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Cuando tu abuelo traficaba con tabaco y café

Escena en un almacén de tabaco clandestino en Madrid, retratada en 1946.
Escena en un almacén de tabaco clandestino en Madrid, retratada en 1946.

En los pueblos de la Raya, en la frontera hispano-lusa, no se hacen ofrendas a la Virgen sino al contrabandista

A VICENTE ya no le cabe el traje de boda. Aunque siempre fue bajito, de joven era fornido. Ahora, con 78 años, su barriga es pronunciada como una montaña sin pico. Es una seña identitaria: comer, tras la posguerra y la dictadura, fue un acto revolucionario para las familias, un verbo que compensaba décadas de hambruna.

Vicente se casó con Severina a los 22 años, hacía unos meses que un hermano había fallecido y su madre quería que en la ceremonia luciera un traje negro de pana en señal de luto. Le dijo a su futura suegra: “Así no me caso con tu hijo”. Vicente fue tres noches seguidas a Portugal para sacarse “unos duros” gracias al contrabando. Con ellos compró “un traje de género”. “Uno de tela buena, vaya”, precisa ella.

El comercio de estraperlo en los pueblos de la frontera hispano-lusa, conocida como la Raya, completaba las rentas familiares de subsistencia, una práctica que en esta zona ya era común en el siglo XV.

Vicente, que nació en Eljas (Cáceres), compaginaba desde los 15 años su trabajo diurno en los campos de olivos con el de contrabandista. Acudía cuatro noches a la semana a Foios, el primer pueblo de Portugal desde Eljas. Acortando por la sierra, eran ocho kilómetros a pie. “El amo me daba 15 duros. Para pagarme el traje, llevé el doble de carga y me dio 20 por noche”, relata.

“A pie íbamos a Foios a coger café. Para coger tabaco íbamos a Aranhas, que estaba más lejos y había que ir a caballo”

La manta cubriéndolos y el saco al hombro era el uniforme habitual. Así lo representan en tres pueblos de España: Eljas, Oliva de la Frontera (Badajoz) y El Granado (Huelva). Aquí no se hacen ofrendas a la Virgen, sino al contrabandista: “En 1995 nos hermanamos con Foios. ¿Qué era lo que nos unía? El contrabando”, explica Antonio Bellanco, alcalde de Eljas, que también traficó a finales de los setenta. “A pie íbamos a Foios a coger café. Para coger tabaco íbamos a Aranhas, que estaba más lejos y había que ir a caballo”.

En El Granado, los contrabandistas cruzaban el río Guadiana para llegar a Santana de Cambas, donde recogían café. Maite Barroso, del Ayuntamiento de dicho municipio, señala que su monumento, erigido en 2011, es “un recuerdo no a la actividad ilícita, sino a la época de mala vida que les tocó vivir a muchas familias”. “Se sacrificaron para dar de comer a los suyos”, añade.

Rafael Caballero, de Oliva de la Frontera, es uno de los impulsores del club de senderismo Los Mochileros, en homenaje a las mochilas que portaban quienes se dedicaban al estraperlo. Aquí no solo hay un monumento, sino que se organizan rutas: “Enseñamos dónde se escondían, cómo se orientaban y el campo que cruzaban cuando anochecía”. Caballero apunta que en la posguerra se comerciaba con piedras de mechero y harina. Más tarde, con café. Acudían caminando a los pueblos lusos de Barrancos y La Marilleja: “Llevaban 40 kilos a la espalda y 5 en la mano. Si tenían que huir de la Guardia Civil, soltaban los 40 y se quedaban los otros 5. A esos los llamaban ‘el salvavidas”.

De Galicia a Andalucía hay unos 1.200 kilómetros, un territorio donde los pueblos quedaban aislados geográfica y políticamente. La frontera actuaba como un bloque de pisos en el que los portugueses eran, literalmente, los vecinos a los que uno va a pedirles sal o azúcar. El culto al contrabandismo, que en el franquismo contó incluso con la participación de curas y alcaldes, es hoy un producto cultural. Una raya, precisamente, como elemento de unión.