicial e hizo huir del país a Proksch, avisado por sus poderosos amigos antes de que la policía lo detuviese. Acosado por la Interpol, hizo escala en Filipinas, donde se alojó un tiempo en casa de sus amigos el expresidente Ferdinand Marcos y su esposa, Imelda, de la que se rumoreaba que fue amante. Aprovecharía esta escala para transformar su físico con una operación de cirugía estética. Finalmente fue detenido en Londres en 1989 y trasladado a Austria. Allí fue sentenciado a 21 años de prisión. Murió en 2001 durante una intervención quirúrgica de corazón.

Encerrado, continuaría inventando objetos y pintando, reconstruyendo entre rejas el universo excesivo y sensual que lo convirtió en un diseñador de culto.