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Feminismo contra el suicidio demográfico

Un país envejecido, más que el resto de Europa, pone en peligro su futuro

Isabel y María, arquitecta y licenciada en Comunicación, juegan con sus hijos en su casa en Quito (Ecuador).
Isabel y María, arquitecta y licenciada en Comunicación, juegan con sus hijos en su casa en Quito (Ecuador). EFE

Que tener un hijo pueda ser una decisión catastrófica para la carrera profesional de una mujer es una injusticia amarga, pero además una catástrofe social. La gran brecha se produce a partir de la maternidad. En la franja con menos 30 años, esa brecha salarial está por debajo del 5%; pero a partir de ahí crece progresivamente hacia el 20%. La edad de tener hijos se ha retrasado, en efecto, a los 32. Hay otros factores, pero éste es determinante en la desigualdad. En 2016, la tasa de empleo de mujeres sin hijos era del 72,5%, ligeramente mayor que la tasa de empleo de hombres en la misma situación, 72,1%; en cambio, cuando hay hijos, la tasa de ocupación de los padres es del 82,8% por un 63,5% de madres. Y en el entorno laboral va apareciendo la brecha de horas extras, pluses… y de promoción. La maternidad, antes que los méritos, marca a la mujer y puede suponer un alto precio.

La política igualitaria requiere intervenir en el impacto laboral de la maternidad

Tener hijos, así pues, tiende a resultar profesionalmente calamitoso. Y si a alguien no le persuade la injusticia indignante de que la maternidad suponga un hándicap laboral severo, tal vez podría al menos persuadirle su impacto en el suicidio demográfico. España ha llegado a ser uno de los países con tasa de natalidad más baja. En 2016, por segundo año, hubo más muertes que nacimientos. Desde el comienzo de la crisis en 2008, la caída de éstos ha sido del 21%. Desde la Transición, la tasa bruta de nacimientos se ha partido por dos y ya no llega a 9 por 1.000 habitantes. Estos datos hacen inviable la “salud demográfica”; puesto que además el número de mujeres en edad fértil cae. Para asegurar la población activa hay que tener 2,1 hijos; con la tasa española de 1,3 se produce un envejecimiento fatal. Y la sociedad asiste desde hace años a este suicidio demográfico mirando absurdamente para otro lado.

Un país envejecido, más aún que el resto de la vieja Europa, pone en peligro su futuro. Las sociedades mayores se vuelven conservadoras, no sólo en sus ideas, y adoptan mentalidades defensivas que empantanan la innovación, la creatividad, la investigación. Garrigues Walker lo resumió bien en cuatro claves: “Un país envejecido pierde garra, curiosidad intelectual, sentido del riesgo, ambición”. También Azorín había definido la vejez como “la pérdida de la curiosidad”. Y en el mundo global, la ciencia y la tecnología marcan la competencia.

Hacer política igualitaria requiere intervenir en el impacto laboral de la maternidad; pero, efectivamente, si alguien es tan miope para no entender que eso ante todo es justo, al menos debería ser suficientemente egoísta para aceptar que es necesario, porque lo contrario resulta peligroso. Las dificultades laborales de la maternidad no son la única causa del envejecimiento, pero esas dificultades contribuyen a un problema demográfico muy amenazante. Y el feminismo es una esperanza ya que hasta ahora la clase política ha soslayado esta verdad incómoda por temor a su impacto electoral. Frente a esa inercia demográfica que conduce al precipicio despreocupadamente, podría ser un éxito colateral. Parafraseando a Rajoy, los españoles, además de muy españoles, han de ser “mucho españoles”.

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