Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
BLOGS Por Celia Blanco

AVISO: CONTENIDO PARA ADULTOS

Este contenido es para adultos.
Si no tienes la edad legal para acceder
o lo consideras inapropiado puedes salir ahora.

Salir

La ignorancia de no querer saber

Somos diferentes, queremos cosas diferentes. Nadie tiene el más mínimo derecho a juzgar lo que otro desee en su cama

Di los nombres de personas que serían mejores que yo impartiendo un taller sobre fetichismo, pero los que me contrataron zanjaron la propuesta con un:  "Queremos que lo cuentes tú". Y acepté.

"Su sexualidad, gracias"
"Su sexualidad, gracias"

Ni uno solo saludó. Simplemente llegaron, se sentaron y esperaron. Venían a su clase. Querían aprender. Di por hecho que asistían para hablar sobre todo de sexo. Les habían vendido fetichismo y eso era lo que habían comprado, su cuarto y mitad de rarezas sexuales. Así que empecé por intentar explicar qué es un fetiche. Repartí un papel a cada uno y un lapicero y les pedí que escribieran el objeto que les gustaba en sus folladas. Ese que los excitaba. Ese que solo verlo les hace pensar en sexo. Solté toda una parrafada de lo que supone para mí tener sexo con mis ingredientes mágicos: zapatos de tacón y cicatrices en mis amantes. Quise creer que con ejemplos cercanos, se atreverían consigo mismos. Si yo podía decir que me excitan los tacones que no pisan asfalto, ellos podrían también confesarse. Escribieron en silencio en los papeles que yo les había facilitado con los lapiceros que también les había dado. Ni uno había traído el más mínimo material de papelería; no debían de estar interesados en coger apuntes.

Mi intención era debatir. Que habláramos. Que fuéramos capaces de explicar a perfectos desconocidos por qué nos gusta el sexo y cómo. Somos diferentes, queremos cosas diferentes. Quise que nos escucháramos. Que aprendiéramos los unos de los otros. Que verbalizáramos la sexualidad tanto como habían impedido que manifestáramos. Quise que se saltaran un guion que no todos estaban dispuestos a obviar. Cuando dije que nadie tenía el más mínimo derecho a juzgar lo que otro deseara en su cama y como lo consiguiera, oí un chasquido de reproche en la sala. Un "bueno, depende". Y en ese depende debieron de entrar todas las sexualidades no convencionales de las que nadie habla en público, ni siquiera cuando acude a un taller de sexualidad. "El Código Penal ya dice qué es delito en una cama. Y, discúlpenme, pero si los que se meten en ella están dispuestos a hacer algo, ¿quiénes somos nosotros para señalarlos?" Dos de los presentes se incomodaron de verdad. ¿Qué era eso de no poder señalar a los que no cumplen unas normas? ¿Ni siquiera puedo burlarme de los que lo hacen? ¿Señalarlos como raritos?

Para demostrarme su inconformismo, cuando dos horas de charla más tarde hubo que terminar, dos me preguntaron qué era eso de los que se excitaban con trajes de peluche o vestidos de lana. Un fetichismo más que yo utilicé para explicar que cualquier rareza puede transformarse en un fetiche si nos excita por encima de otras cosas. No recordé el nombre de los mismos, woolies, y eso les molestó. ¿No iban a aprender ni un nombre que usar en las reuniones con amigos como si se dominara el tema? Yo estaba empeñada en que lo que aprendieran fuera fruto de todas las elucubraciones y reflexiones comunes. Que no tuvieran otra que reflexionar y escucharse. Quise que entre todos dilucidáramos por qué las velas, la lencería, los pelos en el pecho, la cuerda, la corbata, las esposas, el lubricante, muchos zapatos de tacón y mucha lencería de encaje tenían la capacidad de excitar a los presentes. Hubo uno que le gustaban tanto los tacones que su pareja los usaba solo para darle el gustazo a él. "Se sacrifica por mí".  No quiso contestar cuando le pregunté si eso le excitaba: que se sacrificara. Teníamos un filón por explorar, pero se negó en redondo. "Usadlos solo en la cama, veréis qué rico. Pero sacadlos del sufrimiento. No es justo para las que los llevamos". Estos argumentos no gustan tanto... Hasta las manos aparecieron escritas en un papel como fetiche sexual. Sí, las manos. Quien lo escribió estaba harta de los polvos de trámite. Ella quería folladas en las que no quedara ni un solo centímetro de su piel sin ser acariciado por su amante. Y eso era lo suficientemente raro como para considerarlo un fetiche. Gemma fue muy valiente por confesar que prefería el sexo con implicación emocional al sexo por el sexo. Solo hace falta que la escuchen cuando lo cuenta. Y si es en un taller sobre fetiches, sea.

Quisieron cuarto y mitad de información sexual y me empeñé en que, cogieran lo que cogieran, entendieran por qué. Me negué a ser una máquina expendedora de sexo, "Su sexualidad, gracias". Quise que aprendieran aprendiendo más de sí mismos. Y para eso hay que ser muy valiente.

"La ignorancia no es no saber sino no querer saber", que diría mi abuelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fe de errores

u