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Luces de largo alcance para mirar Cataluña

Si hay unos políticos que deciden no acatar la ley, lo lógico es que vayan a la cárcel

El Parlamento de Cataluña, tras la Declaración Unilateral de Independencia.
El Parlamento de Cataluña, tras la Declaración Unilateral de Independencia. EL PAÍS

Hay algo en nuestro sistema judicial que viene de lejos y que introduce en nuestro modelo penal graves disonancias que no siempre son positivas: los partidos pueden intervenir como fiscales contra un político de otra formación. Eso es algo inimaginable en los países de nuestro entorno. El PSOE ha estado presente en el caso Gürtel y el PP en el proceso relacionado con los ERE, por poner un par de ejemplos. Lo explicó el pasado miércoles Cándido Conde Pumpido, magistrado del Tribunal Constitucional y ex fiscal general de Estado, en el decimotercero de los encuentros que organizan la Asociación de Periodistas Europeos y la Fundación Diario Madrid para que se ocupen del asunto personalidades de Cataluña con otras del resto de España. Tuvo enfrente a Josep Maria Vallès, exrector de la Universidad Autónoma de Barcelona y exconseller de la Generalitat.

Si los partidos pueden presentar alegremente querellas en los tribunales para señalar a los de la bancada rival, la política se desnaturaliza, se desplaza hacia otro sitio. Los procesos penales se convierten en instrumentos para desgastar al adversario y las decisiones de los jueces ya no se valoran en términos jurídicos, sino políticos. Todo esto, añadió Conde Pumpido, produce además un efecto contagio. ¿Para qué hacer política, con lo complicado que resulta tejer acuerdos, si al rival lo puedes ir cocinando a fuego lento con la inestimable ayuda de los medios de comunicación?

No se trata aquí de entrar con detalle en los asuntos que abordaron Conde Pumpido y Vallès para acercarse al tema del encuentro, Ni judicializar la política ni politizar la justicia. Importan, más que sus pronunciamientos sobre el procés, sus enfoques de largo alcance. Si hay unos políticos que deciden no acatar la ley, es lógico que vayan a la cárcel; si no han conseguido obtener lo que pretendían por el camino recto eso no significa que puedan saltarse las reglas del juego. Todo eso estaba claro. Interesaba afinar por otro lado.

Durante su intervención, Vallès comentó que la democracia representativa padecía hoy “serias deficiencias”, y que igual eso favorecía la tentación de cada poder por invadir al otro. Luego pudo explayarse. Dijo que los índices que miden la confianza en la democracia representativa señalan que ésta cae en picado, que la ciudadanía juzga con severidad a los partidos porque entiende que sólo sirven para que sus dirigentes obtengan beneficios, que ya nadie valora la actividad de los Parlamentos, entre otras cosas, porque sus mecanismos de deliberación vienen del siglo pasado —son más lentos que un carricoche—. El margen de maniobra de un diputado, explicó, es mínimo. Así que crecen los movimientos que pretenden influir en la política desde la calle.

Leyes que vienen de épocas remotas, partidos envejecidos que funcionan con códigos trasnochados, y unos ciudadanos que asisten irritados a la impostura de la política. El diagnóstico es duro, y el desafío enorme. Toca fortalecer la democracia representativa. No hay otra.

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