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Apología del equidistante

El arte es útil siempre y cuando no se proponga serlo: en cuanto se lo propone, se convierte en propaganda o pedagogía, y deja de ser arte.

LA PALABRA se puso de moda en los años finales de ETA: el equidistante era quien decía no estar ni con los terroristas ni con quienes los combatían, quien buscaba situarse a medio camino entre ambos. Era un término peyorativo, y con razón; hay cosas entre las que no se puede ser equidistante: no se puede ser equidistante entre la justicia y la injusticia, entre las víctimas y los verdugos, entre la democracia y quienes buscan destruirla. Lo anterior, sobra decirlo, vale para casi cualquier circunstancia extrema. No me explico, por ejemplo, que se siga hablando con aprobación, a propósito de la Guerra Civil, de la llamada Tercera España, entendiendo por tal la de quienes decían no estar ni con los franquistas ni con los republicanos y buscaban situarse a medio camino entre ambos; y aún me explico menos que quienes siguen elogiando esa entelequia tramposa sean a menudo los mismos que abominaban de la equidistancia en relación con ETA: ¡pero si precisamente el horror que define la guerra es que la violencia obliga a elegir un bando, que se acabaron los matices, que tertium non datur! ¡Pero si precisamente en 1936 también se trataba de un combate entre la democracia (por muy pobre, precaria e imperfecta que fuera, por mucho que para entonces ya muy pocos creyeran en ella) y quienes dieron un golpe de Estado para destruirla! Así que es verdad: al menos en situaciones extremas, la equidistancia está muy mal. Pero ¿lo está siempre? ¿Lo está sin excepción?

Todo gran artista moderno padece esa escisión. No conocemos la ideología de Shakespeare, pero es inútil buscarla en sus dramas

Todos ustedes recuerdan dos de los mejores cuadros sobre la guerra que se han pintado jamás: La carga de los mamelucos y Los fusilamientos del 3 de mayo. Goya los pintó por encargo en 1814 y los concibió como un díptico. El primero representa una escena del levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra los franceses, cuando los insurrectos se abalanzaron contra un destacamento de mercenarios egipcios que combatían del lado de los invasores; el segundo representa una escena del día siguiente, cuando, una vez sofocada la rebelión, los franceses fusilaron a algunos de sus protagonistas. Lo extraordinario es que, en cierto sentido, ambos cuadros son reflejos especulares uno del otro: en el primero los españoles son los verdugos y los franceses las víctimas; en el segundo ocurre lo contrario. Goya no toma partido; no juzga: sólo mira, sin apartar los ojos; sólo entiende, con un coraje y una lucidez inauditos. ¿Significa esto que el pintor fue equidistante en aquel momento extremo para su país? En absoluto: Goya era un ilustrado que sin duda vio en las luces que iluminaban la Francia revolucionaria un instrumento de modernización de España, pero que se horrorizó ante la violencia desatada por la invasión napoleónica; esa tensión desgarradora es el secreto motor de ambos cuadros, el carburante moral que les permite entender lo que nadie ha entendido como ellos: el espanto absoluto de la guerra. O dicho de otro modo: Goya no era equidistante, pero sus cuadros sí lo son. Todo gran artista moderno padece esa escisión. No conocemos la ideología de Shakespeare, pero es inútil buscarla en sus dramas; tampoco conoceríamos la ideología de Dostoievski por sus novelas, al menos por sus mejores novelas. Y es que una de las primeras obligaciones de un escritor al ponerse a escribir consiste en evadirse de sus convicciones, en ponerlas en cuarentena, en suspender el juicio; sólo así puede aspirar a que sus obras vivan del todo y a entender mediante ellas la laberíntica complejidad de lo que somos. Entender, avergüenza repetirlo, no significa justificar: significa procurarse los instrumentos para no volver a incurrir en los mismos errores.

No creo en esa superstición moderna, o más bien posmoderna, que dicta que el arte no es útil. Por supuesto que lo es, siempre y cuando no se proponga ­serlo: en cuanto se propone ser útil, el arte se convierte en propaganda o pedagogía, y deja de ser arte. Es lo que ocurre cuando el artista, en vez de encarnizarse valerosamente en tratar de entender, se resigna a la cobardía y la pereza de tomar partido y juzgar. Un artista puede no ser equidistante en su vida, pero está obligado a serlo en su obra.