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Stalin de Arabia

El golpe de Mohamed bin Salmán pone en cuestión los pactos fundacionales saudíes

El principe heredero, Mohamed bin Salmán, durante el encuentro del Consejo de Asuntos Económicos y de Desarrollo en Riad, el pasado 7 de noviembre.
El principe heredero, Mohamed bin Salmán, durante el encuentro del Consejo de Asuntos Económicos y de Desarrollo en Riad, el pasado 7 de noviembre. REUTERS

Estaba escrito. Maktub, como se dice en árabe. En cuanto terminara la guerra contra el autodenominado Estado Islámico, se inflamaría la genuina guerra entre chiíes y suníes, en la que se sustenta la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán por la hegemonía regional. Cayó Mosul. Raqa ha caído. Nada queda del califato terrorista. La ventaja estratégica iraní se hace evidente con la inminente continuidad territorial hasta Líbano y el acceso a Tartus, el puerto de salida al Mediterráneo. La afrenta no podía quedar sin respuesta. Se cuece en la Casa Blanca, donde Trump deshace el acuerdo nuclear con Teherán tejido por Obama. Y se cuece en Riad, donde no hay política exterior que no sea a la vez interior, es decir, estrictamente familiar y patrimonial.

El resultado es un golpe de Estado desde la cumbre del poder, algo que Curzio Malaparte (Técnica del golpe de Estado) solo atribuye a papas y cardenales. Riad es un Vaticano islámico, y la familia real y sus 7.000 príncipes, el sínodo de obispos y purpurados. No es el primer golpe de palacio, sino el tercero del joven Mohamed, 32 años, hijo del rey Salmán, contra tíos y primos con pretensiones. Es el primero en envergadura, una gran purga al estilo estalinista o una noche de los cuchillos largos al estilo hitleriano, aunque de momento sin sangre a la vista. Los detenidos no van al Gulag ni a los campos de exterminio sino al Ritz Carlton de Riad habilitado como cárcel.

Los pactos fundacionales están rotos ahora. Con el establisment religioso. Con las distintas ramas de la familia. Con Washington incluso (petróleo por seguridad), estos ya bajo la presidencia de Obama, convertidos ahora en meros deals, los contratos que tanto gustan al negociante Trump. Mohamed bin Salmán (MBS) quiere un país más liberal, económicamente más productivo, pero siempre sujeto a su puño de hierro, preparado para aguantar la era post petróleo y resistir como guardián de los lugares sagrados del islam, el título que ofende a los ayatolás iraníes .

Aunque elimina los obstáculos interiores, su diana estratégica es el obstáculo exterior, el Irán chií, y cuenta para ello con la estrecha alianza de Israel y Estados Unidos. El pasado sábado, día de la matanza principesca, los sistemas antimisiles estadounidenses interceptaron un misil huti lanzado desde Yemen que iba a caer sobre Riad. Para los saudíes, un acto de guerra iraní de la mano del Hezbolá libanés. Y el primer ministro del Líbano, Saad Hariri, socio de Hezbolá en el Gobierno, dimitió desde Riad, como si fuera un jefe comunista de un país satélite de Moscú en los años 50.

MBS es despótico, desmesurado, intransigente. Tiene ambición de refundador, como su abuelo Abdelaziz bin Saud, que recuperó armas en mano un reino perdido por sus ancestros en dos anteriores ocasiones. Aunque quiere privatizar empresas, incorporar a las mujeres y abrir parques de atracciones, su instrumento de poder es el más antiguo: la guerra. Ya la libra en Yemen, y ahora suenan sus tambores en Siria y Líbano, y quién sabe si con Israel como directo ejecutor y aliado.

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