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Dios mortal

En los nacionalismos periféricos España o la nación española no existen, son “el Estado”

independencia cataluña
Marta Rovira durante la presentación de la candidatura de ERC para las elecciones del 21-D. EFE

En un próximo futuro, el conflicto catalán será una fuente inmensa de estudios sobre el lenguaje político y sobre cómo el juego con el significado de las palabras se pone al servicio de fines de distinta índole. Siempre que alguno de sus protagonistas hace una u otra declaración dan ganas de decirle: espere, defíname la palabra “diálogo”, “democracia”, “libertad”, “pueblo”, y tantas otras. Desde luego, como ya sabemos desde Tucídides, esto no es nuevo ni excepcional, sino una de las características propias del discurso político. Sobre todo en situaciones de polarización política, que es cuando las palabras funcionan como armas dirigidas al adversario y contribuyen a unificar al Nosotros frente al Ellos.

Un buen ejemplo de esto mismo es el recurso del independentismo a una polarización entre un concepto cálido y cercano, el “pueblo catalán”, que se opone a otro frío y distante, el “Estado”. Para muestra un botón, las recientes declaraciones de Marta Rovira cuando señaló: “la vía unilateral no existe, es un invento del Estado”. Si hubiera dicho “Gobierno” la cosa estaría clara, pero ¿Estado? Me recuerda a esas declaraciones que, por ejemplo, a veces se les escapan a los meteorólogos cuando dicen que “hoy lloverá en todo el Estado” y uno no puede menos que imaginarse a todos los ministerios, ayuntamientos y otras instituciones públicas con sus archivadores y ordenadores empapados y a los funcionarios bajo el paraguas.

Es bien sabido, en todos los nacionalismos periféricos España o la nación española no existen, son “el Estado”. O sea, ese Leviatán que disciplina, amenaza y, llegado el caso, ejerce la violencia. Pretenden ignorar así que sus propias instituciones de autogobierno son también parte de ese Estado. Sí, del “Estado español”. No son un otro, sino parte de lo mismo y eso es lo que no se acepta. Además, lo que por un lado se denigra, por otro se convierte en la utopía, en el punto de llegada ideal. El nacionalista Estado quiere. Aunque habría que decir, Estado propio, ese que sí estaría dotado de alma.

¡Pobre Estado! Sufre la pertinaz sequía o se empapa con las borrascas, “inventa” (Rovira dixit), conspira y actúa como si fuera ese monstruo antropomórfico que Hobbes hizo pintar en el frontispicio de su Leviatán y al que calificara como “dios mortal”. ¿Cómo no aprovecharlo como destinatario de todos los males y agravios? Pero para eso hay que personalizarlo –para que puedan imputársele pasiones negativas– y despersonalizarlo a la vez –para percibir su crudeza mecánica–. “Mitad animal, mitad máquina”, como decía el autor inglés.

Por esto mismo, funciona como la perfecta encarnación del otro, un otro despiadado e impersonal que evita tener que referirse a las personas concretas a las que representa, los españoles.

Recordemos, Estado somos todos y, en democracia, de todos depende la forma que vaya a asumir y las limitaciones a sus excesos. También de los catalanes.

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