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Los ojos de Yoe

Yo le observaba envidiosa desde la distancia. Mirábamos a los mismos sitios, pero veíamos cosas diferentes

Yoe tiene algo menos de 30 años. Nació en La Habana. Y la primera vez que salió de la isla fue en 2016. Llegó a San Salvador sin prejuicios, solo con las ganas de conocer algo distinto de Cuba (y lo que eso significa). Es periodista y se dedicó a estirar su curiosidad por el país más peligroso del mundo hasta que se cumplió el quinto día, el final del taller al que asistía. Desde entonces, con persistencia y picaresca, no ha dejado de recorrer América Latina de país en país y de beca en beca. Llega hasta donde no alcanzan los pesos convertibles.

Estos días está en Colombia haciendo unas prácticas en un periódico. El sábado, paseando por Bogotá, devoraba la ciudad con un ansia que hacía interesante a la capital hostil. Iba de un lado a otro de la plaza Bolívar haciéndose fotos. Recorría las salas del museo Botero guardando en la memoria de su móvil los cuadros, las esculturas, los jardines de la casa colonial donde el artista de Medellín conserva parte de su colección. Yo le observaba envidiosa desde la distancia. Mirábamos a los mismos sitios, pero veíamos cosas diferentes.

En ningún momento del paseo Yoe abandonó la manga corta. A ratos salía el sol que ya le había marcado la nariz de rojo. Pero, como siempre, las nubes bogotanas tapaban la esperanza del ratito de primavera. En un momento dado le pregunté si tenía frío. “Necesito sentirlo todo de esta experiencia”, me contestó. Después viene la isla. Y la incertidumbre de cuándo llegará la próxima salida.