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Viaje al mundo posible de la República de Cataluña

La República es la conquista de una sociedad de ciudadanos con profundas convicciones democráticas, unidos como un 'sol poble', enfrentados a un Estado autoritario

Josep Rull y Jordi Turull a su llegada a la sede del Tribunal Supremo en Madrid.

La teoría de los mundos posibles, formulada por Lubomír Doležel, sostiene que la ficción crea un mundo autónomo, semánticamente diferenciado del mundo real, al que sólo se puede acceder por la vía textual. El procés, como ficción, no se entiende en la realidad sino en los tuits de Rufián o de Pilar Rahola, en los discursos de Torrent desde su Arcadia moral liderando un Frente Amplio Republicano Antirrepresivo, en las consignas de TV3 con sus estrellas hablando de muertos o las pancartas de la ANC, en las épicas decimonónicas del Liceu... Y ahí, claro está, en esa ficción, por supuesto la República de Cataluña es la conquista de una sociedad de ciudadanos con profundas convicciones democráticas, unidos como un sol poble, enfrentados a un Estado autoritario represor. España, claro, no es una democracia europea sino el franquismo eterno.

Volvamos, al menos por un párrafo, a la realidad: desde que se aprobaron las leyes de desconexión en septiembre, la Generalitat encarriló el desenlace del procés fuera de la legalidad. Esas leyes vulneraban el ordenamiento constitucional de una democracia europea —no perfecta, pero de hecho una democracia plena, según el ranking de The Economist— para dar cobertura ilegal a un referéndum obviamente ilegal, que deparó después la DUI. Todo eso sucedió fuera de la Ley… y era, por tanto, una estrategia delictiva contra el Estado. A partir de ahí, el asunto ya no era sólo político; y correspondía actuar a los tribunales, como en cualquier Estado de derecho. Los delitos imputados son graves, y empeorados por el riesgo real de fuga y de reiteración delictiva. Todo esto, en el mundo adulto de la realidad, es elemental.

Entonces, ¿cómo es posible que cunda la idea de que los presuntos autores de esos delitos son presos políticos y que están en prisión por la persecución de un Estado autoritario? La respuesta es simple: ficción. Esa es la clave. El procés es el imaginario ficticio de un mundo posible por supuesto desconectado de la realidad. Políticos, periodistas, activistas alineados con la causa indepe —sobre todo en Cataluña, pero no sólo allí— razonan desde el marco mental de que todo aquello no sucedió así, y sólo fue política, es decir, teatralización de voluntades. Una vez reescrita la historia, como si nadie hubiera cometido delitos desafiando el orden constitucional, se puede entender su estupor al ver a sus dirigentes en la cárcel o prófugos. Lógico. En definitiva, para ellos el procés no estaba fuera de la Ley, porque de hecho estaba por encima de las Leyes.

Viajar al mundo posible del procés sólo puede hacerse así, trasladándose al plano de la ficción. Ese es el constructo intelectual. Y en la ficción es perfectamente normal que el presidente del Parlament de la República sostenga que “ningún juez tiene legitimidad para perseguir al president de todos los catalanes”. Y que vean a Puigdemont en la Alemania del siglo XXI como a Companys en manos de los nazis. Y que la ANC confiara en investir a Puigdemont en la prisión alemana, algo en lo que JxCat trabaja con la CUP. Y que intimidar jueces sea antifascismo, porque los autos de Llarena son fascistas. Y que la borroka de los chicos de Arran o los Comités de Defensa de la República sea un impecable ejercicio democrático de pacifismo comprometido. En su ficción son un sol poble, los prófugos son exiliados, Cataluña es la Arcadia del sol poble. En su ficción, como en cualquier ficción, todo es posible para ellos. Y por eso el desenlace del procés va a ser tan difícil. Su semántica ficticia es refractaria completamente a la realidad. En la ficción no funciona apelar a la razón o al orden, porque, en definitiva, en la ficción todo es como sus creadores quieran que sea.

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