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La nueva danza de Jean-Paul Goude

Kim Kardashian, retratada por Goude para la portada de la revista Paper (2014).
Kim Kardashian, retratada por Goude para la portada de la revista Paper (2014).

Diseñador, fotógrafo e ilustrador, el autor de algunas imágenes icónicas en la memoria visual del último medio siglo vuelve al primer plano como director creativo de la firma Desigual.

COMO EL personaje de un musical, Jean-Paul Goude ha pasado la vida a merced del ritmo. En alas de la danza. El Gene Kelly de la ilustración, todo movimientos vigorosos y coloristas, el trazo acrobático. El Bob Fosse de la fotografía, coreógrafo experimental y provocador, el jazz hecho imagen. El Danny Kaye del diseño gráfico, alarde de músculo e ironía, la pegada rápida y efectiva. Aunque su intención, confiesa, nunca haya sido más que bailar su existencia como la de un alegre pandillero a lo West Side Story, al margen de lo establecido, invariablemente a su manera. “Solo sé hacer dos cosas bien: bailar y dibujar. El resto es cero. Nada”, repetirá a lo largo de la conversación. Conste que en semejante peripecia vital siempre ha bailado con la más guapa: Radiah Frye, Farida Khelfa y Grace Jones, por supuesto. Pero también Andy Warhol, Harold Hayes, Karl Lagerfeld o Azzedine Alaïa. Ahora le toca a la firma Desigual ser la pareja de baile de Jean-Paul Goude.

Campaña de la colección Desigual Couture SS18.
Campaña de la colección Desigual Couture SS18.

“No podríamos ser más distintos”, afirma con la sonrisa extendida el artífice de algunas de las imágenes más enraizadas en la memoria visual del último medio siglo. A sus 77 años, Goude comparece como director artístico de la marca barcelonesa, hito catalán de la moda rápida levantado por el suizo Thomas Meyer en 1984. El fichaje se anunciaba a bombo y platillo el pasado agosto, para presentarse en sociedad apenas un mes después durante la semana del prêt-à-porter de Nueva York. Con un Campari en la mano, a Goude, asegura, se le suelta la lengua. “Por eso mi agente prefiere que no beba durante las entrevistas”, ríe dirigiendo una mirada traviesa a la aludida. Hay algo de aquel pequeño malin de Saint-Mandé (pequeño municipio de las afueras de París) que el genio de la imagen se resiste a dejar atrás. De su encuentro con Meyer, recuerda: “Vino a verme a París y me encontré con un hombre encantador, alguien de mi generación que me contó cómo se había hecho millonario. Me impresionó. Lo que no quita que fuera crítico con él. Le dije que los anuncios de Desigual que había visto en prensa me parecían ‘demasiado fuertes’, que no tenían nada que ver con mi trabajo. Trataba de ser diplomático, por supuesto [ríe socarrón]. No estuve seguro hasta que un día, durante una comida, me di cuenta de que compartíamos los mismos sólidos principios y de que, en el fondo, nuestro objetivo era común: vestir a la gente joven a nuestra manera”.

Backstage del desfile de presentación de Goude como director creativo de Desigual (Nueva York, 2017).
Backstage del desfile de presentación de Goude como director creativo de Desigual (Nueva York, 2017).

Desigual se encuentra en pleno proceso de reformulación. Después de haberse empeñado en ser “más grande” (500 de puntos de venta en 100 países, colecciones con más de un millar de piezas), ahora prefiere “ser mejor”. La compañía —cuyo nombre fue sugerencia, por cierto, de la cineasta Isabel Coixet— quiere posicionar al consumidor en el centro de la experiencia de compra, por lo que está ensayando un nuevo modelo de tienda diseñado en función de sus demandas. Cierto que la facturación en ventas cayó un 7,8% en 2016 (por un valor de 861 millones de euros), pero los beneficios netos lograron crecer hasta un 9% (71 millones) merced al plan de eficacia iniciado hace tres años. La irrupción en esta renovada escena de Jean-Paul Goude hay que entenderla como un muy mediático golpe de efecto para “visualizar y dar coherencia conceptual” a la imagen de marca, según explica Daniel Pérez, director global de comunicación de la firma.

“Muchas de mis imágenes no podría realizarlas hoy… Me fastidia bastante esta caza de brujas en la que nos hemos instalado”

“Para mí, este trabajo ha sido como la cuadratura del círculo”, concede Goude. Y entonces comienza a relatar una historia que nunca ha trascendido: “Antes de morir mi madre, hace cinco años, me reveló un secreto familiar. Mi abuelo tuvo una tienda de ropa, algo que mi padre jamás quiso que supiera. Fue su manera de protegerme de su propio pasado: él se había quedado huérfano de niño y, tras salir del orfanato, tuvo que aprender a buscarse la vida. El caso es que en mi casa no dejaba que se hablara de moda. Mi contacto con ella era a través de los amigos de mi madre, bailarina y coreógrafa, una pandilla de gais que rivalizaban por ver quién vestía mejor. Así que ahora que estoy diseñando mi propia colección no puedo evitar pensar en mi padre y de sentirlo más cerca que nunca”. En efecto, por insistencia de Meyer, presidente y consejero delegado de la marca, Goude también se ha lanzado finalmente a crear una pequeña colección, que se venderá exclusivamente en la boutique insignia barcelonesa de Desigual y en contadas tiendas multimarca internacionales.

Grace Jones, en la portada del álbum Slave to the Rhythm (1985).
Grace Jones, en la portada del álbum Slave to the Rhythm (1985).

Goude fue bailarín antes que fraile de la imagen. Comenzó en París a instancias de su progenitora, aunque lo odiara (“Era un chico de los suburbios y reconozco que entonces era un poco homófobo: los tíos duros, los machos, no bailaban”, confiesa). Con todo, en Nueva York estudió ballet con el mismísimo Robert Joffrey: “Fue él quien me dijo que aquello no era para mí, que no poseía la fortaleza física para dedicarme a la danza profesionalmente. Y tenía razón”. Consciente de sus propias limitaciones corporales, comenzó a proyectar sus fantasías en cuerpos ajenos, preferiblemente en los de las mujeres de color, por las que sentía una admiración superlativa, primero dibujándolas para revistas como Esquire y Harper’s Bazaar, y más tarde por su cuenta y riesgo. “Soy un ilustrador al que le gusta contar historias a través de sus dibujos”.

La nueva danza de Jean-Paul Goude

“Si Thomas me lo permite, lo que de verdad me gustaría es desarrollar antes una idea de espectáculo que de moda”, dice, abundando en el discurso de una industria cada vez más abonada a la cultura del entretenimiento. Dibujar, fotografiar, coreografiar un desfile o una campaña publicitaria sigue siendo lo que le impulsa desde mediados de la década de los setenta, cuando las poderosas imágenes de sus mujeres de anatomías alteradas —un trabajo artesano de corta y pega de negativos fotográficos que aún cultiva— dieron un vuelco a la iconografía de la época. Una obra de fuerte carga erótico-sexual y racial que, vista con ojos actuales, le traería más de un problema: “Por supuesto, soy consciente de que muchas de mis imágenes no podría realizarlas ahora mismo. Y lo entiendo”. Y refiere, por ejemplo, una instantánea que aparece en su célebre monografía Jungle Fever (1983) bajo el título Arabesco negro, con la que fuera su musa y tormentosa pareja Grace Jones ejecutando un movimiento de danza: “La primera que se lo tomó a broma fue ella. ‘¡Ja, una negra haciendo un arabesco!’, exclamó. No sabe los quebraderos de cabeza que me ha traído. Me pasa lo mismo con aquella otra imagen de ella desnuda y enjaulada como un animal. ¡Pero es que Grace era y es así de peligrosa, una devoradora de hombres!”, afirma de la madre de su primogénito, Paulo. “En cualquier caso, me fastidia bastante esta especie de caza de brujas en la que nos hemos instalado. Todo es culpa de la maldita corrección política”.

Así retrató Jean-Paul Goude a Rihanna el año pasado para la edición francesa de Vogue.
Así retrató Jean-Paul Goude a Rihanna el año pasado para la edición francesa de Vogue.

Dice Jean-Paul Goude que hace tiempo que no ve una buena idea creativa. Como si él, que convirtió el exagerado trasero de su primera novia famosa, la modelo y actriz afroamericana Toukie Smith, en bandeja para una copa de champán, o a Vanessa Paradis en trasunto de Piolín como gancho de un perfume de Chanel en 1991, las hubiera agotado todas. Y quizá tenga razón. De hecho, al que fuera coreógrafo del gran desfile urbano para el bicentenario de la Revolución Francesa en 1989 (“Medio millón de personas bailando en las calles de París y vestidas por mí, ¿no es increíble?”, apunta) le acaban de “robar” la última. Se enteraba pocas horas antes de este encuentro, mientras trabajaba en su sesión por la mañana: la flamante campaña de Benetton, esa con la que su aclamado colega Oliviero Toscani regresó a la marca italiana para devolverle al menos el lustre/ruido mediático, es una copia de la suya para Desigual. “Me llamó hace tres semanas para decirme que iba a publicar un libro y que quería que figurara en él. Le invité a venir a París y no hizo más que regalarme los oídos: que envidiaba el universo tan personal que yo había creado. Me extrañó que no tomara ni una nota”, explica. “Ahora me doy cuenta: quería saber lo que yo estaba haciendo. Es patético, porque él es un tipo de mi edad y con el talento de sobra como para necesitar de estas mierdas”. En la compañía barcelonesa todavía no saben cómo maniobrar ante tamaño giro de los acontecimientos. Goude lo despacha así: “Es la confirmación de lo que siempre he sostenido: que vales tanto como tu último trabajo”. 

Vanessa Paradis, en la campaña para el perfume Coco de Chanel (1991).
Vanessa Paradis, en la campaña para el perfume Coco de Chanel (1991).