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Manipúlateme

La propaganda política extremada hasta la reducción al absurdo puede moderar a los radicales

Enfrentamientos recientes en Hebrón.
Enfrentamientos recientes en Hebrón. EFE

La técnica matemática de la reducción al absurdo es poco intuitiva pero muy eficaz. Si quieres demostrar tu proposición favorita y no logras hacerlo directamente, creas un mundo paralelo en que tu proposición favorita sea falsa y, en un ejercicio tenaz de crueldad filosófica, deduces que ese mundo es absurdo y no hay por donde cogerlo. Por tanto, tu proposición favorita debe ser cierta: solo ella garantiza la cordura de nuestro sistema de conocimiento.

Si una noticia enfada a un israelí, lo mejor que se puede hacer para moderar su ánimo es mostrarle lo mucho que la misma noticia enfada también a un palestino

Es bien curioso que esta técnica matemática, reconocidamente sofisticada y artificiosa, funcione en la resolución de conflictos en el mundo real. Lee en Materia cómo la psicología del odio que han mamado israelíes y palestinos responde a una manipulación equiparable a la reducción al absurdo. Si quieres convencer a alguien de que su idea es errónea, no se lo digas directamente: muéstrale adónde conduce su idea si se lleva al extremo. Él mismo lo entenderá entonces. Es un ejemplo de la estrategia psicológica del pensamiento paradójico. El choque frontal no genera la disonancia cognitiva necesaria para que alguien cambie de opinión. Es la paradoja, con su bajo nivel de desacuerdo, la que abre la mente a territorios inexplorados.

Si una noticia enfada a un israelí, lo mejor que se puede hacer para moderar su ánimo es mostrarle lo mucho que la misma noticia enfada también a un palestino. Si a un grupo mixto de adolescentes israelíes y palestinos se le expone al concepto de “maleabilidad”, empiezan a colaborar tan bien que construyen unas torres el doble de altas que sus grupos competidores homogéneos. La autocrítica del líder enemigo estimula la empatía con él, incluso en el campo contrario.

La insistencia de los psicólogos en que nos pongamos en el lugar del otro parece ser un error en situaciones de conflicto. Si el otro es malo por naturaleza, ponerse en su lugar solo ayuda a odiarlo. Esto no quiere decir que ponerse en el lugar del otro no sea útil para entender cuál es el problema: lo es, y mucho. Inclinar la cabeza en el ángulo adecuado para percibir la perspectiva del enemigo es el mejor truco que puede utilizar un pensador. Pero no sirve para resolver conflictos. Después de esa reencarnación imaginaria, de ese experimento mental, solo queda un artículo académico sobre la naturaleza de la maldad. El odio al malo pervive a esa experiencia intelectual.

Lo difícil no es entender al otro, sino hallar el máximo común divisor que aún te permite alcanzar un acuerdo con él. Ahí es donde se la juegan los mejores cerebros, y donde se ve a los grandes hombres y mujeres de Estado.

La gente puede cambiar. No con mensajes explícitos, que suelen resultar contraproducentes, sino con manipulaciones inteligentes, campañas subliminales y reducciones al absurdo. ¿Crees que esto no es ético? Vale. ¿Y cómo de ético te parece el millón de muertos que esa manipulación podría haber evitado? Lo siento, otra vez deberes para el finde.

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