Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

¿En qué consiste “una extraordinaria novela de amor”?

El mito de Lolita se engendró en los años 60, cuando el sexo era considerado un acto transgresor que condujo a cierta permisibilidad hacia el encuentro sexual niño-adulto

Vladímir Nabokov. Getty
Vladímir Nabokov. Getty

Lolita es una novela profunda y brillante, llena de matices y sugerencias, de inagotables lecturas, entre las que no cabe la apología de la violación. No obstante, tanto su recepción, desde Lionel Trilling hasta Nina Berberova, como el imaginario que generó, ayudada por la película de Kubrick, vulgarizaron su contenido y la convirtieron en una aparente historia de amor de la que surgió el mito de Lolita: adolescente seductora y provocativa, según la RAE.

Poco a poco, los cambios sociales han modificado esta interpretación hegemónica centrando la atención en el rapto y el abuso de la protagonista. Acorde con esta sensibilidad, en la nueva portada de Henn Kin para Anagrama encontramos la imagen de una niña atravesada por una cuerda para juguetes, subrayando su carácter de objeto, su indiscutible condición de víctima. Sin embargo, en el texto de la contraportada, la misma editorial sigue manteniendo que se trata de “una extraordinaria novela de amor”.

Los sentimientos de una menor hacia un adulto no dan derecho al destinatario a colonizar el cuerpo infantil

¿A qué se debe esta insistencia pertinaz?, ¿podemos denominar amor a una relación de abuso? Objetarán algunos que quizás se refiera a la obsesión de Humbert por Dolores. Pero, ¿podemos considerar amor su deseo? Humbert le pega, la soborna, la considera vulgar, no hay ninguna reciprocidad entre ambos: él detenta el poder, ella es una niña huérfana y sola. De su interioridad él no sabe nada.

"… me impresionó el hecho de que sencillamente no sabía una palabra sobre el espíritu de mi niña querida, y que sin duda, más allá de los terribles clichés juveniles, había en ella un jardín y un crepúsculo y el portal de un palacio: regiones vagorosas y adorables, completamente prohibidas para mí, ajenas a mis sucios andrajos y a mis convulsiones".

Insistir en que se trata de una extraordinaria historia de amor es negar las evidencias en contra que salpican la obra. Aún así:

"Te quería. Era un monstruo pentápodo, pero te quería. Era despreciable y brutal, y túrpido y cuanto pueda imaginarse, mais je t´aimais, je t´aimais. Y había momentos en que sabía cuanto pasaba por ti, y saberlo era el infierno, mi pequeña Dolita, aguerrida Dolly Schiller".

Pero Humbert, como todos los abusadores, confiesan que aman a sus víctimas, aunque nadie les crea.

Ahora bien, ¿no es acaso cierto, objetarán otros, que algunas niñas se sienten atraídas por hombres adultos? Lo es. Lo hacen buscando ternura, por admiración hacia él; o bien porque experimentan un incipiente enamoramiento que el adulto interpreta como deseo erótico. En ningún caso esos sentimientos dan derecho al destinatario a colonizar el cuerpo infantil imponiéndole su sexualidad adulta. Tampoco esto puede ser considerado amor.

Nabokov en la famosa entrevista ofrecida a Bernard Pivot, en Apostrophe, afirmaba:

La atracción de los hombres por las niñas viene de lejos; aún hoy el matrimonio infantil es una lacra

"Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña a quien corrompen y cuyos sentidos no ceden jamás bajo las caricias del inmundo señor Humbert…"

Entonces, ¿por qué surgió el mito? Si todo mito surge como respuesta a una necesidad humana de conocimiento, de inmortalidad, de explicación o fusión con la naturaleza, ¿cuál fue la necesidad que convirtió a una pobre niña en seductora y provocativa?

Remontémonos a los años sesenta en los que apareció la novela; la película de Kubrick es del 62. Nos encontramos en pleno apogeo de la revolución sexual americana, que en Europa culminó en mayo del 68, del que ahora se cumplen 50 años. El sexo era considerado un acto de libertad, transgresor y revolucionario, lo que condujo a cierta permisibilidad hacia el encuentro sexual niño-adulto, si era consentido. Bajo el paraguas del consentimiento se obviaba la asimetría. Hubo intelectuales franceses como Sartre o Simone de Beauvoir, el futuro ministro de cultura Jack Lang o André Gluckmann, que firmaron cartas de apoyo a algunos pederastas detenidos. La sexualidad escapaba de la represión victoriana del XIX y se expandía gozosa, alegremente. Lolita, se difundió, pues, en terreno abonado. ¿A qué necesidad servía?

La atracción de los hombres por las niñas viene de lejos; aún hoy el matrimonio infantil es una lacra contra la que luchan los gobiernos de Pakistán o la India. El patriarcado enseña a los hombres a dominar a las mujeres, y cuanto más jóvenes más moldeables son. Como Pigmalión, el dueño de una niña puede conformarla a su antojo. La revolución sexual legitimó estos deseos. Sin embargo, reconocerlos abiertamente entraba en contradicción con un contexto donde también se enaltecía la igualdad entre los sexos y se aplaudía el placer y la autonomía de la mujer, antes negados. ¿Es posible que la ola de defensa de la pederastia surgiese como reacción a la igualdad reivindicada por las mujeres?, ¿que los hombres añorasen a la mujer callada y dócil, y que a medida que esta exigía sus derechos volviesen la mirada hacia las niñas? Sería una tesis sustanciosa.

El caso es que, entre el reconocimiento de la igualdad y el deseo de seguir contando con una mujer-niña sumisa, la solución solo podía ser una: que el abusador proyectase en la menor su pasión fabulando un encuentro recíprocamente deseado. Inventar a las Lolitas. Llamar a todo esto historia de amor.

Lola López Mondéjar es escritora.

 

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.