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Democracia cultural

Lo que está en juego no es distribuir diferencias sino poder

Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados.
Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados.

“Condición pos-socialista” fue la expresión de Nancy Fraser para el momento surgido tras la caída del muro de Berlín. La autora señalaba la incapacidad de la izquierda para encontrar un proyecto progresista que se erigiese en alternativa ante los fulgurantes cambios políticos. El “agotamiento de las energías utópicas” parecía dar la razón a Fukuyama y su fin de la historia: triunfaba la democracia liberal. Fue ahí cuando la nueva gramática que aspiraba a cubrir ese vacío, el de una visión alternativa progresista, encontró un espacio en el reconocimiento de la diferencia cultural.

Pero esa “anémica” propuesta no podía ser creíble, decía Fraser, porque eludía “el problema de la economía política”. Ante el influjo del reconocimiento, la izquierda olvidó la distribución. Fue así como se produjo el desplazamiento de la economía por la cultura, del valor de la igualdad por el de la diferencia, del igualitarismo distributivo por la política de la identidad. Lo curioso es que, mientras se profundizaba en esta deriva, la izquierda se escandalizaba porque el neoliberalismo seguía campando a sus anchas. Hoy, cuando Piketty consigue redefinir las contradicciones del capital en el siglo XXI proponiendo la gobernanza global, vemos cómo nuestro Podemos insiste en el error de situar la “democracia cultural” en el centro del proyecto de izquierdas. Y lo hace promoviendo una visión radicalizada de la cultura propia, identificada con un principio soberano nacional. Lejos de anteponer la crítica a un sistema que sigue provocando desigualdad, se ha entregado al mercado de las identidades, alimentando el narcisismo de las pequeñas diferencias. En su supuesto proyecto soberano no hay cuestionamiento de principio del neoliberalismo ni respuesta a cómo gestionar las interdependencias, al equilibrio de la convivencia dentro de los islotes identitarios.

Quizás porque lo que está en juego no es distribuir diferencias sino poder. Y parece que, para obtenerlo, no se trata tanto de perseguir un proyecto emancipador como de acentuar contradicciones hiperlocalizadas subrayando lo que nos separa, no lo que nos une. La izquierda sigue sin rumbo. @MariamMartinezB

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