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El pequeño de los Morente pide paso

Kiki Morente se estrena como cantaor en ‘Albayzín’, que resume el eterno dilema del flamenco: ceñirse a la ortodoxia o conseguir que el público descubra lo jondo

morente
Durante la sesión fotográfica en el Hotel Axel Madrid, Kiki Morente dio una sola indicación a la maquilladora: que no “domara” su cabello rebelde. Deseo concedido. Maquillaje y peluquería: Cristina Libertad (COOL) para Bioderma y Kiehl’s. Agradecimiento: Axel Hotel Madrid (Atocha, 19. Madrid).

Aún le queda un poco para cumplir los 30, pero José Enrique Morente (Granada, 1989), Kiki para los amigos (y ahora también para el público), ya ha tenido tiempo de reinventarse. “Soy un guitarrista retirado”, bromea, “pero llega un momento en que la cabra tira al monte, y a mí siempre me gustó cantar, como a todos”. En su caso, ese “todos” es literal. Cantaor era su padre, Enrique Morente, (fallecido en 2010), y lo son sus hermanas, Estrella y Soleá. Ahora le llega el turno, con un debut largamente anunciado. “No ha habido prisas”, explica. “He esperado a encontrar el momento adecuado para este disco, mi carta de presentación como cantaor de flamenco”.

Cantaor de flamenco. Ni cantante, ni intérprete, ni artista, sino cantaor. Hay un apego obstinado a la ortodoxia en el modo en que el pequeño de los Morente ha afrontado este primer disco, un homenaje al Albaicín que bebe conceptualmente de su idilio familiar con Granada. Los experimentos y la fusión con otras músicas, explica, llegarán más adelante. “Mi padre dejó unos deberes, unas pautas que hemos llevado a cabo. La idea era crear un disco para empezar una vereda como cantaor. Empezar desde lo más básico, de los cimientos. He querido hacer un disco de clásico”, señala.

Y como los discos clásicos, cada canción del álbum corresponde a un palo distinto: bulerías, tangos, fandangos, soleás, sevillanas, polos y tarantos. Es una especie de examen de reválida destinado a conquistar una legitimidad que, a pesar de todo, sigue siendo importante. La impronta académica de Morente padre se aprecia en el álbum igual que se apreciaba en Mi cante y un poema (2001), el meteorito con que su hermana mayor, Estrella Morente, irrumpió en el panorama discográfico. Kiki tenía 12 años.

"Mi padre dejó unos deberes, unas pautas que hemos seguido con la idea de abrir una vereda y empezar una carrera de cantaor. Hay que empezar desde los cimientos, y yo he querido hacer un disco de clásico"

“Recuerdo esas grabaciones como algo precioso, a mi padre, superinvolucrado, disfrutándolo al máximo, y a todos los artistas que pasaron por Granada para grabarlo”. Ahora, asegura, su hermana mayor ha tomado el liderazgo. “La carrera de Estrella se nos ha pasado volando de tan bonita que ha sido, y cuando nos hemos querido dar cuenta ha tomado las riendas de la casa y se ha hecho la patriarca de la familia. Estoy muy orgulloso de tenerla dándome consejos día a día.” ¿Cual es el mejor? “Me dice que sea cada día más aficionado. Que no me aleje del cante. Que lo clásico es lo primero que me hace falta”.

En su debut interpreta unas bulerías homenaje a Manuel Vallejo, un remoto astro del cante fallecido casi 30 años antes de que Kiki naciera, pero también se rodea de guitarristas que representan varias dinastías y generaciones de la aristocracia flamenca. Juan y Pepe Habichuela, Juan Carmona Camborio, Rafael Riqueni, Josemi Carmona, Montoyita o Diego del Morao acompañan a Kiki en este disco, pero también en sus redes sociales.

No todo es clasicismo. Le preguntamos por unos Tangos del Albayzín cuya sofisticada producción recuerda que, a fin de cuentas, Kiki es hijo del mismo Morente que supo erigirse en un maestro del mestizaje y la transgresión. “Mi padre era un amante de los sonidos y de la innovación, pero siempre le gustó respetar y llevar cada cosa a su sitio”.

Al fin y al cabo, la ortodoxia, además de un tema de discusión casi infinito, es un arma de doble filo. “Tratamos de aprender la lección que nos han dejado los maestros, la fuente de los cantes y sus proyectos para intentar que la gente que está fuera del flamenco se acerque a él”, apunta. “El proyecto de los flamencos jóvenes es llevar el flamenco a la gente joven”.

Si tiene que elegir entre gustar a un profano o a un experto aficionado, el joven Morente duda: “Yo creo que las dos. Gustarle al profano es importante, pero el flamenco transmite mucha emoción y es relativamente fácil. Gustarle al aficionado es un poco más difícil, y hay que hacerlo lo mejor posible para que no te tiren piedras. Pero está claro que hace falta que hablen de ti. Para bien o para mal”.

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