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OPINIÓN

A pesar de todo, 2017 fue un buen año

Estos meses dejan huellas amargas, claro, pero muchas señales alentadoras

Discurso de Puigdemont en noviembre.
Discurso de Puigdemont en noviembre.

Incluso para quienes militamos en el optimismo racional, y recopilamos cada año los datos que avalan la convicción de que el mundo es un lugar cada vez mejor, persuadidos como Matt Ridley de que el pesimismo de la especie disfruta de prestigio intelectual pero no es ‘optimismo bien informado’ sino todo lo contrario, a decir verdad 2017 se extingue con mal sabor de boca. La causa es Cataluña, aunque debería ser el indicador de pobreza que ha repuntado tras quince años de reducción constante. Pero se trata de un revés coyuntural –por las hambrunas en Sudán del Sur y los conflictos en Nigeria o Yemen– en una tendencia a mejor, sobre todo de pobreza extrema. Claro que hay sombras, como las migraciones desesperadas, pero, a pesar de todo, este ha sido un año de progreso, y 2018 será un año mejor.

Hay muchas noticias sobre las que poner el foco, más allá de Trump o Kim Jong-un. Por primera se corrige una enfermedad hereditaria en embriones humanos. Y ya escuchamos la voz del Universo en las ondas gravitacionales. La pelea no es con el acceso al agua sino con la infraestructura, según el informe de situación de 2017 de la OMS. Hay una muy prometedora línea contra el cáncer alterando la estructura de la cromatina. De dracunculiasis sólo quedan 5 casos en el mundo, y también se alcanza la erradicación de la poliomelitis, ya con sólo 8 casos del poliovirus salvaje. Al empezar 2017, escribía Nicholas Kristof en NYT: “Recuerden: los sucesos más importantes no son los tuits de Trump. Lo que es infinitamente más importante es que sobrevivirán casi 18.000 niños que en el pasado habrían muerto por enfermedades simples, cerca de 300.000 personas ahora contarán con electricidad y la excelente cifra de 250.000 personas que saldrán de la pobreza extrema”. Hay demasiada atención en las malas noticias. Quizá convendría enfatizar la mortalidad infantil bajo el 5% o que Unesco pueda celebrar el hito del menor número de niños sin escolarizar en la Historia, con la casi superación del analfabetismo joven.

Al empezar 2017, la sombra del populismo sembraba incertidumbre e inquietud. Un punto clave era Francia, por el temor a Le Pen en uno de los dos pilares de Europa; y más si también triunfaba Wilders en Holanda. Pero este año la burbuja del populismo ha estallado. En Alemania, el ascenso de la ultraderecha es limitado. El Brexit no es lo que era, y hasta hay quien cree que puede acabar en casi nada. The Economist ha señalado a Francia como país del año porque Macron ha demostrado que se pueden hacer reformas incluso en un país tan refractario como Francia, rompiendo la dinámica de trincheras entre izquierda y derecha. En España, también Podemos ha dejado de tener dimensión de amenaza. Más allá de eso, el sistema ha frenado bastante a Trump, como apuntaba Paul Krugman; y sí, tipos como Erdogan o Maduro representan involuciones, y Kim ha logrado que su botón rojo no permita reducirlo a chiste planetario, pero hay más democracia en el planeta, y mejor perspectiva para la sociedad liberal.

El cambio climático es amenazante, sobre todo porque Trump es un factor de retroceso con el aval del Partido Republicano, pero hay contrapesos como Europa. En energía, varios países progresan en fusión nuclear controlada –Alemania, Corea del Sur, China o Reino Unido– y el MIT apunta a producir energía en red en una década. En Islandia se está convirtiendo el CO2 en roca. Los ensayos con grafeno para una desalinización eficiente han progresado seriamente en la Universidad de Manchester. Y algunos países, como Reino Unido o Francia, ya están usando la fecha de caducidad de 2040 para los coches de gasolina y diesel. Noruega o Países Bajos, antes. Parece abusivo el relato siniestro de ir, inermes, directos a la catástrofe.

Y bueno, sí, en España seguirá el conflicto de Cataluña, difiriendo problemas reales. Estos días se ha citado la independencia en 2024 según Bloomberg. No es un dato, sino una hipótesis de su tradicional Guía Pesimista sin mucho nivel de aciertos. La escenario titulado El conflicto generacional destruye Europa incluye la ruptura previa de Escocia, rematada con Bélgica, y el éxito de Melenchon. Es política-ficción. En cambio, hay buenas razones para creer que la unilateralidad puede estar agotada, tras el fracaso de la declaración de la República de Cataluña, devuelta a la legalidad vía 155, y unas elecciones donde la mitad no indepe fue mayoría. La decepción razonable con los líderes políticos de Cataluña, y en buena medida de España –el partido del Gobierno arrastra un lastre fatal de corrupción– deja un clima envenenado, pero no irrecuperable. Ni siquiera es definitiva la única victoria del independentismo: el desafecto de doble dirección entre catalanes y demás españoles.

El mundo progresa. Nos impresiona un oso desnutrido, aunque sea fake; y dejamos que una mala carga policial con dos heridos en el hospital condicione lo que podemos pensar de nosotros como sociedad. Pero el mundo progresa. Es más, un estudio de Columbia, Cambridge y el Centro de Genoma de Nueva York, muestra que el ser humano todavía evoluciona. El sapiens hace cosas terribles pero también produce The Square, o la serie de The Handmaid’s Tale, o los poemas de Kaveh Akbar. Este “animal que se convirtió en un dios” (Yuval Noah Harari), a veces desconcertante y casi siempre desconcertado, aún es capaz de mejorar. Este último año deja huellas amargas, claro, pero muchas señales alentadoras; y 2018 será mejor.

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