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Aspirar a un gran pasado

El nacionalismo se aferra al mito romántico del siglo XIX, que choca con la lógica del XXI

Un manifestante ondea una estelada en el exterior del Parlament el pasado martes.
Un manifestante ondea una estelada en el exterior del Parlament el pasado martes. REUTERS

La periodista Marta García Aller ha publicado El fin del mundo tal y como lo conocemos. No se trata de una invitación a la aventura, emulando a Julio Verne, sino a abrir los ojos ante la realidad. El futuro, como intuyó Valery, nunca es lo que era, pero se ha acelerado la mutación. Cada día dejamos atrás una parte del mundo en el que vivíamos. Los vendedores de enciclopedias, como el videoclub o el fax, son cosas de otro siglo. El dinero va camino de su final; en Suecia ya se paga el donativo de la Iglesia con tarjeta y pronto todo se hará por móvil. Los coches sin conductor jubilarán los semáforos, aunque parezcan tan eternos como parecía el Imperio Austro-húngaro. Bloomberg calcula que en 2025 habrá más de doscientos millones de coches sin conductor, ya cibersecuestrables hackeándolos, como se puede hackear un cepillo de dientes. Es la modalidad del siglo XXI de los salteadores. La robotización jubilará a muchos trabajadores. Al 47%, según Benedikt&Osborne (Oxford). “Todo lo que pueda hacer un algoritmo, acabará haciéndolo”. Ya empiezan a caer incluso tareas de chaqueta y corbata. Somos la última generación más inteligente que sus máquinas. Y por supuesto está el fin de la privacidad. La huella de nuestros gustos, horarios, movimientos... en definitiva, todo, desde el consumo de porno a la marca de coche, de los viajes a las pasiones... todo se sabe y está en manos de “brokers de datos”. Es el oro azul. Eso lo cambia todo, también la política. Trump ya llevó al éxito el uso de datos de millones de votantes para crear propaganda. El Big Data fue parte de su victoria.

Tomar el pulso al siglo XXI sirve también para tomar conciencia de las fuerzas regresivas más anacrónicas ante el progreso, como el nacionalismo catalán. Es difícil algo más involucionista en esta Europa construida contra esa idea. A estas alturas al menos hubiera resultado lógico descubrir que el independentismo opera con esas herramientas tecnológicas de última generación en su delirante ingeniería social para marcar a los traidores (“assenyalem-los”) con su particular cruz amarilla digital. Lejos de eso, solo entienden que hay buenos patriotas indepes o malos catalanes a los que estigmatizar desde las escuelas infantiles. Se han sorprendido del éxito de la manifestación del 8-O o de la fuga de empresas porque están fuera de la realidad tratando de dar sentido a una ficción anacrónica. Días atrás agitaban las redes con emoción al cantar Els Segadors en El Liceo; y es difícil una estampa más típicamente decimonónica, como aquellos italianos que cantaban el Va pensiero del Nabuco de Verdi —“oh mia patria si bella e perduta”— para desafiar a los austríacos. Están empeñados en un movimiento nacionalista típicamente romántico: cada lengua una nación. Siguen aferrados a los mitos decimonónicos de la Renaixença. No asumen que ese espíritu del XIX choca con la lógica del siglo XXI en sociedades diversas y complejas. Aún parecen noqueados por las advertencias severas de Europa, sin asimilar que su nacionalismo supremacista es, como lo ha ridiculizado Charlie Hebdo, otra religión integrista. Pero en definitiva ellos parecen no aspirar a un gran futuro, sino a un gran pasado.

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